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Las artes escénicas, el animal político que no descansa

Petroleros suicidas | Foto: Manuel Sardá

Petroleros suicidas | Foto: Manuel Sardá

Artistas retratan épocas y manifiestan su preocupación por el país a través de sus montajes

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Venezuela es el segundo país más feliz de América Latina. Y es el décimo noveno si se cuentan las 156 naciones estudiadas en el Reporte de la Felicidad Mundial que publicó este año la Universidad de Columbia. Esa misma idea fue manifestada hace más de 4 décadas, pero desde las artes escénicas.

“El hambre es cosa de la India/ desempleo no existe/ no hay ranchos ni miseria/ no hay analfabetismo/ y tú duermes sobre un pozo de petróleo… Tu país está feliz”. La pieza se estrenó en 1971 dirigida por Carlos Jiménez, y fue punto de partida del Rajatabla, agrupación de vanguardia y de crítica. Pero la situación nacional no es un tema que ha trabajado una sola compañía.

La protesta, la conciencia social, la responsabilidad con la época, en fin, la política, siempre ha sido tratada por el teatro, incluso desde sus inicios, en la Antigua Grecia. En Venezuela, las artes escénicas comenzaron como manifestaciones religiosas que los españoles promovían en las calles para difundir su cultura, pero en más de 400 años el teatro nacional se ha consolidado, en la búsqueda de una identidad propia.

“Somos animales políticos, no nos podemos desligar de eso. Las artes siempre están enmarcadas en un entorno social. Creo que es imposible que el teatro no trabaje la política, a menos que se trate de comedias ligeras”, señala el director José “Pepe” Domínguez.

El contenido político de las obras no se ha limitado a una época determinada, aunque las circunstancias pueden incrementar la creación de textos destinados a retratar un momento. Contextos sociales complejos han alimentado la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas, Miguel Otero Silva, Román Chalbaud, César Rengifo, Isaac Chocrón, Gilberto Pinto, Gustavo Ott, Rodolfo Santana, Néstor Caballero y Luis Britto García, entre otros. Piezas venezolanas como El día que me quieras, Caín adolescente, Venezuela tuya, Nunca dije que era una niña buena, Cuando quiero llorar no lloro y La empresa perdona un momento de locura y extranjeras como Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias son montajes de temática política que se han representado en escenarios nacionales desde la década de los sesenta, cuando la vitrina principal de las artes escénicas era el Ateneo de Caracas.

De la nación saudita. Ibsen Martínez es un escritor que ha presentado montajes que meten el dedo en llagas de la sociedad. Como vaya viniendo vamos viendo, en la que trae a la actualidad a Eudomar Santos, el personaje de la telenovela Por estas calles, y la más reciente Petroleros suicidas son ejemplos. Dirigida por Héctor Manrique y protagonizada por Fabiola Colmenares e Iván Tamayo, la obra devela la doble moral del país.

Asia y el Lejano Oriente, escrita en 1966 por Isaac Chocrón, habla de una nación puesta en venta por sus propios habitantes. Su reposición más reciente, dirigida por Federico Pacanins, recordó la preocupación del autor por una sociedad desviada de su camino. “Chocrón no sabía que iban a pasar las décadas e iba a mantener una terrible vigencia. La política y la sociedad son una fuente de inspiración”, expresa Pacanins.

El humor es también un desahogo de esa realidad que ahoga al artista y al ciudadano en general. Uno de sus representantes es Rolando Salazar, que presenta monólogos e imitaciones: “Leoncio Martínez nos mostró que la ironía y la sátira podían confrontar las injusticias. La risa es un recurso maravilloso que forma parte de la personalidad del venezolano, es una necesidad de rebelarse, ejerce poder sobre el poder mismo, es un acto de liberación”.

Un lugar feliz

La pieza dirigida por Carlos Giménez en los años setenta y adaptada en varias oportunidades, Tu país está feliz, fue creada a partir de poemas del brasileño Antonio Miranda y con música de Xulio Formoso. Está integrada por 25 cuadros, 26 poemas y 14 canciones, interpretados todos en una época de consignas revolucionarias, influencia hippie y cuestionamiento político. Ibsen Martínez escribió sobre la obra en El Nacional, en mayo de 1984: “Supo cabalgar la ola de los tiempos, expresó oscuramente el clima moral de una generación que no acabó de hacer cristalizar el país para querer”.