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"La inseguridad es parte de la realidad y debemos hablar de ella"

El director Pablo de la Barra / Ernesto Morgado

El director Pablo de la Barra / Ernesto Morgado

El realizador de La ley y de Aventurera, una de las mejores comedias de los años ochenta, dice que admira al Conde del Guácharo y que nunca se rió tanto como cuando estuvo en una cárcel en Chile

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"Me siento Marilyn Monroe en la vejez. Soy mucho más bonito de lo que salgo en las fotos", hace arrancar carcajadas mientras payasea ante el lente. Hay personas con las que debemos ser comprensivas, pues nacieron con la función del humor desconectada, pero Pablo de la Barra no es de ellas.

Se puede estar de acuerdo o no con sus posturas políticas, pero sus anécdotas caen como un intercambio cordial de camisetas después de un partido de fútbol, el deporte que le hizo descubrir la división de su alma: "Cuando la Vinotinto le ganó hace poco a Chile, gritaba como loco, y me decía: `¡Pero si Chile fue el país dónde nací!".

Asegura que se hubiera suicidado si no llegaba a Venezuela en 1974. Estuvo preso y le mataron a dos familiares, cuenta, durante la dictadura de Pinochet. De Chile se trajo los rollos de una película sin sonido, Queridos compañeros, que le costó una orden de captura en su país natal, pues le consiguieron unos fusiles de utilería que empleó durante el rodaje.

"Llegamos a Caracas y empezamos a doblarla, pero no sabíamos qué decían los actores.

Tuve que buscar a una señora muda que leía los labios, que además era paraguaya". Y empieza otra anécdota. De la Barra es como el Don Palabras de la canción de La Maldita Vecindad.

--De las películas que ha hecho antes, su favorita es una comedia, Aventurera, y ahora vuelve con otra comedia, La ley.

--La capacidad de reírse de uno mismo es una cosa que te salva la vida. He pasado una cantidad de experiencias: muertos en Chile, cárcel en Chile. Nunca me he reído tanto en la vida como cuando Pinochet me puso preso. La gente se reía como una forma de salir de la depresión. La risa era un remedio. Si no, anda tú a la funeraria Vallés. Vas a ver cómo se ríe la gente.

--¿Cintas como las del Conde del Guácharo restan crédito a la comedia? --El Conde del Guácharo cuenta con mi admiración. El primer requisito para hacer algo es atreverse. Él se atreve.

Los primeros productos le salieron como le salieron. Definitivamente el segundo producto es mejor que el primero.

Y el tercero será mejor que los otros dos. Y de repente vamos a tener a un gran cineasta. Así se comienza. En la práctica de la realización cinematográfica se aprende el oficio. El contenido, el concepto ya es otra cosa. Pero el Conde del Guácharo atravesó el río. Y cómo lo atravesó: primera película, puedes decir cualquier cosa, pero le fueron 600.000 personas.

--En La ley, usted muestra la inseguridad en Caracas. Un ex vicepresidente, José Vicente Rangel, arremetió contra Secuestro express por la misma razón.

--La inseguridad es parte de nuestra realidad. Nosotros tenemos que hablar de las realidades. Al lado de la inseguridad está el alma del venezolano: la calidez. Este país siempre hace énfasis en la mitad llena de la botella y nunca en la vacía. Es una cualidad de la que no nos damos cuenta a menos que hayamos venido de otro lado. Siempre hablamos de la violencia aquí usándola un poco como tema político. También hay inseguridad en México y Estados Unidos.

Ojo, con eso no quiero justificarla. Estoy diciendo que es un fenómeno social.

--El protagonista de La ley es un hombre de leyes español que llega a un caos llamado Venezuela. ¿Qué le impresionó a usted al llegar de Chile? --La gente que llegó de Chile...

veníamos deshechos. Absolutamente deshechos. La luz. El verde. La estridencia. La estridencia de Venezuela hay que aprender a entenderla. Todas estas cosas que en el fondo significan vida. ¡La música! La Venezuela musical es un milagro.

--Este gobierno, en comparación con la Cuarta República...

--Es mejor. En términos de cine, es mejor.

--¿Estamos más organizados, hay más financiamiento? --Estamos más organizados y hay más financiamiento. Existe la Villa del Cine y Amazonia.

Definitivamente no se podría hacer cine sin las políticas del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía. La ley está pechando una serie de actividades audiovisuales y de publicidad para dirigir esos fondos hacia el cine. Ahí no hay duda alguna.

--¿Pero qué mejoraría Pablo de la Barra? --No creo que existan cosas que no sean perfectibles. La plataforma cinematográfica es perfectible, cómo no. Pero se está haciendo cine, y se está desarrollando una industria que defiendo sin duda alguna.

--Buena parte del público sigue prefiriendo espectáculos de Hollywood.

--Pero le gusta eso porque no ha tenido otra cosa. No hay nadie que haga promoción de las películas francesas, italianas o húngaras y que le cuente a la gente lo entretenidas y hermosas que son esas cintas. ¿Dónde está nuestra gran fortaleza? Levanta una piedrecilla en el medio del campo y hay una historia. ¡Aquí tenemos historias en todas partes! No digo que somos perfectos. Digo que estamos haciendo un cine. Y hay que hacer cine para tener más cuota de pantalla. Hay filmes aquí que se pierden... ¿Tú viste Samuel? Qué preciosa película. ¿Cómo hacer para obligar a la gente a verla? --¿Ha comprometido su patrimonio personal para hacer cine? --Absolutamente, y con La ley, mucho. Pero mucho. He puesto mucha plata en esta película. No es que yo sea rico. Pero hubo cosas que tuve que vender, no tenía otra posibilidad.

Porque esta cinta se demoró un poco. Mientras más se demore en salir, más tienes que gastar. Es una trampa. Empiezas una película, te voy a dar un ejemplo, en 2007. La terminas, haces la posproducción en 2012. En un país que tiene una inflación anual promedio de 25%. Por lo tanto, el presupuesto te ha subido 125%.

Entonces todo se vuelve una complicación. Los filmes hay que terminarlos. Ya te metiste, lo terminas. Creo que esa es una cosa que los muchachos que se van a dedicar al cine ahora deben entender y aprender: comienzas un proyecto y lo terminas aunque se te vaya la vida en esa película.