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La dura carta de Ronan Farrow, el hijo de Woody Allen

Woody Allen | Foto: EFE

Woody Allen | Foto: EFE

Fruto del matrimonio del cineasta con Mia Farrow, el periodista realizó un mea culpa por su silencio durante la denuncia de violación que su hermana Dylan realizó contra su padre

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El mismo día que Woody Allen presentaba su última película, Café Society, en el Festival de Cannes, su hijo Ronan Farrow escribió una durísima columna en la revista The Hollywood Reporter, en la cual se refiere a la doble moral de algunos grandes medios estadounidenses y la protección que figuras poderosas -como su padre y Bill Cosby- tienen respecto a las denuncias de violación y abuso sexual.

En esa extensa columna, titulada "Mi padre, Woody Allen, y el peligro de las preguntas sin hacer", Farrow recuerda el presunto abuso de Allen a su hermana Dylan, quien junto con su madre, Mia Farrow, lo denunciaron en 1993. Lo mismo volvió a hacer en 2014 mediante una carta que The New York Times publicó tímidamente. Ronan se disculpa con ella por no haber sido más solidario durante el calvario que vivió y con el resto de las víctimas de abuso cuyos casos nunca son resueltos.

A continuación la columna de Ronan Farrow:

"Mi padre, Woody Allen, y el peligro de las preguntas sin hacer"

"Son acusaciones. No están en los titulares. No hay obligación de mencionarlos". Éstas eran las objeciones de mi productor en mi cadena. Era septiembre de 2014 y estaba preparándome para entrevistar a un respetado periodista acerca de una nueva biografía de Bill Cosby. El libro omitía las acusaciones de violaciones y abuso sexual contra el comediante, e intenté enfocarme en esa omisión. Ese productor fue uno de los tantos veteranos de la industria que me advirtió sobre ello. En ese entonces, había poco más que un proceso y algunas mujeres con historias, todas desacreditadas públicamente por el equipo de prensa de Cosby. No había un proceso penal. Eran noticias viejas. No eran noticias.

Entonces llegamos a un compromiso: hablaría de las acusaciones, pero sólo sobre el final con una única pregunta. Y le avisé al autor, de periodista a periodista, dejándole saber lo que vendría. Pareció sorprendido cuando traje el tema. Era el primero en preguntar sobre el hecho, dijo. Hizo una larga pausa, y después preguntó si era en verdad necesario. Al aire, dijo que vio las acusaciones y que no habían sido chequeadas.

Hoy, el número de denuncias aumentó a 60. El autor se disculpó. Y los reporteros que cubrieron a Cosby fueron forzados a examinar décadas de omisiones, de preguntas sin hacer, historias sin contar. Soy uno de esos periodistas y me avergüenzo de esa entrevista.

Algunos reporteros han dibujado conexiones entre la tímida evolución en la prensa de los hechos de Cosby con un doloroso capítulo de mi propia historia familiar. Fue poco antes de que las acusaciones de Cosby explotaran que mi hermana Dylan Farrow escribió acerca de su experiencia, alegando que nuestro padre, Woody Allen, la había abordado con toqueteos inapropiados y la asaltara sexualmente cuando tenía siete años.

Estar en los medios de comunicación por la historia de mi hermana y que la maquinaria de prensa de Woody Allen se pusiera en acción me dio una ventana para saber cuán potente puede ser la presión para tomar el camino fácil. Todos los días, colegas de organizaciones de noticias me reenviaban los correos electrónicos disparados por la poderosa publicista de Allen, quien llevó años orquestando una campaña robusta para validar la relación sexual de mi padre con otra de mis hermanas. Esos correos mostraban opiniones listas para ser convertidas en historias, completadas con una oferta de "validadores" -terapistas, amigos, abogados, cualquiera que pudiera confrontar a una joven mujer con un hombre poderoso y mostrarla como loca, entrenada y vengativa-. Al principio, lo llevaron a blogs, luego a grandes medios que repetían esos puntos: una máquina de autoperpetuación.

