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"Con la fotografía digital la escuela creció"

Roberto Mata / Ernesto Morgado

Roberto Mata / Ernesto Morgado

Aunque estuvo negado al cambio, el profesor encontró en las nuevas tecnologías una generación de alumnos ávidos por entender la imagen. A pesar del boom, le preocupa que algunos estudiantes piensen que están capacitados para ejercer al oficio con apenas 100 horas de clases

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Roberto Mata confiesa sin prurito que no se acuerda de la fecha aniversaria exacta del taller de fotografía que dirige, una escuela privada que este año cumple dos décadas de existencia. También asegura que no le hace mucho caso a las celebraciones ni mucho menos a los actos retrospectivos. Quizá, señala, ese es el principal motivo por el que no concibió ninguna programación especial para festejar el número redondo.

“Me fastidia un poco ver hacia atrás. Quizá eso no está bien en un fotógrafo porque tienes que repasar lo que has hecho para descubrirte y mejorar. Pero no cargo con la bandera de las dos décadas”, expresa el creador, que a lo largo de los años ha sido testigo de los cambios en el campo, principalmente, del paso de lo analógico a lo digital, y el más reciente boom de la fotografía móvil.

A pesar de que dice que no le interesan los aniversarios, es innegable que ahora está en una posición distinta a la que tenía cuando comenzó.

—Lo que siento es que tengo una especie de know-how, aprendí a moverme, aunque jamás pensé que iba a montar una escuela de fotografía. Lo cierto es que hoy en día me siento maduro como escuela; también estoy más tranquilo, menos ansioso y más enfocado.

—¿Cómo nació la idea de compartir sus conocimientos?

—No empezamos como una escuela. Celebramos el año 1993 porque en esa fecha un cliente me pidió que preparara a su hijo que iba a estudiar Comunicación Social en la UCAB. Recibí a ese muchacho durante 20 horas en 5 semanas con una suerte de programa, que ha cambiado muy poco en los 20 años que tenemos. Luego él le dijo a la novia y así sucesivamente. Ese año tuve 15 alumnos bajo esa dinámica. En ese momento creo que me di cuenta de que disfrutaba lo que estaba haciendo. Me mudé a una sede un poco más grande en Chacao para poder impartir clases a 6 personas, en vez de a una.

—¿Cuál es la capacidad actual del taller?

—Recibimos a más de 200 alumnos al mes.

—¿Cómo era el panorama de formación privada cuando comenzó este camino?

—La fotografía es un lenguaje que ha interesado a las personas durante mucho tiempo. En 1993 creo que había pocas ofertas. La más seria e importante fue una que fundó Ricardo Armas en Bello Monte, pero él se fue a vivir a Nueva York y entonces dejó de haber iniciativas privadas de esas características. Yo hacía mucha fotografía corporativa y editorial, me iba muy bien, así que realmente nunca hubo un estímulo económico, sino que me quedó un tiempo libre y lo quise dedicar a esto

—¿Qué métodos de enseñanza utiliza en la escuela?

—Mucha gente ha teorizado sobre cómo funciona este espacio, pero como soy autodidacta no tengo esa cuestión académica, sólo creo que soy un buen orientador. Es una escuela que ha funcionado a punta de ensayo y error. Guío a los alumnos, trato de  no influirlos demasiado; en la medida de lo posible lo que buscamos es desarrollar el ojo fotográfico de cada quien, basado en cada una de sus experiencias personales.

—¿Todos pueden ser fotógrafos?

—Todo el mundo puede hacer fotografía, pero no todo el mundo puede ser fotógrafo. Lo que pasa es que con un pequeño voto de confianza hay una alta posibilidad de que el alumno desarrolle una capacidad de ver, basado en unos principios técnicos, que es la parte más sencilla.

—Pareciera que hay un interés inédito por acercarse a la fotografía. ¿A qué se debería ese fenómeno?

—Cuando nos mudamos a la sede actual, en La California Norte, montamos un laboratorio de 32 puestos; ahora, si hay 5 personas adentro, estamos felices. Con el boom digital empezó a disminuir la participación de las personas interesadas en la película. Hay una suerte de democratización de la imagen porque todo el mundo tiene acceso. La gente tiene mucho más ánimo de registrar su día a día, sobre todo con la presión de las redes sociales. Y algunos descubrieron que se podían decir muchas cosas y que era limitado hacerlo de manera autodidacta, por eso esta escuela creció con la fotografía digital. Es muy divertido porque yo estaba negado al cambio.

—¿Por qué motivo?

—Porque la primera etapa del digital fue una desgracia, la película era de muchísima más calidad. Además soy de los que siempre esperan. Por ejemplo, no soy el primero de los que se compra el aparato más reciente. El otro día alguien me preguntaba si aplicaciones como Instagram harían que desaparecieran las cámaras y le respondí que no soy adivino, pero hasta ahora los teléfonos inteligentes han hecho que la gente quiera aprender más, no lo contrario.

—¿Ha cambiado la forma en que la gente se acerca a la escuela?

—Las personas antes venían porque les interesaba el cine, porque estudiaban Comunicación Social, porque les regalaron una cámara… Hoy en día es porque deciden pasar del celular a un equipo fotográfico. Sienten que les quedó chiquito. Se empezaron a vincular mucho más con la imagen. Allí es donde nos ha ido extraordinariamente bien, sobre todo porque la escuela no está dirigida a un público específico, sino al que quiere aprender con constancia y perseverancia.

—¿En qué momento lo convenció entonces la fotografía digital?

—Fui el último profesor de mi escuela que hizo el cambio. Me acuerdo que pensé que tenía otras capacidades y que tenía que aprovecharlas. En un viaje intercontinental le di a alguien una clase sobre la fotografía y lo hice con una cámara digital. Entonces entendí que así como me servía para enseñar tenía que adaptarme.

—¿Ya no dan clases de analógico?

—Sí, de hecho voy a remodelar el laboratorio. Eso nunca lo vamos a dejar. Pero también hay que entender las necesidades que tenemos.

—¿Quiénes son esas personas que siguen interesadas en la película?

—Básicamente gente que ya aprendió con el digital, que ha profundizado mucho y que siente curiosidad por saber de dónde salió todo. La primera pregunta que me hacen: ¿Todavía se consiguen rollos? La respuesta: ¡Sí!

—¿Cómo cambia la percepción de la fotografía de esas personas?

—El principio es el mismo, pero el simple hecho de que no puedan ver el resultado, sino hasta que revelen, cambia. Eso te da un sentido de la responsabilidad increíble, tienes que estar más concentrado y ser preciso. Además es caro, no te puedes volver loco.

—¿Hay campo de trabajo para los egresados de la escuela, los que realmente se interesan en la fotografía?

—Aquí nadie egresa porque no hay pénsum. Aquí tú entras y tienes actividad continua durante más de 2 años. Una persona que los termina tiene un nivel de preparación que ha sido reconocido por instituciones extranjeras. Pero en fotografía los certificados valen muy poco, lo importante eres tú y tu portafolio. Con relación al campo de trabajo, eso me preocupa un poco. Algunos estudiantes piensan que después de 100 horas de clases ya son fotógrafos. La verdad es que apenas les acaban de quitar las ruedas de la bicicleta. Me inquieta que algunos piensen eso porque como institución jamás me he planteado inundar el país de fotógrafos y mucho menos de gente que no esté apta.