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El cinetismo de Jesús Soto siempre será joven

Son pocos los homenajes que se le han hecho a Soto / Archivo

Son pocos los homenajes que se le han hecho a Soto / Archivo

El maestro falleció hace 10 años en París y sus restos se encuentran en el Cementerio de Montparnasse

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La estética de Jesús Soto se traduce en movimiento. Sus obras vibran en un infinito juego de colores, luz y formas geométricas sugestivas, que invitan a los espectadores a un viaje sensorial. Ese fue el secreto de su trascendencia. El maestro cinético dominó al tiempo.

La curadora María Elena Ramos explica que en el arte hay una especie de eterna juventud en las obras maestras. "Para la gente siempre serán como nuevas. Eso pasa con Soto, que tocan ese ámbito de permanencia, que va más allá de una tendencia o corriente artística".

Hace diez años, el artista venezolano más importante del siglo XX dio el último suspiro en su casa de París, rodeado de familiares y amigos cercanos.

La noticia de su fallecimiento llegó a Venezuela cinco días después, cuando fue sepultado en el Cementerio de Montparnasse.

Las obras de Soto penetraron en el imaginario colectivo a través de sus propuestas llenas de movimiento. Ya en 1957, en la exposición Estructuras cinéticas del Museo de Bellas Artes, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva lo calificó de "medio mago, medio geómetra", capaz de hacer vibrar la tela tradicional y caminar encantado a la conquista de dimensiones innumerables y desconocidas. "Soto, con un nuevo aporte, nos abre una puerta sobre el maravilloso paisaje del arte del mañana".

En 2002, en una entrevista con El Nacional, el maestro guayanés aseguraba que hubo un tiempo en que su trabajo era difícil de aceptar. "La gente no creía que era arte, creía que era decoración. Poco a poco descubrieron que tenía una razón de ser y que era parte de un momento histórico. El nuestro fue un discurso que abrió y formó una sensibilidad que ha servido para tener a los nuevos autores que disfrutamos ahora".

Soto, cuya obra ha sido una de las más expuestas y estudiadas por los especialistas, fue reconocido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1960, además de sumar una miríada de importantes galardones internacionales.

Sin embargo, registra Juan Carlos Palenzuela en su libro Arte en Venezuela 1980-2005, la desaparición física de Soto "no ameritó ni una tarjeta por parte del Ministerio de la Cultura ni de los museos nacionales" en ese momento. Para la fecha de su partida, el 14 de enero de 2005, la Esfera de Caracas había sido desmantelada por delincuentes. La imponente bola naranja fue restaurada tiempo después por Pdvsa La Estancia y, a finales del año pasado, pasó por un nuevo proceso de remozamiento.

En una entrevista con la curadora Ramos, Soto le confesó que le molestaba que la gente viera un cuadro, lo captara de una sola vez y se fuera. "Como artista plástico eso me dejaba la sensación de lo incompleto. No era como en la música. Y me di cuenta un día que lo que fascina en la música, lo que obliga en su desarrollo, es el tiempo. A la pintura le faltaba el tiempo".

El maestro trabajó en sus obras con la percepción, con el espacio y su duración sensorial. "Hizo a las personas desplazarse, y a la obra vibrar", señala Ramos. "Produjo apariciones y desapariciones de las líneas en el espacio. Hizo una obra que no pudiera captarse de una sola vez, que pudiera 'durar' en la duración misma del ser que, al contemplarla, la completa. El espectador fue entonces movido corporal, sensorial y espiritualmente. Un arte tal dejó de ser solo espacial y se fue haciendo afín a la temporalidad de la música, asemejándose a cómo esta se hace obra en nuestro propio transcurrir, en nuestra propia duración".

Hoy Jesús Soto es tiempo, espacio, línea, color, música y vibración. Su arte cinético siempre será joven.