La lista en copia de esos correos revelaban los nombres de los periodistas con quienes esa publicista compartía relaciones y beneficios mutuos, dándole su lista de clientes estrellas, desde Will Smith hasta Meryl Streep. Los reporteros que recibieran esto de esta relacionista pública se debatirían si no hacer caso a esos puntos los alejaría del listado A de clientes.

De hecho, cuando mi hermana decidió romper el silencio, había ido a múltiples diarios, la mayoría no tocaría su historia. Un editor de Los Angeles Times parecía que publicaría su carta acompañada por hechos fácticos chequeados, pero sus jefes mataron el artículo antes de que saliera publicado. El editor me llamó, perturbado. Había muchas relaciones en juego. Era muy caliente para ellos. Pelearon duro. (Investigado por The Hollywood Reporter, un vocero de Los Angeles Times dijo que la decisión de no publicarla fue de los editores de Opinión.)

Cuando finalmente The New York Times publicó la historia de mi hermana en 2014, le dieron 936 palabras online, embebidas en un artículo con cuidadosas advertencias. Nicholas Kristof, el reportero ganador del Premio Pulitzer y abogado de víctimas de abuso sexual, la publicó en su blog.

Poco después, el Times dio a su presunto atacante el doble de espacio y una posición privilegiada en la edición impresa, sin salvedades o contexto que lo rodeara. Fue un crudo recordatorio de lo diferente que nuestra prensa trata a acusadores vulnerables y a los hombres poderosos que están acusados.

Quizás sucumbí a esa presión. Trabajé duro para tomar distancia de esa dolorosa historia familiar y mantener mi trabajo imperturbable. Por eso evité comentar las acusaciones de mi hermana por años, y cuando estaba acorralado, cultivaba distancia, limitando mis respuestas a una línea ocasional en Twitter. La decisión de mi hermana de dar un paso adelante llegó poco después de que comenzara a trabajar en un libro y en una serie de televisión. Era la última asociación que quería que se hiciera. Inicialmente, rogué a mi hermana no hacer público nuevamente el caso y que evitara hablar con reporteros. Estoy avergonzado de eso, también. En asuntos de abuso sexual, todo es más fácil que enfrentarlo en su totalidad, diciendo todo sobre el caso, con todas las consecuencias que ello tiene. Aún ahora, dudé antes de aceptar la invitación de The Hollywood Reporter para escribir esta pieza, sabiendo que podría desencadenar otro round de asesinato contra mi hermana, mi madre o contra mí.

Pero cuando Dylan explicó su agonía en la estela de voces potentes que barren a un lado sus acusaciones y los temores que representaba para chicas jóvenes estar expuestas a un depredador, en última instancia, sabía que tenía razón. Empecé a hablar sobre ella más abiertamente, sobre todo en las redes sociales. Y empecé a mirar cuidadosamente mis propias decisiones en la cobertura de historias de agresión sexual.

Le creo a mi hermana. Esto fue siempre así como un hermano que confía en ella, y que aún a sus 5 años fue molestada por la extraña conducta de nuestro padre alrededor de ella, quien subía a su cama en el medio de la noche, forzándola a que le chupe el dedo. Un comportamiento que lo forzó a ir a terapia, enfocado en su conducta inapropiada con niños, antes de las acusaciones.

Pero más importante, me acerqué al caso como abogado y periodista, y encontré sus alegaciones creíbles. Los hechos son persuasivos y bien documentados. No los enumeraré aquí de nuevo, pero la mayoría han sido meticulosamente reportados por el periodista Maureen Orth en Vanity Fair. La última disposición legal es una orden de custodia que encontró el comportamiento de Woody Allen "gravemente inapropiado" y puso énfasis en tomar "medidas para proteger a Dylan".

El 4 de mayo, The Hollywood Reporter publicó una entrevista de Woody Allen en la portada. Para mí es un ejemplo de ley en cómo no hablar acerca de sus asaltos sexuales. Las acusaciones de Dylan nunca fueron tocadas en la entrevista y recibió sólo una mención entre paréntesis: una referencia inexacta sobre los cargos que se habían "caído". La revista hizo luego una corrección: "No se persiguen" (los cargos).

