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¿Qué buscaba la Interpol?

Óscar Collazos | Foto: Omar Véliz

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El viernes 19 de octubre llegué en vuelo directo de Avianca al aeropuerto de Valencia, respondiendo gustosamente a la invitación que semanas antes me hiciera personalmente el escritor Antonio López Ortega y, posteriormente, la Universidad de Carabobo, organizadora de la Feria Internacional del Libro de Valencia.

Mi primera impresión fue la llegada a un aeropuerto muy precario, sorprendente en la primera ciudad industrial de Venezuela, y después la entrada a una sala de inmigración en la que nos agolpamos sudorosos los pasajeros del vuelo Bogotá-Valencia. La temperatura debía de estar en los 26 grados, pero debido  a la falta de aire acondicionado, la sensación térmica podía ser superior a los 33. La fila avanzaba a pasos de tortuga, mientras los dos funcionarios se tomaban todo su tiempo en la revisión y registro de pasaportes. El trámite se hizo más lento cuando uno de los funcionarios abandonó un largo rato su puesto.

Aunque la actitud de los funcionarios de inmigración de casi todos los países suele ser severa, la de quienes revisaron nuestros pasaportes en Valencia fue francamente antipática. Pensé que no vendría nada mal un poco de amabilidad, sobre todo en un país que proyecta al mundo informaciones contradictorias y cada vez más adversas a su gobierno.  

Esa misma noche cumplí el honroso encargo de pronunciar las palabras inaugurales de la FILUC en el aula máxima del bello edificio republicano de la antigua sede de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo, en el centro histórico de la ciudad. Recibí esa misma noche la condecoración “Alejo Zuloaga” de manos de la doctora Jessy Divo de Romero, rectora de la Universidad, en presencia de decanos, directivos, periodistas y profesores de esta Universidad, de colegas escritores, colombianos y venezolanos invitados a la Feria del Libro.

Durante los días siguientes admiré el gran esfuerzo que han hecho las directivas de la Universidad en la realización de la FILUC, que este año llega a su decimotercera convocatoria. Comprobé que, pese a la vecindad y hermandad histórica, las literaturas de Colombia y Venezuela no se conocen lo suficiente. Más conocidas son las fanfarrias del poder. Por eso agradecí la oportunidad de poder hablar con poetas (siempre estuvo presente la casi silenciosa presencia del gran Rafael Cadenas), de escuchar a novelistas e historiadores, hombres de letras y humanistas venezolanos. Veinte kilos de sobrecupo en mi equipaje daban testimonio de mis adquisiciones, un cargamento que ayudará a saldar modestamente la deuda contraída con la literatura de este país fraterno. Entre todos, destacan los casi dos kilos de la edición de lujo de País archipiélago, hecha por la Fundación Bigott, una de las obras imprescindibles del gran historiador Elías Pino Iturrieta.  

El lunes 22 de octubre, a las 9.40 am, abandoné el hotel donde me hospedaba, acompañado por el cónsul general de Colombia en Valencia, doctor José Jorge Dangond. Por un error de cálculo, íbamos retrasados, así que al llegar al aeropuerto descendí con mi equipaje del carro del cónsul y me dirigí al mostrador de Avianca, mientras él estacionaba su vehículo. Había empezado a hacer la cola cuando fui abordado por un agente que se dirigió directamente a mí y dijo pertenecer a la Interpol. Me pidió el pasaporte y me conminó a que lo acompañara. Le dije que era invitado de la Universidad y de la Feria del Libro y que venía acompañado por el cónsul de mi país.

El agente me condujo a una destartalada oficina sin responder a las preguntas que le hacía sobre el por qué de la retención. Entregó mi pasaporte a otro agente. Ofuscado como estaba por la hora de salida de mi vuelo, sentí que mi presión arterial subía (sigo tratamiento médico de hipertensión). Pedí un vaso de agua. Una funcionaria me entregó un vaso de plástico vacío. Miré un botellón de agua en el suelo pero no el grifo o llave que me permitiría servirme. Entraban y salían agentes y me miraban de soslayo.

Seguí insistiendo a los agentes: el cónsul de Colombia debía de estar afuera esperándome en el counter de Avianca, les pedía que le informaran. Pero ninguno me hizo caso. Traté de mostrarles la carta de invitación de la Universidad de Carabobo, de probarles que era escritor mostrando la contratapa con fotografía de uno de mis libros. No hubo respuesta: los agentes mantenían la hermética expresión de pasiva hostilidad del comienzo.

Al devolverme el pasaporte, pregunté por el motivo de la retención. Ninguna respuesta. Busqué al cónsul, que me esperaba en el mostrador de Avianca, y le conté lo ocurrido. No acabo de entender por qué, en la fila de pasajeros de un avión que transportaría a más de 100 personas, había sido yo el elegido. No habrá ninguna explicación que me convenza de que fue una retención rutinaria y casual, que fue simplemente casual elegir al escritor colombiano invitado y condecorado por la Universidad que organiza una importante feria del libro, una institución que, además, no marcha al ritmo que pretende imponerle el gobierno a las instituciones de enseñanza superior, en parte blindadas por un valioso estatuto de autonomía. ¿Fue casual y rutinario? Me quedé esperando excusas y alguna explicación al hecho de retenerme y retener mi pasaporte.