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La madre y la sangre son lugares a los que se regresa siempre

En la pieza confluyen cinco personajes con sus fantasmas particulares | Foto: Cortesía

En la pieza confluyen cinco personajes con sus fantasmas particulares | Foto: Cortesía

El montaje, que estará en cartelera hasta el 24 de julio, cuestiona ideas establecidas sobre las relaciones familiares, el amor, el respeto y el paso del tiempo 

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Zuleima no ha podido ser madre y eso la ha convertido en una mujer triste. La de Esperanza es una mamá ausente, así que la niña creció con un hombre que no es su papá pero que igual la cuida. Gilberto, el portugués de la bodega de la esquina, siempre creyó que su madre se había ido prematuramente al cielo. Y por defender a la suya, Ismael asesinó a un amigo. Son historias que se van entretejiendo mientras las luces cambian, los objetos se confunden en varias manos y las tragedias crecen.

Unidos por un signo común, estos personajes se encuentran un Día de la Madre, entre flores, osos de peluche y papeles de regalo de tonos chillones. Son las estanterías del mercadeo, las dificultades del asfalto y las recriminaciones del alma las que los llevarán a una situación extrema y también las que dan cuerpo a Cruz de Mayo.

Se trata de un montaje dirigido por Oswaldo Maccio que se estrenó anoche, basado en el texto de Lupe Gehrenbeck. Las funciones serán en la Sala Experimental del Centro Cultural BOD, en La Castellana, hasta el 24 de julio. “Es un trabajo sobre cómo un movimiento en un lugar genera otro. Cómo las coincidencias ocurren en tres planos que se dan paralelamente. Es un texto con mucha retórica, mucha palabra, discurso, en el que no estás siempre claro de qué se habla. Y por debajo está la figura de la madre, lo fundamental que es a pesar de que no esté presente”, dice Maccio.

Porque es mayo y los hijos son la cruz de sus madres, comienzan a relacionarse los personajes. Porque la madre es todo y es para siempre, las conversaciones se diluyen en ella. Y así se revelan las intenciones, secretos y vacíos que subyacen en el día festivo.

Zuleima, deprimida, quiere suicidarse y llevarse con ella a sus gatos. Pesimista, habla de la maternidad y el amor, sobre las relaciones de pareja, el cuerpo y cómo se comienza a correr la pintura por el borde arrugado de la boca femenina. Aún juvenil, Esperanza no tiene voz; la perdió o nunca la quiso mostrar, las suyas también son cruces a cuesta. Y para Gilberto e Ismael –acompañado del Perrote– las madres, que son más que santas, han condicionado parte de sus destinos. 

Hablar de un país. Maccio ya había trabajado con una pieza de Gehrenbeck, Ni que nos vayamos nos podemos ir, que actualmente se presenta en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural. A esta le dio un tratamiento más natural que a Cruz de Mayo, que decidió llevarla a un plano más lleno de símbolos. “Le debía a Lupe una puesta en escena más osada”, afirma el director, para quien entre ambas propuestas hay una continuación, un tono similar, un querer hablar del país aun cuando se está afuera. Sin embargo, señala que con esta segunda pieza la escritora da un paso más allá.

“La obra es bastante cinematográfica, usa mucho el corte de escena, cambia de locación. Y eso en el teatro no es posible. Pero la maravilla de las tablas en este caso es que todo ocurre en un espacio psíquico. En realidad lo que tratamos de hacer es relacionarnos con un texto que nos propone retos. En esta obra Lupe rebasa los límites de ella misma”, agrega.

Maccio confiesa una relación muy particular con Cruz de Mayo, pieza que para él habla mucho de quienes somos: “Hay algo que me interesa, de la situación que se mantiene, algo me deja en vilo. Me llama la atención que la mayoría de las veces no sé de qué está hablando; son personajes poniéndoles nombres a las cosas y al final los une un atraco. Es un tema vital, que nos está sucediendo como sociedad”. 

Cruz de Mayo
Sala Experimental, Centro Cultural BOD, La Castellana
Funciones: de viernes a domingo, 7:00 pm
Entrada: 896 bolívares