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“La cultura del odio no construye, sino más bien descapitaliza”

María Elena Ramos | Foto: Leonardo Guzmán

María Elena Ramos | Foto: Leonardo Guzmán

La investigadora, crítico y curadora considera que la transición política es el momento propicio para reflexionar sobre la ruptura que sufrió la institucionalidad cultural en los últimos 14 años

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María Elena Ramos, ex directora del Museo de Bellas Artes y autora del libro La cultura bajo acoso (Artesano Editores), define las instituciones culturales como espacios de conciliación. Lo creyó incluso cuando su nombre fue leído en la lista de personalidades destituidas en 2001, en un proceso conocido como la revolución cultural. Una década después, apuesta de nuevo por el humanismo como vía para reflexionar sobre el país que toca construir.

—En el libro aboga por la cultura como mediadora. ¿Por qué ésta no cumplió su papel en los últimos 14 años?

—Cuando digo que la cultura es mediadora lo hago en el sentido más general, de su deber ser, una característica natural del talante de la gente del sector. Un ejemplo: la capacidad de reunir elementos diferentes dentro de una misma obra, integrarlos, mediar y producir una armonía entre las cosas a veces más extremas es una de las características naturales del acto creador de un libro o de una pintura. Eso dejando de lado la tendencia de poner de acuerdo a personajes con ideas diferentes. Creo que más bien en estos años no se ha dado, al menos desde la institucionalidad cultural estadal, una función mediadora de la cultura como debería haber sido. Al contrario, ésta ha colaborado en la polarización. Creo que esa es una de las cosas más tristes. Ese papel mediador debería retomarse en algún momento, esté quien esté en el Gobierno. Este es un momento que significa un quiebre de alguna naturaleza. No tenemos ya al presidente que estaba. Va a haber otro, el cual no sabemos de cuál línea va a ser. Pero es un momento en el que al país se le sirve la mesa para abrir un diálogo y reflexionar sobre las rupturas, división, polarización y enemistad entre la gente. La cultura del odio no construye, sino más bien descapitaliza.

—Da la impresión de que el país ha estado atrapado en un ciclo de dos décadas de pases de factura continuos en el sector cultural.

—Siento que más que pases de factura entre una gestión y otra, es algo más grave lo que ocurre en Venezuela y no tiene que ver solamente con la cultura. Eso es lo que en el libro llamo “el síndrome de Sísifo”. Ese ensayo está basado en un mito de la historia antigua: el personaje que tenía que subir la piedra hasta lo más alto de la cima y cuando está arriba, cuando ha construido tanto, cuando ha luchado y se ha esforzado, la piedra vuelve a caer y la maldición es que él la tiene que volver a subir eternamente. Creo que lo que ocurre en el país está marcado por esa tragedia. Eso tiene que ver con las instituciones culturales, pero sobre todo con una manera de entender la realidad. Incluso en la democracia, cuando cambia un gobierno la tendencia es ignorar lo anterior. Lo que pasa es que eso que sucedía durante los años del llamado puntofijismo ahora se magnificó y se radicalizó de una manera perversa y dolorosa para el país. Cuando sucede eso la nación no acumula, y la civilización se basa en la acumulación. Tú recibes una herencia y puedes cuestionarla, pero tú no la vas a destruir, sino que vas a crear lo tuyo sobre esa herencia. Eso ocurriría si tienes un sentido constructor de la realidad, del presente y el futuro, pero si no lo tienes, si lo que quieres es demoler lo anterior, si te basas en el odio vas a destruir sobre todo tu propia credibilidad y las posibilidades de lograr algo en el país.

—¿Cómo se ve reflejado el quiebre institucional en la cultura? A fin de cuentas Estado y país no son sinónimos.

—Estado no debería ser tampoco sinónimo de gobierno. Sin embargo, esa es una de las características de estos 14 años, en los que progresivamente se fueron fundiendo. Fuimos trabajadores culturales del Estado durante muchísimos años y con orgullo. Uno no aceptaba ofertas para dedicarse a otros proyectos privados porque estaba muy emocionado con un sentido de misión social, el cual creía ingenua o ilusamente que sólo se podía canalizar en estas instituciones que tenían un objetivo de trabajar por el bien común. Uno defendió todo eso, pero hoy en día no me atrevería a decir que las personas que están trabajando en lo que llamo las instituciones del Estado-gobierno se sientan realmente orgullosas. Esa es una de las cosas más lamentables. En los años de la democracia, sobre todo en la última época, a finales del siglo pasado, se fue produciendo una situación de corrupción a nivel general de las instituciones. Se vio en la política y en el sector privado, pero había ciertas zonas que eran como islotes no solamente de excelencia sino también de salud y de verdad y de capacidad productiva. Es el caso de las instituciones culturales, que permitían la fe en el país. No hablo solamente de las orquestas, también los museos y el teatro. La gente de la cultura tenía la capacidad de dar lo máximo ganando lo mínimo.

—Hay una parte del libro en la que señala que la más afectada en estos procesos políticos es la palabra, a diferencia de la música, pero en los últimos tiempos la polarización ha llegado incluso a los cantantes. Pareciera que los mismos inconvenientes que ha tenido un intelectual como Fernando Mires los puede tener Alejandro Sanz.

—No será por el contenido de los conciertos sino por otras razones. Porque necesitaron espacios para charlas políticas o por cualquier otra cosa. Ha habido excepciones, como cuando los cantautores se comprometen abiertamente a favor o en contra de un gobierno. A lo que me refería en el texto es al modo de ser de cada uno de esos lenguajes. El de la literatura es el que más se compromete, obviamente. Ello pasa también en el teatro y en las películas. La música siempre es más abstracta y el nivel que han mantenido las orquestas nacionales hay que reconocerlo.

 

Plástica

El personal migró

Pareciera paradójico que el sector de las artes visuales haya mantenido una programación sólida a pesar de la crisis. Sin embargo, este es un hecho comprobable en el número de exposiciones que semana a semana abren sus puertas en todo el país. A María Elena Ramos no le sorprende. “Así como ha habido un repliegue de la institucionalidad oficial, en el ámbito de la plástica ha habido un crecimiento paralelo de una serie de alternativas, llamadas también salas periféricas. Hay un movimiento interesante que gracias a Dios está sucediendo. Allí hay que felicitar la capacidad de resistencia de la gente que cree, que a pesar de las enormes dificultades deciden meterse en eso de hacer un proyecto con todo lo que significa asumir costos y manejar la incertidumbre jurídica que vivimos. No se trata, sin embargo, de que se cerró una puerta y se abrió una ventana. El nivel de estas salas tiene relación con la migración del personal de los museos, que en su mayoría se mantienen en el país, a este tipo de iniciativas”.