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El ídolo argentino también era activista político

En el centro de la discusión sobre el papel del intelectual que ahora se da en Argentina está Cortázar, igual que hace 30 años

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Cuando el autor de Rayuela descubrió la Revolución Cubana su preocupación por el papel que tienen los intelectuales en sus sociedades se transmutó de una metafísica a una social. Este año también se cumple medio siglo de que Julio Cortázar visitara por primera vez la isla caribeña, invitado por la Casa de las Américas para ser jurado de su concurso, entonces entre los más prestigiosos de la región. Desde ese momento ya nunca el escritor argentino dejaría de interesarse en la política del continente. “La búsqueda final del marxismo es la felicidad del hombre en un planeta donde haya más justicia, más dignidad y menos explotación”, dijo en una entrevista.

El modelo de intelectual que se propugnaba desde la derecha y desde la izquierda estaba entonces en constante revisión y Cortázar, que se había mantenido ocupado exclusivamente con la producción de textos de calidad y la tarea de sobrevivir escribiendo y traduciendo del inglés, comenzó a preguntarse sobre su uso político. “No es mucho lo que puedo hacer sobre la situación de América Latina, pero tengo una máquina de escribir”, expresó en una ocasión.

Hoy, en Argentina, esa faceta suya es la que está en revisión, como parte de debates más amplios sobre el papel de los intelectuales contemporáneos en los procesos políticos que se viven en América Latina. Eva Tabakian, que visitó Venezuela en mayo para ofrecer una conferencia sobre el narrador en el V Festival de la Lectura Chacao, explicó que al autor de Historias de cronopios y famas (1962) se le criticó tanto desde la izquierda como desde la derecha, unos por considerarlo al principio un escritor burgués y los otros por su vuelta ideológica. “Tuvo una buena relación con autores de izquierda y sus conflictos con otros como Jorge Luis Borges, de quien es absolutamente deudor”, dijo.

No estaba, sin embargo, interesado en panfletos ni en poner su obra al servicio de causas que luego pudieran corromperse, porque su respeto por la literatura siempre fue profundo. “Estoy acostumbrado a leer muchos libros en los que se hace política a través de la literatura y el resultado es que, si el contenido literario no tiene la calidad suficiente para transmitir su contenido político, ese libro resulta habitualmente muy mediocre”, indicó a Nabor Zambrano en octubre de 1979, cuando visitó Venezuela para asistir a la Conferencia Internacional de Solidaridad de América Latina. En aquella época Cortázar ya se había consagrado como un escritor crucial de la tradición latinoamericana, hasta el punto de que un medio de comunicación del país lo calificó –con esa falta de atino ahora tan común a la hora de querer engrandecer con epítetos grandilocuentes– como “el Simón Bolívar de las letras”.

Ese año Cortázar fue recibido en Caracas como hoy se le da la bienvenida a las superestrellas. Todos querían conocerlo y estrechar su mano. Pero eso sucedía en todos los lugares a los que iba. Cuando la dictadura militar en su país estaba en plena descomposición, el intelectual más vistoso del exilio argentino cosechaba la amistad de toda América Latina: era un ídolo.