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“Me divierten las zonas oscuras del ser humano”

Horacio Convertini | Manuel Sardá

Horacio Convertini | Manuel Sardá

Al autor de relatos cortos y novelas le aburren los personajes políticamente correctos

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El dogma literario que sustenta la obra de Horacio Convertini es “el recuerdo de lo perdido, la certeza triste de que nunca habríamos de ser lo que soñamos”, como reza la última frase de su cuento “Uru”, que ganó en 2010 el premio español Cosecha Eñe.

El narrador y periodista argentino estuvo recientemente en Caracas para presentar la novela New Pompey (Puntocero, 2012), en la cual Cali, luego de 20 años de ausencia, vuelve al barrio bonaerense de su niñez, abatido por la muerte de su madre y la ruptura con su pareja, Jose. Allí se encuentra con el Chino Reilly, un viejo amigo que le propone asaltar un gimnasio antes de que el Gobierno lo tumbe como parte de una cadena de reformas que modernizarían esa zona. La obra retrata a fracasados que parecen haber perdido su rumbo, tema parecido al de El refuerzo (2010), la otra novela suya publicada en Venezuela, que cuenta las penurias del futbolista sin glamour Tanque Millán.  


El otro y el pícaro. El centro de New Pompey son sus personajes. Primero está Cali, que rompió con su familia y compañeros al descubrirse homosexual. El personaje representaba una dificultad para Convertini, cuya única aproximación al mundo gay es desde la literatura. Lo resolvió pensándose como si le gustaran los hombres­: “Cali reacciona como yo frente a las situaciones que la vida le plantea: con instancias de temor, furia y momentos de explosión emotiva, de nostalgia, melancolía y tristeza”. El protagonista intentó separarse del mandato del barrio y el de sus padres. “Gente simple, con un sueño común y silvestre: formar una familia, tener un hijo, que ese hijo formara su propia familia, progresara, les diera nietos”, se lee en la novela.

La otra arista del argumento es el Chino, que representa al típico pícaro de barrio. “No termina de ser un delincuente, lo es cuando su intención es dar un plan criminal, pero hasta ese momento era un vivillo que vivía de la corruptela, con una ética fluctuante, que va corriendo según su conveniencia”, lo define el escritor, nacido en 1961. Se trata, por supuesto, del arquetipo del pillo iberoamericano: “Todos somos brutales y terriblemente cariñosos. Salvando las distancias, es probable que los genocidas de la dictadura argentina hayan sido buenos vecinos, amantes, padres y leales amigos”.

Convertini, que se describe como alguien común y corriente, escribe para salirse de la vereda de la ética. Por eso le aburren los personajes políticamente correctos. “Me divierten las zonas oscuras del ser humano, en qué punto la urbanidad, la corrección política, las buenas costumbres y la civilidad se pueden quebrar fácilmente, siguiendo un impulso y un objetivo material o una revancha emocional”, señala. He allí la certeza triste de sus obras: que la literatura es la nostalgia de lo que no fue y que puede convertir a escritores (y lectores) en seres viles o virtuosos.