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Las letras escribieron una gestión de cambios profundos

Durante el gobierno de Chávez, la Filven adoptó un tono más político que literario | Foto: Nelson Castro / Archivo

Durante el gobierno de Chávez, la Filven adoptó un tono más político que literario | Foto: Nelson Castro / Archivo

En medio de la más encarnizada polarización del sector, las reformas más drásticas en el aparato institucional y soportando la mirada de cientos de intelectuales del mundo, los venezolanos aprendieron a leer y comentar la literatura escrita y producida en su país

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Cuando Hugo Chávez asumió la Presidencia en 1999, se acusaba a la clase intelectual venezolana de ser apática e individualista. Cuando murió, no había un sector tan comprometido con su país como el de los escritores.

En la década de los años noventa el asunto era especialmente preocupante entre los autores a quienes, en una columna de opinión en noviembre de 1995, Antonio López Ortega acusaba de asistir al “devenir del país como cualquier espectador circunstancial”. Gisela Kozak señala en su libro Venezuela, el país que siempre nace (2008) que los debates sobre el sector cultura, por lo menos hasta mediados de la primera década del nuevo siglo, habían sufrido de “cierta languidez burocrática”.

Mientras esto ocurría en las cabezas de los intelectuales, la crisis financiera heredada del Viernes Negro se había apoderado de un lugar crucial de difusión del pensamiento nacional: Monte Ávila Editores. Luego de años de arrojar cifras en números rojos, el entonces viceministro de Cultura, Francisco Sesto, invitó a Carlos Noguera a encargarse de la presidencia de la institución y se comprometió a ayudar a solventar sus problemas presupuestarios.

Dado que el lema de la revolución bolivariana apunta a la inclusión, Sesto se propuso crear una editorial nueva, surgida de la “necesidad del Gobierno de ejecutar la publicación de libros y revistas en forma masiva (...) así como brindar la oportunidad a todos aquellos escritores poetas y artistas del país de publicar obras que consoliden nuevos espacios para la expresión de las ideas y los sueños”. Así nació El Perro y la Rana, que anuncia para 2013 la publicación de 300 títulos.

El nuevo sello se integraría a la Plataforma del Libro y la Lectura creada por el despacho inaugurado en 2005. Este era un viejo deseo del sector: el Ministerio de la Cultura. Además de las dos editoriales nombradas, otras instituciones agrupadas en esta plataforma son la Fundación Biblioteca Ayacucho, la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, la Imprenta de la Cultura y la Distribuidora Venezolana de la Cultura.


Los años difíciles. La marca de la era Chávez en la literatura nacional estuvo caracterizada por frecuentes manifiestos de escritores de oposición. Incluso, muchos de ellos retiraron sus libros de Monte Ávila y otros organismos estadales. También el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos sufrió los estragos de la polarización, cuando en el año 2009 un grupo de autores venezolanos, liderados por Edilio Peña, retiraron sus obras del concurso. Ese año ganó el poeta colombiano William Ospina, quien en un artículo sobre la muerte de Chávez escribió que “la prensa de oposición en Venezuela, que es casi toda, afirmará que estos tres lustros han sido de persecución y de censura, como lo han dicho a los siete vientos con todos los recursos de la comunicación moderna en estos trece años”.

Christian Valles, directora del Centro Nacional del Libro, señala que la razón por la que Rafael Cadenas no es representado por la Agencia Literaria del Cenal –organismo que consiguió recientemente la traducción de los poemas de Gustavo Pereira al alemán– es porque él mismo se ha rehusado. El poeta de las “certitudes aterradoras” ganó en 2009 el Premio FIL de Lenguas Romances. El día de la inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara, durante el discurso de recepción del galardón, señaló: “La democracia es mejorable, la dictadura no; aquella educa, esta castra. Tengámoslo presente”. Y fue así como este hombre que toda su vida militó en la izquierda se inscribió en la contemporaneidad como el símbolo de los escritores de la oposición. Este año es la primera vez que Venezuela tiene una representación doble en este evento, una oficial y una de la Cámara Venezolana del Libro.

