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“Lo más difícil de una individual es encontrar una sala”

Manuel Eduardo González, ganador del Salón Jóvenes con FIA / Foto Jesús Ruíz

Manuel Eduardo González, ganador del Salón Jóvenes con FIA / Foto Jesús Ruíz

El creador de 25 años de edad no ha podido exhibir su trabajo en La Guaira, su ciudad natal, por falta de espacios para talentos noveles. Cree que es necesario descentralizar la gestión cultural y abrir centros expositivos que muestren arte contemporáneo más allá de lo que ocurre en Caracas

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Para Manuel Eduardo González, estudiar arte no fue motivo de conflicto familiar. Sus parientes vieron con buenos ojos su ingreso a la Universidad de las Artes, que en ese momento aún se llamaba Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón. Fue así como el creador nacido en La Guaira centró su formación exclusivamente en Caracas. Va y viene casi a diario del estado Vargas. A los 25 años de edad, el ganador del Salón Supercable Jóvenes con FIA considera que la gestión cultural debe descentralizarse y apostar por la creación de espacios expositivos en el interior del país.

El artista participó en el proyecto Pedagogías sensibles y actualmente exhibe una obra en una colectiva en la galería Paréntesis del Centro de Arte Los Galpones, en Los Chorros, bajo la curaduría de Alberto Asprino. El creador planea realizar una residencia de arte contemporáneo en México en octubre.

–¿La pieza Traslaciones, que le valió el primer premio, fue su debut en el Salón Supercable Jóvenes con FIA?

–Es primera vez que participo. Lo hice por invitación de Emilio Narciso, el curador del salón, que me propuso trabajar en un proyecto para ese espacio de confrontación y accedí. Mi obra es una videoinstalación acompañada de una serie de vidrios grabados, que reconstruye el territorio venezolano de manera ficticia, imaginaria.

–¿Cómo fue el proceso de desarrollo de la obra?

–Desde que estaba en la universidad he venido estudiando el tema de la impronta, el resultado de las interacciones con el entorno. Siempre había trabajado con la huella dactilar: la digitalizaba, la intervenía; me interesaban las calidades plásticas que dan las imágenes ampliadas de ese pequeño detalle del cuerpo humano. En la pieza que llevé al salón me planteé cómo ampliar esa visión y no usar la impronta desde la genética, sino desde la conformación del territorio, que es la otra marca de nacimiento, el espacio donde se desarrolla esa persona, el ser humano.

–En esas nociones de territorialidad hay una dimensión política.

–Sí la hay, entendiendo la política como las relaciones y sobre todo cuando decido utilizar las cartografías del mapa de Venezuela para establecer un contexto, que es donde yo me desarrollo, lo que vivo.

–¿Es una obra nacionalista?

–La instalación habla sobre Venezuela como un territorio que nos compete a todos. En el video muestro una clase de un geólogo que explica cómo fue la conformación del territorio venezolano desde Pangea hasta las cordilleras y tepuyes. Es una manera de poner a dialogar esa conformación geológica de la tierra con la localidad, el sentido de pertenencia. Hacer esta obra implicó una gran investigación. Fue mucho más el tiempo de lecturas que la realización física de la pieza. Investigando conseguí un video de un señor dando una clase abierta en Maracay, que fue grabado por alguien con un teléfono celular. Se ve él, de fondo el mapa, y los estudiantes. Yo me apropié de ese video, trabajé con el audio, realicé las animaciones luego de modificar el mapa de Venezuela, segmenté los estados y los uní para crear nuevas entidades. Luego vino el proceso de realización de los vidrios.

–¿Se formó como artista de las artes del fuego, del vidrio?

–No. En el Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón me especialicé en medios mixtos, en donde tiene preponderancia la creación digital, el videoarte, la instalación y el arte sonoro. Antes de participar en el salón tenía idea de lo que quería hacer en esta pieza, en la que integro varios discursos y técnicas. Estaba trabajando con un proyecto. Anteriormente había participado sólo en salones municipales.

–¿Concursó en La Guaira?

–No. En La Guaira no hay salones municipales. Estuve en el Salón Municipal Juan Lovera, del Distrito Capital, el Salón Dycvensa del Celarg y en Maracaibo, en un salón de arte digital.

–¿Considera relevante la realización de salones de arte en pleno siglo XXI, cuando hay otros mecanismos para difundir la obra?

–La cuestión con los salones ahora está abierta a discusión porque han pasado muchas cosas y tener una convocatoria que te limita a características específicas como dimensiones y, en algunos casos, hasta te sugiere el tema, es debatible. Pero en lo personal pienso que los salones siguen siendo espacios que hay que aprovechar.

–¿Cuál es  su siguiente paso? ¿Una individual quizás?

–Supongo que la individual. Me la imagino con piezas realizadas en diferentes medios. No soy fiel al vidrio ni a ningún otro material. Trabajo con gráfica, vinil, polietileno, acrílico, papel, video e instalaciones. El planteamiento museográfico de la obra en el espacio me atrae, así como articular un discurso. Lo más difícil a la hora de plantearse una individual es encontrar una sala.

–¿Considera que hay carencias de espacios en el país? ¿Debería haber más galerías y museos?

–Sí siento que hay espacios y que pasan cosas simultáneamente, por lo menos en Caracas. A nivel regional diría que hay una carencia muy fuerte de salas, por lo menos en el estado Vargas, donde vivo. Hay pocas opciones y son muy tradicionales, no hay cabida para el arte contemporáneo o joven.

–¿Extraña el Castillete?

–Claro. Lo visité una vez. Estaba muy joven y no lo recuerdo mucho. Si aún estuviera en pie creo que hubiera sido muy provechoso para mí, conociendo la relevancia de Armando Reverón. Ahora es lamentablemente un terreno baldío. Escuché que están gestionando su reconstrucción. Vargas necesita más espacios para las manifestaciones culturales. Mis primeras aproximaciones al arte se dieron en el Complejo Cultural José Félix Ribas de La Guaira, que antes se llamaba José María Vargas. Allí veía clases de dibujo con un profesor. Luego ingresé al Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, en Caño Amarillo, y centré mi proceso de formación en Caracas. Creo que hace falta más descentralización, crear más núcleos en el interior del país. Afortunadamente están pasando cosas interesantes en Barquisimeto, que ha abierto nuevos espacios, al igual que en Maracaibo y Valencia. Pero son iniciativas muy puntuales, que se cuentan con los dedos de una mano.  En Vargas se inauguró un espacio que clausuró a los pocos meses. Ni siquiera da tiempo de acercarse.


Referencias múltiples

Resulta interesante saber quiénes son las referencias de Manuel Eduardo González. Como en todos los artistas de su generación, las influencias no están claras, se diluyen en su mente. “He estudiado la obra de Yucef Merhi, pero no lo considero una referencia directa. He tenido mucho contacto con artistas venezolanos de diferentes épocas, se me escapan los nombres, por el lado de la cartografía. El tema de la huella está presente en Jesús Soto, a quien investigué bastante en la universidad, al igual que a Francisco Martínez. Veo mucho material de otros creadores en Internet. Voy a las exposiciones locales. De allí viene parte de mi formación”.