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Se conmemora un año de la muerte de Catalá

Desde el mundo de los libros, José Agustín Catalá, combatió la injusticia | Foto: Archivo El Nacional

Desde el mundo de los libros, José Agustín Catalá, combatió la injusticia | Foto: Archivo El Nacional

El intelectual de Guanare fue editor durante 60 años y también combatió las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez

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En la cultura nacional hay ausencias que nunca se llenan. Hoy hace un año que se murió José Agustín Catalá, un editor que hizo historia no sólo por oponerse a las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, sino porque en el catálogo de su sello, Ávila Gráfica, figuraron firmas como las de Enrique Bernardo Núñez, Carlos Augusto León, Juan Liscano, Aquiles Nazoa, Federico Brito Figueroa y Mario Briceño Iragorry.

Quizás si no hubiera entrado a la historia por combatir la ignominia o por la calidad de las plumas que descubrió, lo hubiera hecho porque un año antes de fundar su editorial, mientras era director de la Imprenta Nacional, de la Gaceta Oficial y de las publicaciones del presidente de la Junta de Gobierno, editó Abajo cadenas, el primer libro de alfabetización de adultos publicado en Venezuela. Entonces se imprimieron 100.000 ejemplares para la campaña educativa decretada por la junta y dirigida por Félix Adam.

Da gusto recordar que, a pesar de la brevedad del gobierno de Rómulo Gallegos, una de sus primeras medidas fue la de ocuparse del desarrollo intelectual de sus compatriotas. En épocas en las que Venezuela y la región latinoamericana registran bajos índices de lectura, qué falta hacen estos hombres que unen la vocación política a la cultural.

Durante 60 años, Catalá fue uno de los editores más importantes del país, porque combinó la pericia del oficio con su propia sed de justicia. Un ejemplo de su vocación democrática es que durante años el intelectual nacido en Guanare en 1915 se dedicó a completar las 500 páginas de Los archivos del terror: 1948-1958, la década trágica. Allí hace un catálogo de testimonios de presos torturados, muertos y exiliados por razones políticas del gobierno de Marcos Pérez Jiménez.

Por eso en un discurso de 1985, Jesús Sanoja Hernández lo felicitaba por “levantar el monumento de los caídos [de la dictadura] y construir la lápida ideológica y moral de los explotadores y tiranos”.

Siempre fue más que un hombre de libros, aunque su humildad no le permitiera declararse así. “Soy un hacedor de libros, nada más que eso: un editor. Es mi oficio y mi orgullo”, solía decir el guanareño que fue una pieza central de la cultura nacional. Que sus propias palabras queden como epitafio.