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El lado salvaje de un hombre común

Para "Breaking Bad" la crítica fue buena desde un principio / Archivo

Para "Breaking Bad" la crítica fue buena desde un principio / Archivo

Walter White le ha dado a Bryan Cranston, el actor más malvado de la TV, fama, premios y más trabajo

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Hay personajes que se quedan en la piel. A Bryan Cranston, literalmente. Y existen series que son imborrables. Breaking Bad es una de ellas. La crítica fue buena desde un principio, pero apenas contaba con el millón de espectadores en Estados Unidos. En su quinta temporada, esta joya nacida de la mente de Vince Gilligan cuadruplicó su audiencia y se situó entre las series de culto de la nueva edad de oro de la televisión, con Los Soprano y The Wire. Y todo eso sin prolongarse más de lo necesario: ahora que todos quieren una nueva dosis de Walter White, el profesor de Química convertido en rey del narcotráfico, ya es pasado. 

Un final que Bryan Cranston, su protagonista, recibe con una gran sonrisa y un gesto en apariencia obsceno que deja al descubierto, en el interior del dedo anular, un pequeño tatuaje con el logotipo de la serie que le ha dado la fama. “Así le dije adiós, sonriendo, con un cocktail en una mano y un tatuaje en la otra. Otros se los hicieron enormes. Yo soy actor y no quería eso. Esto me pareció adecuado. Grabado en tinta, pero discreto, donde nadie pueda verlo. Sólo para mis ojos”.

La “Br” y la “Ba” que enseña son la mejor muestra de su carácter, el punto malicioso de un hombre por lo demás discreto. Todos tenemos -asegura el actor- ese tornillo suelto al que alude la expresión sureña que da título a la serie. En el caso de Cranston, el momento se llamó Breaking Bad y de esa locura nació Walter White. O Heisenberg, su nombre de guerra de narco. “Yo buscaba a mi protagonista. Y a mi antagonista a la vez. Porque malos hay muchos. Pero con los que te identifiques, que te hagan sentir por ellos sin justificarles, pocos. Y Bryan sólo hay uno. Por eso sabía desde el primer día que él era mi Walter”, recuerda el realizador Vince Gilligan de un actor con quien ya trabajó en Expediente X.

Es fácil decir estas cosas ahora, cuando la serie ha triunfado y Cranston tiene cuatro Premios Emmy consecutivos por este papel, además de su nombre grabado en una estrella del bulevar de Hollywood desde el pasado julio y una nueva carrera en cine, donde se le acumulan los estrenos.

Como dice Gilligan, el actor es un “verdadero camaleón”, capaz de hacerlo todo y desaparecer. "Tiene el humor de Robin Williams y la humanidad de Tom Hanks", afirma el creador de Breaking Bad. “Es Jack Lemmon”, resume la actriz Jane Kaczmarek, con quien compartió durante años la familia televisiva de Malcolm.  Y es que lo que más sorprende de él es que bajo su apariencia normal hay un genio cómico, un gran mimo como esos Danny Kaye, Dick Van Dyke o Lemmon de otros tiempos que tanto adora.

Si es tan bueno, ¿dónde estaban los fans durante sus tres décadas de carrera? Porque Cranston acaba de cumplir 57 años de edad, algo maduro para ser lo que se dice un descubrimiento.

“¿Ha hecho surf alguna vez?”, pregunta. “Yo soy malo. Muy malo”, aclara como si hiciera falta. “Pero me encanta el surf. Y como actor me encanta utilizar esta analogía. Porque nosotros estamos siempre a la espera de una ola. Por eso hay que ser paciente. Y tener ciertas habilidades, claro. Pero al final se trata de suerte”.

