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El flamenco llora a uno de sus hijos prodigios

En 2004, De Lucía se convirtió en el primer y –hasta ahora único– artista flamenco en recibir el Premio Príncipe de Asturias / EFE

En 2004, De Lucía se convirtió en el primer y –hasta ahora único– artista flamenco en recibir el Premio Príncipe de Asturias / EFE

A Paco de Lucía, máximo referente de la guitarra flamenca en el mundo, lo sorprendió un infarto a sus 66 años de edad en Playa del Carmen

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En los últimos años, Paco de Lucía solía retirarse a descansar y bucear en Playa del Carmen, en la Península de Yucatán, México. Allí al genio de la guitarra, artista universal, prodigio del flamenco, maestro de maestros, lo sorprendió un infarto a los 66 años de edad, cuando todavía le quedaba música por tocar.  

Francisco Sánchez Gómez nació en el pueblo de Algeciras, en Cadiz, que asumió primero como apellido artístico y sustituyó luego por el nombre de su madre portuguesa: Luzia. Bailaba y pretendía ser cantaor, pero la necesidad –y la timidez– lo llevaron a “conformarse” con el instrumento. Tanto empeño le puso que, influenciado por El Niño Ricardo, se convirtió en el máximo referente de las seis cuerdas en su país.  

Decía que aprendió a tocar oyendo a su hermano mayor, Ramón de Algeciras, y prestándole atención a viejas grabaciones de Ramón Montoya y Sabicas. A partir de La fabulosa guitarra de Paco de Lucía (1967), comenzó un viaje discográfico que agitó las bases de lo tradicional y le abrió caminos insospechados.

Cuando su disco Fuente y caudal (1973) estaba casi listo, decidió que necesitaba otro color, un matiz. Sin mucho ensayo, relajado, escribió una rumbita llamada “Entre dos aguas”: ese relleno más tarde se convirtió en uno de sus grandes hits.

Paco de Lucía deslumbró a todo el que estuvo en presencia de su talento. El autodidacta se convirtió en una escuela. En un “monstruo”, como muchos aún dicen. Su dúo con Camarón de La Isla, su entrañable amigo, está guardado en el cofre de los mejores episodios del flamenco en toda su historia. También su colaboración con Tomatito.

De Lucía se aproximó al world music. Su nombre fue una constante en carteles de festivales de jazz. De su actuación en Montreux en 2012 quedó uno de sus últimos registros en directo. Sin embargo, más emblemático fue el álbum Friday Night In San Francisco (1980), que grabó con sus colegas John McLaughlin y Al di Meola.

En 2004, año en que presentó Cositas buenas, el disco número 26 de su catálogo, se convirtió en el primer y –hasta ahora único– artista flamenco en recibir el Príncipe de Asturias. “Si me hubieran dado el premio estando él vivo –le declaró a El País refiriéndose a Camarón– hubiera impuesto de alguna forma que él viniera, lo hubiera compartido con él, me hubiera dado vergüenza ganarlo yo solo”.

Paco en Venezuela. El artista pisó Caracas por primera vez el 8 de noviembre de 1977, visita en la que actuó en el Teatro Municipal y en Venezolana de Televisión. No tardó en volver. Ya el 2 de abril estaba aterrizando nuevamente en Maiquetía para dar en el Poliedro un recital que abrió el bandolista Anselmo López. Hay registros de una presentación en el Teatro Nacional el 23 de octubre de 1981 y otra histórica, con Chick Corea, en el Poliedro de Caracas en septiembre de 1982.

En noviembre de 1988 actuó en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, días después de que le declarara a El Nacional que le atraía la alegría del merengue caraqueño y la obra de Vytas Brenner. En ese mismo escenario dio tres recitales, de cuyas antesalas se encargó Saúl Vera, en marzo de 1991.

En 1994 regresó para dar otros tres conciertos en los que Ilan Chester se encargó de la antesala. La periodista Margarita D’Amico le había dedicado su columna del 22 de febrero de ese año: “¿Acaso tantos elogios de la prensa internacional pueden dar la real dimensión del trabajo musical de Paco de Lucía? Aunque todo lo que se diga siempre será poco, lo cierto es que cuando uno escucha a este artista, queda embrujado”. Días después, en una tarde en el hotel Eurobuilding, le preguntó: “¿Cómo se hace para que ese ‘soplo de verdad flamenca’ de su arte se convierta en huracán?”. A lo que él respondió: “Trato de hacer bien lo que hago, lo que quiero. Siempre me emociono. Me vuelco y me tiro al vacío. Cada vez, voy a por todas. Siempre corres el riesgo de pegarte un tortazo en el suelo, pero yo sí me lanzo al vacío. Cada ser humano, en distintas circunstancias de la vida, debería hacerlo, dar el todo por el todo”.

Con el Teresa Carreño se reencontró en febrero de 1996 y en octubre de 1998, cuando, apoyado en su Septeto, dio su último concierto en Venezuela. Entusiastas como el cantaor y percusionista Goyo Reyna, que era uno de los que babeaba frente al maestro, recuerdan claramente aquellos días. Cuenta que andaba solo con sus músicos, que él mismo llevaba su instrumento y que fue a la Frasca de Toledo en La Campiña una noche. Dice que siempre tenía ganas de jugar fútbol, deporte del que era un gran seguidor, y pedía que su habitación tuviera cocina para él preparar su propia comida. “Para ser un gran maestro, era muy sencillo. Y sentía era muy tímido... quizá se comunicaba mejor a través de su guitarra”.