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Las ciudades aladas de Colette Delozanne

Colette Delozanne | Manuel Sardá

Colette Delozanne | Manuel Sardá

La artista plástico se enamoró hace sesenta años de los colores de Venezuela , país al que decidió dedicar toda su obra escultórica

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Desde la ventana de su casa veía salir a los obreros de bragas azules que se movían al ritmo del pito que regulaba su horario en las fábricas. El humo negro brotaba de las chimeneas de día y de noche. 

La causa de su enfermedad respiratoria. La vista colindaba con los maravillosos techos de la Abadía de Saint Denis, donde están enterrados los reyes de Francia. Una paradoja que agitó su imaginación. 


De esa época, Colette Delozanne también recuerda el espantoso sonido de la guerra. 

La lluvia de bombas, el hambre, la muerte. "Mis esculturas siempre han tenido textura, rigurosidad. Me recuerdan a las grutas donde debíamos refugiarnos de los bombardeos. 

Me llevan hasta ese momento". Reminiscencias de pasadas angustias y la necesidad de espacios seguros. 

Sin embargo, lejos de expresar tristeza, las obras de la artista francesa son testigos luminosos, seres esenciales que surgieron de su fascinación por la naturaleza tropical. 

Llegó a las costas venezolanas hace sesenta años, enamorada de un estudiante de Medicina que la hizo aventurarse aguas adentro hasta una tierra más cálida. 

Delozanne siempre tuvo facilidad para los idiomas. Hablaba francés, alemán, inglés, español y algo de árabe. Casada con el psiquiatra Eloy Silvio Pomenta, se desempeñó como traductora, profesora de idiomas y secretaria ejecutiva. 

"Trabajé con políticos, banqueros, gente importante de la época. Hasta que me cansé de los tratos injustos de los burócratas y renuncié. Mi marido me dijo que no tenía que trabajar más, que me dedicara a lo que yo quisiera". Así llegó la escultura. 

En la misma época en que los grandes maestros del cinetismo venezolano necesitaron de Francia para encontrar su lenguaje, el proceso de esta parisina fue a la inversa. El sol, la naturaleza, los colores orgánicos del Caribe alimentaron sus inquietudes creativas que encaminó hacia las artes del fuego. 

"Nunca me gustó el torno. 

Esas estructuras lisas, suaves. 

Lo que yo quería era textura. 

A finales de los sesenta, mi esposo y yo éramos muy amigos de la gente escandalosa de la República del Este. Fue Caupolicán Ovalles, el que escribió ¿Duerme usted, señor presidente? , el que me regaló mi primer horno. Lo recuerdo claro porque el día que me lo entregó fue el terremoto de Caracas, el 29 de julio de 1967. Estábamos en una galería y salimos corriendo para la casa. Desde ese día comencé a trabajar". 

Vocación pública. 
Entrar al jar- dín de la casa de Colette Delozanne es una demostración de que su obra está amalgamada con la naturaleza. Es una gran composición lúdica que la artista fue alimentando, en diferentes momentos creativos, de una serie de mundos posibles donde el arte podría hacer más amable la vida cívica. 


Muchos de los nombres que llevan sus piezas podrían remitir a ese espacio sagrado que rodea su casa. Traspasar el umbral , Aire donde penetramos juntos , Una ciudad alada , Gran lugar del alba , Torre de los amaneceres marinos

"En mis piezas más recientes hay una evolución de la textura. Un mundo de secretos, misterios, que tiene que ver con lo que no sabemos. Lo que no podemos percibir fácilmente. Es un juego de interioridades". 

El vacío se convirtió en la forma de la obra de Delozanne desde el comienzo. Una visión estética que encontró en el filósofo budista Nagarjuna, que recita en La Prajna Paramita "fuera del vacío no hay forma y fuera de la forma no hay vacío" Tuvo amigos entrañables, como Antonia Palacios, Elizabeth Schön, Oswaldo Vigas, Víctor Valera, Francisco Narváez, Juan Liscano, Roberto Guevara y Ludovico Silva, quienes colmaron de halagos su arte desde el principio. Su primera exposición individual fue en la galería Banco Nacional de Ahorro y Préstamo, en 1970. Su amigo Aquiles Nazoa escribió en el catálogo: "Todas las culturas remiten al origen de la cerámica, a aquella nebulosa del tiempo en que el hombre no ha despertado aún a la plenitud de su presencia en la Tierra, huésped medroso y confundido de aquellas soledades aterradoras cuyos signos los han enfrentado de pronto y brutalmente ante la misteriosa noción de que vive, proponiéndole así la vida como un angustioso enigma". 

"Fui amiga de tanta gente prestigiosa", dice la artista con nostalgia de un tiempo pasado que fue mejor. "Tuve suerte. 

Aquí había gente con mucha sensibilidad. Fue una época privilegiada, ahora hay un vacío". 

En 1971, Delozanne fue reconocida con el primer premio del Salón Nacional de Artes del Fuego y en 1977 recibió el Premio Nacional de Escultura. Sus obras siempre tuvieron una dedicada vocación a ocupar espacios públicos de Caracas, a llenar de formas de luz la ciudad que la acogió hace 60 años. Se encuentran en el Parque del Este, en el Teresa Carreño, el Parque del Oeste, la estación Caño Amarillo del Metro y en Chacaíto. Nunca cobró por eso. 

La escultura que donó a la GAN en 1984 tuvo que ser movida al jardín de su casa, donde permanece cubierta por un plástico. Está rota, porque se montaron en una de sus partes y la quebraron. "Tengo que restaurarla, pero no se consigue epoxi, que es el material que uso para soldar las piezas grandes. A veces lloro porque mis obras están feas, no están cuidadas". 

Colette Delozanne quisiera dejar toda su memoria en una fundación que lleve su nombre, que quede como patrimonio de Venezuela. "Me gustaría que fuera como un museo. Me entristece la falta de interés".