¿Y Bryan Cranston es un tipo con suerte? “Mucha. No quiero decir que aquellos que tienen éxito no tienen talento. Claro que hace falta, pero en este negocio hay que ser constante, paciente y tener una buena dosis de suerte. Yo me he pasado 57 años en el agua, nadando en mi tabla y sin saber si me podría mantener a flote. Y de pronto, cuando tenía 40, llegó la ola. Se llamó Malcolm y duró 7 años. Fue genial. Pero cuando pensaba que se acababa, vino este otro monstruo llamado Breaking Bad. La ola perfecta porque me sigue empujando. Y en algún momento alcanzaré la orilla. O me caeré de la tabla. Pero mientras, es todo un viaje”.

No hay duda de la calidad de los guiones ni del trabajo del resto del equipo de Breaking Bad. Trece candidaturas al Emmy lo avalan. Pero todos los méritos apuntan a Cranston. “A su lado no he dejado de aprender. Eso sí, es un niño atrapado en el cuerpo de un adulto”, advierte Aaron Paul, quien da vida al ex alumno de Química y compañero de Walter White.

“Con él también rompimos otro molde televisivo, el que llena la televisión de belleza irreal. Es bueno que los actores se sientan y se vean normales”, añade Gilligan. Cranston no se ofende. El comentario es un halago. Porque él fue el padre de Walter White, de su look, incluso antes de saber que el personaje era suyo. “Me lo imaginé así, subido de peso porque todo le da igual. Pensé en mi padre, un tipo cargado de espaldas. Alguien deprimido. Quise que fuera invisible; su piel, su ropa, nada tenía que llamar la atención. Y luego está el pelo, fundamental en su transformación. Me informé de los efectos de la quimioterapia, pero me interesó más cómo el pelo afecta nuestra forma de leer un rostro, cómo nos suaviza la cara. Por eso una cabeza rapada es lo contrario. Y si encima le dejas la barba, el efecto es amenazante”, describe del nacimiento de Heisenberg.

El hombre que está delante no tiene nada que ver con el Frankenstein al que dio forma. El cabello le ha crecido. La barba ha desaparecido. “Me alegro del cambio de look. Mi esposa también”, agrega. “Ella se casó conmigo. No con Walter. Y lleva seis años aguantándolo”. Cranston y Robin Dearden llevan 24 años casados y tienen una hija. Hasta en eso es un tipo normal. 

Hijo de una familia de actores sin trabajo que acabó dividida, Cranston terminó en casa de sus abuelos tras ver cómo el banco les embargaba la suya. Quizá por eso quiso ser policía. Al menos hasta que supo que como actor le iba mejor con las mujeres, dice.

Fue el perenne secundario con momentos de éxito, como doblar los Power Rangers (supuestamente bautizaron al azul como Billy Cranston en su honor) o hacer de excéntrico dentista en Seinfeld. Así hasta llegar a esa ola llamada Malcolm en la que, con un personaje también secundario, se los comió a todos. “Mi trabajo es mi pasión. Y lo que no puedo sacar de mi vida me lo imagino. Eso acaba consumiéndote. Por eso al final del día dejo a Walter en el set. Hablo con mi familia. Ceno algo, preparo mi texto y hasta el día siguiente”, resume su otra transformación.

¿Por eso se despide de la serie con un tatuaje y una sonrisa? “La sonrisa no fue de satisfacción por librarme de la serie, sino por haber participado. Es la otra cara de las lágrimas. Como dice el Dr. Seuss: ‘No llores porque se acabó, sonríe porque llegaste a vivirlo”.

Su talismán es su familia. “Y esa bolsa de basura que necesita ser sacada pase lo que pase. Lo digo en serio. Llegué a esa conclusión cuando volví a casa tras mi segunda candidatura al Emmy. No hacía ni media hora y ahí estaba, en la cocina. Mi esposa me pasó la basura para sacarla y me dijo que no me manchara el esmoquin. Si eso no te pone los pies en el suelo, nada lo consigue”, recuerda.

Ahora piensa meter la cabeza en el teatro y tiene como próxima meta dirigir una película.