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Los cuentos bajo la mirada suicida de José Tomás Angola

Las historias de este autor vuelven a las librerías con "La mirada del suicida al caer", que abarca 15 relatos sobre la condición del escritor y los incidentes que invaden la cotidianidad de toda persona que se ve en la obligación de lidiar entre sus gustos y su deber

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Caracas, en sí, es un motivo para la escritura. Las historias parecen estar acechando la mente de algún escritor que las pueda volcar en papel. José Tomás Angola no es la excepción, un día estaba en su casa en frente de su computadora y vio cuando un hombre pasaba por su ventana directo al pavimento: era la mirada del suicida al caer.

Explicar la realidad por medio de la ficción se ha convertido en una salida para entender el contexto actual. Pero, en palabras del autor, este no es un libro solo para el presente, sino también para el futuro. Los próximos lectores podrán acercarse a los relatos e identificarse con las historias. Quizás, es por ello que no está plasmada exclusivamente la realidad venezolana, sino las vicisitudes que atañen, especialmente, a los escritores. Angola considera que escribir es una “necesidad imperiosa” y así también lo demuestran los personajes de los cuentos: el fracaso es algo que debe saber manejar todo escritor para evitar caer en el foso de la frustración.

La mirada del suicida al caer forma parte de la Colección Letra Portátil, de Libros El Nacional, dedicada a la promoción de los escritores contemporáneos. José Tomás es uno de ellos: no solo ha incursionado en la narrativa breve, sino también en el teatro, la poesía y las crónicas. En la entrevista, comentó que aún tiene un sinfín de historias rondando en su cabeza y que siempre está escribiendo sobre su día a día. Le dedica al oficio entre dos y tres horas diarias, como mínimo. “Me siento enormemente feliz con los cuentos y no puedo dejar de escribir poesía”, comenta al hablar sobre su preferencia por la literatura.  

—La escritura y la figura del escritor parecen ser los hilos conductores entre los relatos. ¿Por qué decidió adentrarse en estos temas?

Cuando yo abordo un tema no suelo hacerlo con premeditación. No escribo un libro pensando en qué voy a decir, sino que en el caso específico de los relatos suelen ser materiales que estoy trabajando con antelación. Habitualmente salen a flote las pesadillas, los demonios y las preocupaciones. Esto me pasó con el libro anterior, Esa noche llamada muerte, y ahora con La mirada del suicida al caer. Yo llegué a estos cuentos después de unos tres años de escritura. Cuando me senté y los vi, me di cuenta de qué es lo que estaba haciendo. Si bien surgió una idea común que los atraviesa, no es algo que haya tenido presente desde el principio.

Se me puede acusar de romántico, pero soy tormentoso en el proceso creativo. No soy de las personas que tienen la capacidad de pensar y estructurar lo que van a hacer. Escribo desde un acto de catarsis, por ende no tengo control sobre ello. En consecuencia, a veces produzco muy buenos cuentos y otras veces escribo historias muy malas.

En el caso específico de La mirada del suicida al caer, venía trabajando con mucha curiosidad el tema del escritor y sus demonios: el miedo, el fracaso, la soberbia, el orgullo, la frustración, la insatisfacción… Todos ellos están representados en los cuentos.

—En el cuento “¡William estuvo aquí!” el narrador dice que la escritura “consiste en crear un mapa de contemplación donde los lectores y los escritores tienen el chance de encontrarse”.  ¿Qué se logra con ese encuentro entre el lector y el autor?

Ocurre un choque mínimo: en el instante en que se tocan, ya desaparecen. Para fines del lector, el escritor no debe existir y para fines del escritor, el lector tampoco debe existir. Por una parte, uno no puede estar pensando quién te va a leer y, por otro lado, si el lector ve constantemente al escritor, algo está fallando: el ego del escritor está desbordado. Yo siento que el autor pierde el poder de su libro una vez que le pone el punto y final y lo entrega a la editorial.

En la literatura lo más importante que existe es el lector, todo lo demás es añadido. Su poder es tal que él puede mandar a la basura un trabajo de 10 o 15 años. Pero también es el oficio más sabroso. Yo si pudiera sería solo lector.

Con respecto a ese cuento hay una anécdota particular: William Faulkner estuvo en Venezuela y compartió con Rómulo Gallegos en el concierto de Alirio Díaz en el Teatro Municipal. Siempre me llamó la atención esos dos colosos sentados uno junto al otro.

—En el cuento “Los superiores”, la historia gira en torno a la figura del autor y el crítico.  ¿Cómo funciona esta relación?

El cuento está orientado hacia la soberbia característica que tiene tanto el crítico como el escritor. Mientras que el autor se siente intocable, el crítico considera que tiene toda la potestad de destruir lo que se le antoje. La historia es muy violenta, la gente a veces se desagrada y esa es la idea: quiero demostrar la rivalidad desastrosa que existe entre los egos de ambos.

