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El gesto de la culpa toma cuerpo en dos maestras de la danza

Amor amargo es la pieza que protagonizan Sonia Sanoja y Graciela Hernández, bailarinas octogenarias que dominan sus símbolos y poética | William Dumont

Amor amargo es la pieza que protagonizan Sonia Sanoja y Graciela Hernández, bailarinas octogenarias que dominan sus símbolos y poética | William Dumont

Amor amargo es la pieza que protagonizan Sonia Sanoja y Graciela Henríquez, bailarinas octogenarias que dominan sus símbolos y poética 

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Dos marcos están suspendidos junto a un viejo radio. Y en ellos, dos mujeres. Se hablan y se reprochan la vida a través de los gestos que hacen con los brazos, con los ojos. Pero no se miran ni se tocan. Han aprendido a estar juntas queriéndose y no.

Bajo una luz penetrante se desplazan por la casa vacía, demasiado pesada ya para ellas: dos hermanas que compartieron un hombre y un hijo, y a las que ahora une la soledad. Y la danza. 

La escena es una versión coreográfica que hizo Leyson Ponce de la novela de Rómulo Gallegos La hora menguada. En ella reunió a dos grandes: Sonia Sanoja y Graciela Henríquez, quienes hacen de sus cuerpos signo de culpa y pasión. Amor amargo es el título de la pieza que se presentará el fin de semana en la sala La Viga del Centro Cultural Chacao.   

La idea surgió hace más de un año y forma parte de una investigación de Ponce acerca de cómo la sociedad ha heredado la forma de ver la danza. Se pregunta qué sucede con el bailarín contemporáneo después de los 40 años: “Usualmente terminan siendo grandes coreógrafos o maestros. Pero esa sabiduría del cuerpo acumulada en años de experiencia la dejamos de apreciar”. Así que se planteó hacer espectáculos con bailarines maduros. Comenzó con Mujeres de fuego. “Me di cuenta de que sí hay algo detrás de todo esto: volvemos a ver la esencia de la danza. La búsqueda del gesto ya oculto. Está allí y adquiere nuevas sensibilidades”, agrega. 

Y eso es Amor amargo: gesto. El gesto del cuerpo, de los pliegues de la piel que aún hacen arte, de la luz que genera sombras como fantasmas en una mesa para tres; el gesto de la música, que se hace movimiento con las bailarinas. 

Sanoja y Henríquez bailan juntas el tema “Piensa en mí” que se oye en el ambiente. Y luego representan sus tragedias en solitario, en el centro de la escena. Una se quita los zapatos y se coloca una chaqueta de hombre (el marido) que antes había apretado entre sus brazos la hermana encorvada sobre una silla (el hijo). Una intenta acercarse a la otra, pero sus manos no la alcanzan.

Vieja amistad. El proceso de creación de la pieza se basó en imágenes poéticas. Para construir la dramaturgia el director tomó versos de José Lezama Lima y de Hanni Ossott, que luego envió a las bailarinas, de 84 años de edad. 

Henríquez le hacía llegar sus tareas por Internet desde México, donde reside. “Unas veces tenía quien me filmara y otras no, así que me iba a la calle y le pedía a cualquiera (risas). Una vez le pregunté a un señor si me podía grabar, que no duraba ni un minuto. Se atravesó un perro, pasó una persona…”, recuerda la bailarina, que emigró en los años sesenta. 

Al llegar a Venezuela su preocupación fue otra: “Había que usar la memoria. Yo soy una persona anciana, aunque esté en forma o lo que sea. Y sí me costaba recordar: ‘Ah no, ahora voy para la otra silla. Aunque, ¿será ahorita o después?’ (risas). Pero como que todo ha ido bien”. 

Ambas cuentan que aceptaron el proyecto porque sabían que estaría la otra. Se conocen de toda la vida: estudiaron juntas en el Liceo Andrés Bello y comenzaron también juntas en el ballet. Afirma Sanoja: “Para mí trabajar con Graciela es sumamente especial. Todo esto nos ha traído muchos recuerdos, son muchas historias en común. Aunque estemos separadas tenemos buena comunicación. Eso hace que emocionalmente sea mejor”. 

Amor amargo
Sala La Viga, Centro Cultural Chacao, El Rosal
Funciones: hoy y mañana, 6:00 pm; domingo, 5:00 pm
Entrada: 545 bolívares