Cavelibro es uno de los organismos que en el último lustro más sufrió las políticas económicas del gobierno de Chávez. Aunque la implementación del control de cambios en 2003 ya había afectado al sector, sus agremiados sufren una crisis más severa desde marzo de 2008, cuando el Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio sacó los libros del grupo de bienes prioritarios (la llamada Lista 1) para recibir divisas de Cadivi y obligó a las editoriales a pedir un certificado de insuficiencia o de no producción nacional para conseguir dólares. El problema más apremiante entonces era que para obtener el documento pertinente, las distribuidoras debían esperar hasta tres meses o comprar novedades a dólar paralelo. Otra solución era imprimir en Venezuela, a pesar de estar sujetos a la importación de papel y tinta.

Que las editoriales se vieran obligadas a imprimir en el país terminó siendo beneficioso para los escritores que entonces comenzaron a preocuparse más por sus lectores. “La lectura venezolana se estudia más ahora en la academia, Hoy en la Universidad Simón Bolívar hay más tesis de literatura venezolana que en ningún otro momento de la historia del máster”, afirma la crítica literaria Mariana Libertad Suárez. Señala además que se comenzó a pensar a Venezuela como tema literario: “Nuestra escritura asumió al país como tema. Se trata de hablar de nuestros conflictos diarios”.

Un ejemplo de lo anterior fue la articulación de diversas ferias que desde 2005 se suceden para llenar el vacío que dejó en la vida cultural capitalina el cierre de la Zona Rental de Plaza Venezuela. Entre éstas se encuentran el Festival de Lectura de Chacao, el Festival de las Artes y de la Lectura de Baruta, la Feria del Libro de Fundarte y Filven, y si se les suman la Bienal de Mérida y la Filuc en Valencia es evidente que el mundo editorial nacional ha asumido un papel importante en la cruzada por hacer ciudadanía en el país. Pero las buenas noticias no terminan.

Fue así como empezó a articularse un verdadero corpus de la literatura venezolana, señala Ana Teresa Torres en su libro El oficio por dentro (Alfa, 2012), que ha comenzado a hacerla visible ante el mundo. Por eso, en los últimos cuatro años han surgido editoriales independientes –son buenos ejemplos Puntocero, dirigida por Ulises Milla, y Lugar Común, una cooperativa editorial al mando de Garcilaso Pumar, Rodrigo Blanco y Luis Yslas– que tienen los ojos puestos en crear catálogos de autor. A pesar de que afrontan grandes dificultades, estos sellos son los que más están haciendo por la internacionalización de la literatura venezolana, al afanarse en llevar a sus escritores a eventos que se celebran en el exterior.


Enfrentamientos

El año 2004 fue especialmente difícil para las relaciones entre la literatura y el Gobierno, porque muchos escritores se manifestaron varias veces en su contra. Aunque Hugo Chávez ganó el referéndum revocatorio, trascendió a la prensa un documento firmado por 200 escritores en contra del Presidente y luego apareció una carta de intelectuales que rechazaban la presencia de maestros cubanos en el país. Desde noviembre de 2003, llegaron docentes de la isla para iniciar la estructuración del programa de la Misión Ribas, a pesar de que su gobierno estaba sometido al escrutinio de la opinión pública internacional debido a las condenas de hasta 28 años impuestas al Grupo de los 75, ciudadanos y escritores de ese país que fueron encarcelados por oponerse al régimen.

También en 2004 se celebró en Caracas la primera jornada del Encuentro Mundial de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, que reunió durante una semana a 300 escritores de todas partes del mundo afines al chavismo. En un artículo de opinión del 2 de diciembre de ese año, Yolanda Pantin responde a unas declaraciones de Sesto. Dice que ciertos autores estaban ausentes de ese evento porque, aunque el ministro los hubiera invitado, ellos no habrían ido porque ese acto no buscaba “salvar” a la humanidad, “sino la revolución bolivariana, que necesita mucho apoyo moral para sortear sus violaciones a los derechos humanos”.


El Momento

Marzo de 2008. Una medida del Ministerio de Comercio obligó a las editoriales a pedir un certificado de insuficiencia o de no producción nacional para conseguir dólares Cadivi. Esto obligó a que muchas imprimieran en el país y esto ha hecho que se mire hacia los escritores venezolanos.