—¿Cómo se comporta la crítica literaria actualmente en Venezuela? ¿Existe?

Sí hay crítica en Venezuela, lo que ocurre es que no existen los medios para difundirla. Los espacios para debatir los temas culturales se han inundando por la crisis del país y la presión del Estado hacia los medios de comunicación ha mermado este trabajo. Aunque cada vez el proceso es mucho más complejo, su figura se adapta a la realidad.

—¿Cuál es el fin práctico de un escritor en la sociedad? ¿Cómo se puede equilibrar el trabajo con el oficio de la escritura?

En Venezuela nadie puede vivir de lo que hace, tiene que hacer cinco cosas al mismo tiempo. En mi caso se camuflajea la tragedia del escritor porque yo no vivo de la literatura, sino para la literatura. Obviamente tengo que hacer muchas otras actividades, que están dentro del ámbito de la escritura, pero no de la literatura, como el cine, el teatro, una telenovela, opiniones para periódicos. Nadie es escritor porque quiere, sino porque estamos atrapados. Es una vocación, aunque hoy en día se trata de profesionalizar el oficio. La obra de un autor no es tasable económicamente, pero el producto cultural es necesario y hay que fabricarlo.

—Cuando no se logra este equilibrio, encontramos a un sinfín de pseudo-escritores frustrados. ¿Por qué estos personajes no terminan de publicar su obra?

Ocurre muchas veces que escribimos para nosotros mismos. Algunos de estos personajes no son escritores, sino gente que se dedica a escribir, que puede o no tener talento. Ahora bien, cuando uno trasciende esa frontera es porque quiere ser leído. En ese momento uno asume el rol de ser escritor.

La insatisfacción eterna es una de las características del oficio. Yo me alejo de los escritores que se sienten realizados con un libro, esto quiere decir que alcanzaron la perfección y no están interesados en seguir escribiendo. Yo pertenezco al grupo que nunca está totalmente contento con lo que ha hecho.

—Hay momentos en los que los personajes comienzan a reflexionar sobre sus vidas y pareciera que encontráramos un tono ensayístico dentro de la narración. ¿Cómo es la relación cuento- ensayo? ¿Ha pensado incursionar en este género?

Hoy en día en la literatura el tema de los géneros híbridos está tomando nuevos caminos de escritura. Ya uno no se aproxima a una novela y se consigue con narración pura; ahora nos topamos con ensayo, poesía, teatro, en fin, múltiples combinaciones volcadas hacia la novela. Uno no se propone, cuando está escribiendo, hasta aquí va a llegar la narración, ahora viene un poema y luego un ensayo. Cada personaje tiene su propia vida y opera según el argumento. En este caso son cuentos sobre escritores, una figura que está conectada tanto con lo emocional como con lo intelectual: constantemente está racionalizando, leyendo a otros autores, por lo que es obvio que siempre se refleje de alguna manera sus ideas. A fin de cuentas un escritor es un cúmulo de ideas que está tratando de proyector a través de otra voz. Estos personajes tienen la necesidad imperiosa de hablar y decir lo que piensan.

En mi caso particular, yo creo que todo tiene su momento. Dicen que cuando uno es joven escribe poesía porque es el género de la emoción pura que no tiene fronteras y donde reina la subjetividad total; después empiezas a escribir cuentos, tratas de ponerle orden a tu realidad y empiezas a contar espacios pequeños; cuando te haces más adulto, escribes novelas, y ya en la vejez, lo único que tienes son ideas, y creas ensayos. Yo he escrito ensayos, pero no me siento un ensayista en dominio del género. Prefiero la obra creativa; no considero que posea la capacidad técnica para sacar una novela, tengo algo por allí, pero soy un crítico muy duro conmigo mismo y creo que todavía no estoy para eso.

Me siento enormemente feliz con los cuentos y no puedo dejar de escribir poesía.

—¿De dónde saca las historias de estos cuentos?, ¿cómo se relaciona la realidad del país con los relatos del libro?

Las historias lo buscan a uno; uno no busca las historias. Las anécdotas y los personajes llegan por sí solos. Como en el caso del primer cuento, “La mirada del suicida al caer”, a mí me pasó: estaba en mi casa escribiendo enfrente de la computadora y de repente pasó un tipo que se había lanzado. Quizás no escriba inmediatamente sobre eso, pueden pasar tres o cuatro años, hasta que lo digiera y se convierta en algo que lo pueda manipular desde otra óptica.

Hice una selección de los relatos que iban a integrar el libro. Estaba pensando en una obra para el futuro, no para el momento actual del país. Quería dejar una impresión humana más trascendente, no solo del momento que estamos padeciendo. Pero tampoco podía escapar de ella, está reflejada la violencia, que es algo aterrador que nos persigue y contra lo que no podemos escapar. Mi intención no era hacer crónicas de la realidad venezolana, sino literatura. Buenos o malos cuentos creo que logré mi propósito.

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