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Un canto por la luz de Stéphane Hessel

Stéphane Hessel / Reuters

Stéphane Hessel / Reuters

Autor de ¡Indignaos!, el libro que dio nombre al movimiento juvenil europeo, era un testimonio vivo de virtud y humanidad

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Stéphane Hessel acaba de fallecer en París. Fue hace cuatro días, el miércoles pasado. Tenía 95 años de edad y estaba lleno de luz. En 2011 se convirtió en un personaje de fama internacional gracias a la repercusión política que causó la publicación de su opúsculo Indignez vous!, editado en España como ¡Indignaos! por Destino. Aquí se hubiera traducido como "¡Indígnese!" o "¡Indígnense!". El movimiento de protesta juvenil europeo que nació ese año debe su nombre al título de este librito del que se han vendido unos cuantos millones de ejemplares en todo el mundo.

Pero Hessel no era sólo el autor de Indignez vous!, un título del cual la lengua francesa permite hacer una doble lectura, pues se trata de un apelativo que puede ir dirigido lo mismo a un singular que a un plural, a una persona que a un colectivo. Lo clave era y sigue siendo esto: Hessel quería que se indignara el tú que forma parte de la sociedad, lo que indica el valor que para él tenía el ciudadano en tanto individuo. Aunque el nombre del libro no fue idea suya sino de Sylvie Crossman, su editora, explicaba que lo había aceptado porque el verbo llevaba implícita la invocación de la dignidad.

Era lo clave en él, la dignidad. Nacido en Berlín en 1917, había sido miembro de la Resistencia Francesa contra los nazis, conoció de cerca al general De Gaulle y en 1948 había sido secretario del comité que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Antes de eso había estado en varios campos de concentración, había sido torturado y había evadido la muerte en varias ocasiones. En Buchenwald -donde se hizo amigo de Jorge Semprún-, al tanto de que se había tomado la decisión de llevarlo a la horca, a última hora logró cambiar su identidad por la de un prisionero que había fallecido. Michel Boitel, se llamaba. Con ese nombre fue a parar a otro campo, Dora, donde decía haberse sumergido en el horror puro. Tenía que desnudar cadáveres a cambio de comida. Es una imagen de tal brutalidad que la mente colapsa. Hessel sobrevivió gracias a que se lanzó del tren en marcha en el que los alemanes lo trasladaban a él y a otros hacia el norte del país.

La salvación de Hessel fue un milagro. Y lo fue también que no se extraviara luego en la amargura, que después de todo lo que había visto y sufrido mantuviera la sonrisa, la gracia, la bondad. Fue un triunfo de la cultura sobre la barbarie, si todavía es posible sentir la cultura como un latido de vida verdadero y no como un dato social que nada abona al corazón. Hessel había tenido una infancia rodeada por lo extraordinario. No iba a renunciar a lo que de esa infancia pervivía en él como entrañable. Sus padres, en cuya historia está inspirada Jules et Jim, la película de Truffaut, eran amigos también de Duchamp, Man Ray, Le Corbusier, Breton, Picasso. Luego Hessel agregó a esa lista del afecto a Pierre Mendès France y a Mitterrand, durante cuyo gobierno ejerció como diplomático.

Ha muerto, pues, un gran señor. Murió en su cama, tranquilo, con la conciencia clara. Los hombres buenos se apagan en la luz. No tienen nada que ocultar.