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Azul y no tan rosa: espátula para etiquetas

La ópera prima del actor Miguel Ferrari aborda la paternidad homosexual, el matrimonio gay (sin papeleo) y la transición a otro género

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En los mismos días en que podría revelarse como el Brujo de la telenovela estelar de Venevisión (cuando se trata del escritor Martin Hahn, el asesino puede ser cualquier hijo de vecino), Miguel Ferrari, o el machista vendedor de cachivaches Jaime Cordero en Mi ex me tiene ganas, estrena su primera película como director y lo hace como un manifiesto por la aceptación de la diversidad. “No sé si todo el público venezolano está preparado para ver a dos hombres besándose, pero tendrá que acostumbrarse. El mundo avanza hacia nuevos modelos de familia y legislaciones”, advierte quien asegura que jamás usó una silla playera como la que se asocia a los cineastas de Hollywood: “No recuerdo haberme sentado nunca durante el rodaje”.

Azul y no tan rosa junta historias como la de Diego (interpretado por Guillermo García), un fotógrafo que, si viviera en uno de los 11 países que permiten en todo su territorio el matrimonio homosexual y no en Venezuela, estaría casado con un guapo ginecobstetra, Fabrizio (Sócrates Serrano), y la de Delirio (Hilda Abrahamz), que nació hombre pero ya ni se acuerda de esa equivocación de la naturaleza y triunfa como imitadora de Melissa en la modesta escena nocturna caraqueña. También la del mismo Diego y la tensa relación con su hijo adolescente, Armando (el joven actor andaluz Ignacio Montes), fruto de un pelón: separados por un océano, se han olvidado casi el uno del otro.

Más bien un halago. Para Abrahamz, 2012 será inolvidable: la primera finalista del Miss Venezuela 1980 posó desnuda para una revista y debuta en el cine como transexual, todo después de los 50 años. El director-guionista Ferrari jura que, cuando le presentó el personaje de Delirio (candidata a ser “la que se la come” cuando la gente comente Azul y no tan rosa en la rampa de salida del cine), la también sospechosa hasta que se demuestre lo contrario en Mi ex me tiene ganas no sintió vulnerada su feminidad: “Es una mujer que está de vuelta, liberada de cualquier prejuicio, complejo o tontería. Había escrito Delirio siempre pensando en ella y eso la halagó”.

“Acepté de inmediato: siempre quise hacer cine y nunca me habían llamado”, ratifica Abrahamz. “No tengo prejuicios. Lo hubiera pensado más si fuera una película sobre Delirio, que contara todo su paso de hombre a mujer. Pero es un ser ya totalmente femenino cuya historia se integra a la de un grupo de amigos. Miguel Ferrari me aseguró que no era necesario investigar para el papel, pero igual hablé con dos señoras que hace ya mucho tiempo fueron hombres: gente con vivencias maravillosas”.

Sócrates Serrano, psicólogo además de actor en el reparto del Hamlet que el grupo Skena revivió recientemente en las tablas del Trasnocho Cultural, advierte que Delirio no deja de conservar una energía masculina dentro de su carácter maternal y protector. Abrahamz lo acepta: “Todas las personas tenemos un lado de macho y otro de hembra, y aunque me siento absolutamente femenina, quizás mi componente masculino es que jamás me he dejado joder por ningún hombre. Soy de las que no me callo ante ningún abuso”.

“Azul y no tan rosa es maravillosa porque desnuda la capacidad humana para colocar etiquetas. La promiscuidad es una opción tanto para homosexuales como en heterosexuales, pero en el caso de Diego y Fabrizio han optado por consolidarse como pareja”. Ferrari, muy crítico acerca de la representación de los gays en la televisión nacional, le secunda: “La única etiqueta que acepto para un ser humano es la de persona”.  

Fan de “Salo”

Recientemente, hubo otra transexual memorable en el cine venezolano, aunque también había vivido una transformación fuera de la pantalla: la cucuteña Endry Cardeño, nacida como Andrés Fernández, en Cheila, una casa pa’ maíta (2010). Para Azul no tan rosa, merced a una coproducción con capital español, el importado es un chico de 20 años de edad nacido en la misma ciudad que Antonio Banderas, que ya aprendió a decir “qué vaina tan arrecha” y a atragantarse con pan de jamón: el malagueño Nacho Montes, fan del futbolista venezolano Salomón Rondón. “A mi personaje, Armando, no le importa que su padre sea gay, sino que haya estado ausente”, explica.