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Un circo sin elefantes ni tigres, pero con chicharrón picante

Circo de México |Foto: William Dumont

Circo de México |Foto: William Dumont

La trapecista Estrella y el saltarín Victorino se destacan entre los artistas que arriesgan el físico

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Había una vez un circo cuyas estrellas se llamaban Chicharrón, Chicharito, Cocosette, África (la trapecista), Charlotte (la chica a la que cortan en dos), Halcón Dorado (el piel roja de mejillas chupadas que lanza cuchillos), los Temerarios, los Hermanos Olímpicos y las cinco Chicharronas: Pata, Peta, Pita, Pota y Lulú. No tenía animales, a excepción de algún conejo, pero sí las otras cosas que uno puede esperar de un circo: la máquina que echa humo y suena como una serpiente siseante, la alfombra de cotufas que nadie comió, el chalequeo a algún espectador (por ejemplo, el periodista que se levanta para ir al baño en plena función) y el morbo: quizás, como en las carreras de automóviles, uno se sorprenderá a sí mismo con el deseo inconfesable de presenciar un buen mamonazo.

¿Cómo sobrevive un circo en la era de Internet, el cine 3D, la televisión HD y los videojuegos estilo Counter Strike? Durante dos meses hasta sus cuatro funciones finales, antes de desmontar su carpa al lado del Centro San Ignacio de Caracas, hoy y mañana, a las 4:00 pm y 7:00 pm, el Circo de México (una especie de rama genealógica del de los Hermanos Valentinos) se adapta a los nuevos tiempos con un espectáculo en el que suenan trompetas de mariachi, reguetón, "Ai se eu te pego" o "Sueña" de Luis Miguel.

El Chapulín Colorado, el dinosaurio Barney y vaqueras tex-mex con hula hoops fosforescentes, que hacen recordar a la prima Daisy de Los duques del peligro, son presentados por el anfitrión, Chicharrón, el charro chillón, que es como un injerto del "Pollo" Brito en la mochila azul de Pedrito Fernández y se mete con la gente a la que pilla mandando un pin con el Blackberry.

Entre familia. La carpa es azul, las silletas verdes, el telón rojo, la imitación de la torre Eiffel sobre la que se para de cabeza Estrella (hermana de los Valentinos, esposa de Chicharrón en la vida real y madre de una hija venezolana), fucsia, y la lona que cubre la arena circular, de cuadros rojos y blancos. En un circo, ningún color debe combinar con otro. Nadie tiene que salir de la carpa para comprar nada. Vendedoras vestidas como religiosas menonitas, pero en rosa y celeste chillones, o los mismísimos Gilberto y Victorino, que minutos atrás asombraban con sus volteretas sobre la cama elástica, se pasean entre los asientos con cotufas, tequeños, refrescos, algodón de azúcar, varillas de luces, portarretratos, una cajita feliz de juguetes, globos, marionetas de los personajes de El Chavo del Ocho y el CD autografiado con los chistes de Chicharrón y Cocosette. La demanda de comestibles aniquila a la de los otros objetos.

"La mente blanca del niño siempre va a existir. Con todo y el iPod que tú les pongas, los niños se ríen cuando ven hoy El Chavo igual que nos reíamos nosotros. Claro, la tecnología nos obliga a ser mejores: ya no podemos cantar los temas del payaso Cricrí, sino un reguetón. La forma de vivir del niño es una sola: jugar. Mientras quede un niño sobre la Tierra, habrá un circo", afirma un Chicharrón algo taciturno luego de la función. Tiene prohibido revelar su nombre, pero no su lugar de nacimiento: "¡De Guadalajara, Jalisco, como Vicente Fernández!".

Victorino vale por sí solo el show de dos horas: es un muchacho con la contextura de Ñoño, el del Chavo, y que, cuando le agarra la chiripiolca, ejecuta torpezas admirablemente ensayadas sobre la cama elástica. Su compañero flaco, Gilberto el Magnífico, se lleva un trancazo con el borde metálico. Durante el acto de los Temerarios, reyes de la cuerda floja que arrancan chillidos de las gargantas femeninas como unos Justin Bieber de la angustia, uno de ellos casi cae y también se lastima. ¿Es parte del show? Halcón Dorado, que podría tener la misma edad de Toro, el de El Llanero Solitario, lanza cuchillos de fuego y hachas, "con los ojos vendados", a la chica que gira en una rueda. Sí, existe eso llamado la magia del circo. Termina la función y casi se podría escuchar, como en los tiempos de Amador Bendayán, aquel coro de "México y Venezuela son países hermanos".