La corrección apunta a lo difícil que son de cubrir Allen, Cosby y otros hombres difíciles. Las acusaciones nunca fueron respaldadas por una condena penal. Esto es importante. Siempre debe ser notado. Pero no es una excusa para que la prensa silencie a las víctimas, para nunca interrogar sus alegatos. En realidad, hace nuestro papel más importante cuando el sistema legal falla a menudo más a favor de los poderosos que de los débiles.

Así es exactamente cómo lucían los casos que no se siguieron en 1993: el fiscal conoció a mi madre y mi hermana. Dylan está profundamente traumatizada, por el asalto y la subsiguiente batalla legal que la forzó a repetir la historia una y otra vez. (Y ella relató la historia repetidas veces, sin inconsistencias, más allá de la emoción que la abordaba.) Cuando más duraba esa batalla, más grotesco era el circo de los medios alrededor de mi familia. Mi madre y el fiscal decidieron no colocar a mi hermana en más años de violencia. En un paso raro, el fiscal anunció públicamente que tenía "una causa probable" para procesar a Allen, pero atribuyó su decisión de no hacerlo "en la fragilidad de la víctima".

Mi madre aún cree que era la única opción que tenía para proteger a su hija. Pero es irónico: la decisión de mi madre de colocar el bienestar de Dylan por encima de todo se convirtió en un medio para que Woody Allen las manchara a ambas.

Muy a menudo, las mujeres con acusaciones no presentan cargos. Muy a menudo, aquellas que sí lo hacen deben pagarlo muy caro, enfrentando un sistema judicial y una cultura que las despedaza. El papel de un periodista no es llevarles agua a esas mujeres. Pero es nuestra obligación incluir los hechos y tomarlos seriamente. A veces, somos los únicos que podemos interpretar ese papel.

Confrontar a un sujeto con acusaciones de una mujer o una hija no respaldada por una simple orden legal es difícil. Significa tener duras conversaciones en redacciones, quemar puentes con figuras públicas. Significa ir contra fanáticos y publicistas furiosos.

Hay más periodistas que nunca mostrando ese coraje y más medios apoyándolos. Muchos son de una nueva generación. BuzzFeed fue pionero en publicar historias recientes de asaltos sexuales en Hollywood. Fue Gawker quien preguntó por qué las acusaciones contra Bill Cosby no fueron tomadas más seriamente. Y es alentador que The Hollywood Reporter me pidiera escribir esta respuesta. Las cosas están cambiando.

Pero la lenta evolución de la vieja escuela de periodismo ha ayudado a crear una cultura de impunidad y silencio. Amazon pagó millones para trabajar con Woody Allen, financiando una nueva serie y película. Actores, incluidos algunos a los que admiro profundamente, continúan protagonizando sus películas. "No es personal", me dijo alguna vez uno de ellos. Pero lastima a mi hermana cada vez que uno de sus héroes, como Louis C.K, o una estrella de su edad, como Miley Cyrus, trabaja con Woody Allen. Personal es exactamente lo que es. Para mi hermana y para mujeres en todos lados con acusaciones de asalto sexual de que nunca fueron atendidas por la Justicia.

Esta noche, el Festival de Cannes se inauguró con una nueva película de Woody Allen. Habrá conferencias de prensa y una alfombra roja para mi padre y su esposa (mi hermana). Tendrá a sus estrellas a su lado: Kristen Stewart, Blake Lively, Steve Carell y Jesse Eisenberg. Pueden estar confiados en que la prensa no le preguntará sobre esos temas. No es tiempo, no es el lugar.

Ese tipo de silencio no está sólo mal. Es peligroso. Envía un mensaje a las víctimas de que no vale la pena la angustia que vendrá. Envía un mensaje acerca de cómo somos como sociedad, qué veremos, qué ignoraremos, a quién le importa y a quién no.

Somos testigos de un cambio en cómo hablamos acerca de asaltos sexuales y abusos. Pero hay más trabajo para hacer, para construir una cultura donde las mujeres como mi hermana no sean más tratadas como si fueran invisibles. Es tiempo de hacer preguntas duras.