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Los malos tienen el visto bueno

Walter White es villano y antihéroe | Foto Cortesía

Walter White es villano y antihéroe | Foto Cortesía

Los protagonistas de las series han mutado en antihéroes que no distinguen entre la bondad y la maldad absoluta

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Los televidentes han dejado entrar en sus hogares a brujas adolescentes, asesinos carismáticos y profesores de Química que se vuelven narcotraficantes. Los productores de series se han percatado de la fascinación que siente el público por este tipo de interpretaciones, lo que los ha llevado a profundizar en el mundo interior de los personajes políticamente incorrectos que se apoderan cada vez más de la pantalla chica.

En el pasado quedaron las mujeres sufridas y los hombres inocentes. Los nuevos protagonistas no distinguen entre bondad y maldad absoluta. Esa manera de proceder, llena de defectos y a veces justificada, termina humanizándolos ante el público que se identifica y se apasiona con sus historias.

De acuerdo con la RAE, el antihéroe es un “personaje que, aunque desempeña las funciones narrativas propias del héroe tradicional, difiere en su apariencia y valores”. En algunos momentos, las nuevas figuras llegan a asumirse como villanos protagonistas. Así lo plantea el escritor César Oropeza: “El antihéroe, por definición, existe desde el mismo momento en que el hombre cuenta historias. Si de televisión se trata, ya desde hace mucho tiempo se está ensayando: Tony Soprano tiene 15 años y Homero Simpson, 25. Partiendo de allí es importante decir que la televisión de hoy no está llena de antihéroes, sino de villanos que se apoderaron de los papeles protagónicos. Tony Soprano, Don Draper, Walter White o Frank Underwood son villanos. Antihéroe es Tyron Lannister de Game of Thrones”.

La escritora Mónica Montañés hace una diferenciación entre ambos conceptos: “El villano es un egoísta al que no le importa llevarse al que sea por delante con tal de lograr lo que quiere, mientras que el antihéroe es un tipo al que básicamente no le interesa que los demás lo vean como un héroe, pero hace el bien discretamente. El villano es muy atractivo como personaje, pero es malo; en cambio, el antihéroe es oscuro pero noble”.

Ibsen Martínez piensa que, salvo casos muy excepcionales, las cualidades del villano y el antihéroe no se hallan en un personaje. “Sin duda Walter White es un ejemplo de ello. Es el hombre común que deviene en monstruo de malignidad en aras del futuro de su familia. En él, y creo que solamente en él, se funden las categorías de villano y antihéroe”.

La fascinación por estos personajes radica en el refrescamiento de los planteamientos convencionales de la televisión. Para el escritor Martin Hahn es un tema de identificación entre el espectador y el personaje. “A la gente le gustan los antihéroes porque se parecen más a ellos. Hacen sentir que cualquier persona puede ser un héroe. Son de verdad, aunque puedan tener cualidades extraordinarias. Los villanos protagonistas son otra cosa. Creo que les gustan más al público porque pueden purgar su lado oscuro”, señala el dramaturgo. “Como antihéroe me gusta Nicholas Brody de Homeland porque no llega a ser un villano, o en tal caso sería un villano con una vida muy humana. Y Carrie (protagonista de la serie) es una heroína fantástica porque se enamora del malo de la historia”.

La fórmula del protagonista provisto de belleza y recursos para alcanzar sus objetivos, al parecer, perdió vigencia. Montañés indica que el héroe convencional no resulta muy creíble en estos tiempos. Pero considera que es un asunto cíclico: "Ha habido otras épocas de protagonistas antihéroes y se ha vuelto a poner de moda”.

César Oropeza asegura que los valores sociales también han influido. “Lo que está pasando con la televisión de hoy es que los antivalores imperan. Es igual que las mujeres, a la mayoría les gustan los 'tipos malos'. Este es el hombre que seduce porque en algunos casos representa el lado oscuro. Y al tener fallas, como una persona normal, se hace más cercano”.

El antihéroe despierta una mayor gama de emociones en el espectador, en comparación con el héroe convencional. Así lo plantea Ignacio Márquez, director de Ley de fuga. “Al crear los personajes de mi película, la premisa fue hacer de ellos unos seres sencillos pero con una dimensión humana compleja, personajes que no fuesen unívocos, capaces de conmover, de repeler, así como de hacernos reír”.