• Caracas (Venezuela)

Escenas

Al instante

Los formatos no se agotan para retratar a un país desvanecido

El fotógrafo Juan Toro ha documentado su línea de investigación | Foto Henry Delgado / Archivo

El fotógrafo Juan Toro ha documentado su línea de investigación | Foto Henry Delgado / Archivo

Entre las disciplinas, la fotografía es una de las que ha hablado más crudamente de la violencia, la escasez y el éxodo que ha habido en Venezuela

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El ser humano crea para exteriorizar su visión del mundo. Comunica a través de signos sus intranquilidades sobre la inexorable condición de estar vivo. Su entorno, que lo precisa, forma parte de ese diálogo que establece con el que lo observa.

En el país, entre propuestas que tienden a lecturas más universales, existen personajes que elaboran sus trabajos a partir –y desde– la crisis. Las artes plásticas siempre han sido testigo de las fracturas políticas de una sociedad y esta vez, cuando Venezuela atraviesa uno de sus peores momentos, no ha sido la excepción.

Pintura, escultura, fotografía e instalaciones han encontrado sus caminos de desahogo para hablar de la violencia, la inseguridad, la escasez, el hambre y el éxodo que acaba poco a poco con una nación. La curadora Lorena González piensa que esta situación ha ocasionado un repunte de la combinación de expresiones artísticas: el mensaje es tan crudo que no hay canal suficiente.

“Creo que es el síntoma más característico de creadores de una generación que está entre los 25 y los 40 años de edad”, dice. La investigadora señala que esta multiplicidad de medios halló en crisis pasadas lugares para desarrollarse. En los convulsos años sesenta, tras la caída de Marcos Pérez Jiménez y el ascenso de la guerrilla venezolana, surgieron grupos como El Techo de la Ballena y el performance tuvo protagonismo. Las intervenciones no eran instalaciones sino ambientaciones y se presentaron unas como Las sensaciones perdidas del hombre en la Sala Mendoza y Para contribuir a la confusión general en el Ateneo de Caracas.

Las décadas de los ochenta y noventa fueron una época en las que, a pesar de que existieron discursos críticos, las instituciones culturales públicas funcionaban: “Había conflictos políticos, pero la presencia del Estado cultural era importante. Estos artistas trabajaron para ir en contra de todo y tenían apoyo. Ahora eso no existe. Hablamos del ensimismamiento del arte dentro de los pequeños lugares, sitios de salvaguarda”.

A esta situación se suma el hecho de que así como el arte refleja la crisis, esta también se ve reflejada en el arte. Son escasas las obras de grandes dimensiones, disminuyó la inversión en ambiciosos proyectos y se suspendió una edición de la Feria Iberoamericana de Arte. Los materiales que se utilizan son de desecho, reciclados; el papel toma relevancia dentro de la producción; la paleta de colores se debilita ante la inflación, en los montajes fotográficos escasean los vidrios y marcos.

Los artistas. Entre la mixtura artística, la fotografía es la que más ha retratado la crisis, en particular la documental. Espacios como Roberto Mata Taller de Fotografía y el Centro Cultural Tresy3 han presentado series que hablan de una Venezuela empobrecida, cundida de violencia y muerte.

Las ideas se confrontan desde diversas ópticas: Conrado Pitari trabaja la identidad a través de la telenovela; Deborah Castillo aborda el poder con videos en los que lame el busto de Simón Bolívar y la bota militar; Amada Granados fotografió a Teófilo Rodríguez Cazorla, alias Conejo, en la cárcel de Margarita; Ale Cegarra, con un ojo más fotoperiodístico, tiene series como El legado de Chávez y Nuestra guerra invisible. Las fotografías de Violette Bule, que son más bien puestas en escena y se condensan en la serie Detonaciones, hacen una crítica al mal estado de las vías públicas y al saqueo de un camión que transportaba carne mientras el chofer yacía moribundo en el asfalto.

En la edición pasada del Salón de Jóvenes con FIA, que se presentó con el título Metáforas de la emergencia o las balsas de la Medusa, también se desbordó el país. Allí ganó Carlos Salazar Lermont con la pieza Fisting, una fotografía cruda que, con erotismo y humor, muestra la violencia.

“Hubo una característica muy puntual: muchos artistas ya se habían ido del país y lo miraban con nostalgia, sin dejar que esa radiografía fuera sensible y real. Otros creadores preparaban las maletas para partir. Hicieron un retrato de cada uno en el que, a su vez, nos miramos todos. Creo que es el valor que tiene el arte emergente en este momento y que, como referente de los maestros, se une en un solo eco”, afirma el curador Alberto Asprino.

“El arte está retratando al país, lo que faltan son espacios donde confrontar las diversas visiones que se tienen”, señala Juan Toro. El fotógrafo es uno de los que ha documentado su línea de investigación. Comenzó a trabajar en ello en 2008 y así surgió la serie Nadie se atreve a llorar, dejen que ría el silencio, que derivó en otras en las que solo se veían los objetos. Llegaron Las etiquetas, Las balas y Las llaves, con las que mostró la huída de los venezolanos. “Pienso que uno es producto de su momento. Y uno vive una crisis muy remarcada a la que no puedo darle la espalda”, asegura.

Las instituciones. El arte no es el único que refleja la crisis, las instituciones también. Los museos, caídos en la desidia, son muestras de ello. “En ellos puedes ver cómo se han abandonado muchas cosas, cómo no se mantienen otras, cómo no se adquieren obras. Los museos son objeto de la crisis en sí mismos, así como las instituciones culturales”, afirma María Elena Ramos.

La investigadora agrega que mientras los espacios públicos decaen, los privados, como galerías, se enriquecen de propuestas. Un ejemplo es D’Museo, en el Centro de Arte Los Galpones, cuyas exposiciones más recientes apuntaron al discurso crítico: Pop contemporáneo y Desaparecidos.

El director de la galería, Nicomedes Febres, afirma: “Nuestras exposiciones han valorado esto. He hecho cierto seguimiento a las obras referidas a la vida política nacional, aunque lo que se vive no es el discurso predominante en el trabajo de los artistas. Probablemente por el hecho de que la gente no quiere meter en su casa el drama que vive en la calle”.