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Zaida González reivindica los retratos mortuorios

Foto MANUEL SARDÁ / CORTESÍA ONG

Foto MANUEL SARDÁ / CORTESÍA ONG

La Organización Nelson Garrido inaugura mañana la exposición Recuérdame al morir con mi último latido de la fotógrafa chilena, que quiso proponer con la muestra una discusión sobre la aceptación de lo diferente

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A finales del siglo XIX y principios del XX, período en el que la mortandad –especialmente la infantil– era muy alta, se hicieron comunes los retratos mortuorios. La práctica consiste en vestir al cadáver y fotografiarlo en escenas recreadas. En América Latina denominaban a los bebés muertos al nacer como angelitos: su deceso era una bendición para la familia, que quedaba protegida por el alma del pequeño.

Esa costumbre, como otras, se perdió con el tiempo. Fue declarada insalubre por algunos e incluso muchos empezaron a verla como macabra y morbosa, lo que la mayoría pensaría hoy en día.

A la fotógrafa chilena Zaida González le interesó, sin embargo, indagar en la práctica. Lo hizo en 2004 con la serie Conservatorio celestial, para la que fotografió a mortinatos deformes con juguetes, flores y corazones. Su intención era rescatar el mito del angelito. Seis años más tarde retomó el proyecto, pero en esa ocasión decidió incluir personajes ficticios. Construyó entonces varias escenas que desde hoy se presentarán en la Organización Nelson Garrido en la muestra Recuérdame al morir con mi último latido.

“Mi intención es, a través de la representación del retrato mortuorio, proponer una discusión relacionada con la aceptación de lo diferente. Hablar de la muerte, de lo feo, de lo deforme, pero sin plantearlo como una monstruosidad o un tabú, como generalmente se toman estos temas”, expresa la creadora, que nació en 1977 en Santiago de Chile y se gradúo de veterinaria.

En las fotos hay representaciones de figuras clásicas, por ejemplo la del pesebre, pero desde el contexto de una sociedad consumista e individualista. La fotógrafa las llama malas copias. De esa manera, plantea a una Virgen María como una mujer altanera, de cabello rubio teñido, que tiene una actitud desafiante y lleva un vestido de fiesta. Y a un José que luce un traje y que en vez de bastón lleva una escopeta.

“El Niño Jesús es un mortinato con el cerebro afuera y ambos padres lo miran con propiedad, no con humildad. Ahí hablo del consumismo, de que los modelos actuales de familia se basan en lo material, en el endeudamiento, en la necesidad que hay de aparentar. En varias imágenes ocurre lo mismo”, dice González, que ha recibido en cuatro oportunidades la beca Fondart en el área de fotografía.

En otro retrato, la artista tomó como modelo a una muchacha china que pertenece a una iconografía oriental en la que aparecen mujeres jóvenes que llevan a sus hijos en la espalda. “Representa la responsabilidad que tienen tantas madres en el continente, que tienen que criar a sus niños sin ningún apoyo”, agrega.

González indica que dio por concluido este trabajo en 2010 porque fue un proceso muy intenso: “No pude seguir con él, es un peso muy grande trabajar con la muerte. Eran bebés abandonados, que estaban en frascos con formalina en una escuela de medicina. Los sacamos, los bañamos y acondicionamos. Al fotografiarlos pretendía reivindicar esa soledad, ese abandono. Pero el pensar luego que cada uno de ellos, que parecen muñequitos, tuvieron un alma, una intención de vivir, era muy fuerte emocionalmente”.


Recuérdame al morir con mi último latido

Organización Nelson Garrido, residencias Carmencita, avenida María Teresa Toro, entre calles Cuba y Centroamérica

Inauguración hoy, 7:00 pm