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Un frenesí cubano revivió anoche su historia

La Lupe | Williams Marrero

La Lupe | Williams Marrero

La historia de La Lupe. La reina del desamor se escuchó en la voz de Mariaca Semprún con un montaje escrito y dirigido por Gabriel Díaz

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En la decimoctava edición del FITC también hubo espacio para la recordada reina del Latin Soul. Las extravagancias, los temores, la voz y la miseria que envolvieron la vida de La Lupe revivieron anoche en el Teatro de Chacao interpretados por Mariaca Semprún. El montaje, de casi dos horas de duración, fue escrito y es dirigido por Gabriel Díaz.
La Lupe. La reina del desamor es un monólogo musical que recorre la vida de la intérprete cubana, hilado por algunas de sus más famosas canciones. La historia comienza en su isla natal, donde gana su primer concurso de canto para demostrarle a su madrastra –“que es más mala que la de Cenicienta”– que ella puede ser tan famosa como Lola Flores, Olga Guillot o Edith Piaf. La Lupe o La Yiyiyi no quiere seguir siendo maestra, profesión que su padre había escogido para ella; sino dejarse llevar por ese sabroso demonio que es la música.
Su irreverencia molestó a Fidel Castro y sus revolucionarios, así que tuvo que salir de Cuba. Llegó a Estados Unidos y peregrinó en busca de quien apoyara su carrera. Así, la cantante va mencionando nombres del medio como Celia Cruz y su esposo Pedro, Mongo Santamaría y Tito Puente.
El éxtasis y frenesí que experimentaba en el escenario y que la llevaron a la popularidad y la riqueza se convirtieron en excesos y despilfarros. Su inestabilidad, el paso por creencias religiosas y los conflictos amorosos la fueron llevando a la ruina; de la que nunca salió. Entre pelucas y lentejuelas, La Lupe rememoró su vida a través de “Puro teatro”, “Carcajada final”, “La tirana”, “Fever”, “Qué te pedí” y “No me quieras así”. Los arreglos de los temas fueron interpretados por una banda en vivo, dirigida por Santos Palazzi, e integrada por Leowaldo Aldana (percusión), Hildemaro Álvarez (teclados), Jesús Milano (contrabajo) y Freddy Solarte (violín).
El público aplaudió emocionado tras cada canción y se abalanzó al aire para agarrar los zarcillos, pulseras, tacones y rosas que Semprún arrojaba desde la tarima, poseída ella también por el efecto que generaba el recuerdo de la intérprete fallecida en 1992 en un pequeño apartamento en Nueva York.
La actriz contó, en una entrevista con El Nacional, el efecto que el personaje generaba en ella: “Como uso una voz que no es mía, me rompo la garganta a conciencia. Así que tengo que descansar al máximo para recuperarme y alcanzar ese tono desgarrado de una persona cuya fama la llevó tan rápido a la cima como a la caída”.