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Yordano, el guerrero que batalla guitarra en mano

El Aula Magna de la UCV se llenó de anécdotas delante y detrás del escenario. Trina Medina, Colina, Los Vasallos del Sol y Los Crema Paraíso calmaron sus nervios con mojitos y té de jengibre antes de subir a la tarima. El protagonista se resguardaba ansioso en su camerino, cuya puerta estuvo custodiada por una menuda vigilante 

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No es una “Noche de luna llena”, aún son las 4:00 de la tarde. El cielo está hecho de “Madera Fina” y repleto con las Nubes de Calder que flotan sobre al Aula Magna de la UCV. En esa casa de estudios, dentro de algunas horas, “Algo bueno tiene que pasar”.

Un cantante summa cum laude. El reloj de la Plaza del Rectorado marca las 5:00 pm, hora en la que en la década de los años ochenta Yordano terminaba algunas de sus clases en la Facultad de Arquitectura. En esa época pertenecía a Sietecueros, la agrupación con la que se subió por primera vez al escenario que estaba listo para recibirlo Una vez más, título de su nueva gira.

Afuera se escucha una melodía interpretada por Carlos “Nené” Quintero, Eddy Pérez, Los Crema Paraiso, la guitarra, la conga y el chirrido de un  micrófono huérfano que espera por Yordano. El intérprete de 64 años de edad no quiere que le saquen fotos de cerca, está nervioso. Después de dos años lejos de los escenarios nacionales, de librar y ganar una batalla contra el cáncer, el regreso supone un nuevo comienzo.

 

Una batalla ganada. Ocho meses de vida le dio el médico que le diagnosticó un futuro con una “Triste historia” en 2014. Síndrome mielodisplásico, un monstruo invisible que se apoderó de él. 

El proceso de recuperación del trasplante de médula al que se sometió en 2015 ha sido lento. Camina con cautela, lo asisten para colocarle la correa de la guitarra, y dos botellas (una de agua y otra de Gatorade) son sus aliadas en todo momento.

 

La guardiana. El último ensayo termina a las 5:45 pm. Yordano se encierra en su búnker, un modesto camerino con puerta de madera y un vidrio roto en el que se ve su silueta. Esta custodiado por una delgadísima y menuda vigilante. Sola se enfrenta a los curiosos, pero no los logra intimidar.

La guardiana no habla, da vueltas frente a la entrada, luce imperturbable ante esa puerta que solo pueden abrir Yordano o su familia, aunque alguien más lo logró (en contra de la voluntad del cantante).

 

La visita inesperada. “La rectora quiere ver a Yordano”, dice el asistente de Cecilia García Arocha. “Él no puede ver a nadie en este momento”, responde un representante de producción. El taconeo de la máxima autoridad de la UCV se abrió paso en medio de la discusión y, escoltada por al menos diez empleados, logró que se abriera la puerta.

Solo un minuto se reunió con el cantante. Le agradeció su presencia en la casa de estudios, se retrataron y luego se despidieron. Ahora la rectora tiene que ver dónde se sienta, porque todas las entradas de la primera fila están vendidas.

 

En las entrañas de la UCV. A las 6:00 pm el sótano del Aula Magna está lleno de artistas. Los pasillos se abarrotan de jóvenes con creyones y hojas blancas en las que escriben deseos que no quieren que solo queden en papel. “Amor”, “Paz”, “Respeto” serán parte de una sorpresa al final del show.

Los Vasallos del Sol tienen su fiesta armada mientras se visten. Echan chistes, beben cocuy, se sienten en familia. Sus estruendosas voces invaden el lugar que recorren con los pies descalzos.

Los camerinos aguardan por otros cómplices del gran regreso. En uno está Trina Medina, una coqueta “Perla Negra”. La maquillan mientras amenaza de muerte al fotógrafo si no consigue su mejor ángulo. Es una tarea simple para el retratista, la morena compacta no requiere Photoshop (aunque ella se lo pide en broma).

 

Los ansiosos. El reloj casi marca las 8:00 pm. Cerca de 2.700 personas quieren que Yordano salga a escena. Aplauden, gritan consignas, pero el escenario sigue vacío. “Me encanta ‘Días de marzo’ (sic)”, dice Angela. “Te pelaste por tres meses”, le contesta Miledis. Las dos fanáticas van dispuestas a reír, llorar, bailar, a reencontrarse con el ídolo que musicalizaron pasajes de su adolescencia. Solo queda esperarlo.

 

Pasan los nervios. Se abren las puertas del camerino donde se resguarda Yordano. Entran el periodista y el fotógrafo. El calor es insoportable. “¿Cómo se siente hoy?”. “Bien”, apenas se escucha mientras hace el nudo de su corbata. “Tienes que decir ‘feliz’, feliz porque estamos haciendo lo que nos gusta”, le replica Eddy Pérez, su hermano del alma y director de su banda.

El Gatorade vuelve a aparecer en una mesita, esta vez acompañado de un pastillero y una caricatura. Yordano parece sereno. Dice poco. Solo antes de salir a escena exclama: “Tengo que hacer pipí”.

Sale al pasillo detrás del escenario y los artistas lo aplauden mientras se dirige al baño. Apura el paso y sonríe. Falta poco para regresar.

 

Llegó la hora. “Yordano no está en el camerino”, dice una de las jefas de seguridad por radio. “¿Será que se fugó?”, expresa un fotógrafo nervioso. En la tarima sigue el micrófono huérfano. El público abre sus fauces y ruge, Trina Medina lo doma a capella.

Ella sabe que está nerviosa cuando la saliva se le seca y el corazón le hace como el motor de un carro al que le cuesta encenderse. “Yo solo salgo, pienso en mi abuela, y digo: ‘Ahí te lo dejo”.

El protagonista de la noche hace su entrada. Su cuerpo se alimenta de energía, como si hiciera fotosíntesis con las luces del escenario. El micrófono ya tiene dueño por las próximas dos horas.

 

La rumba en paralelo. Mientras Yordano deja que fluya un “Manantial de corazón” en el escenario, detrás de él hay otra fiesta. Los técnicos lo escuchan sentado en butacas oxidadas, versionan sus letras. Más abajo hay una mesa servida con pizzas frías, minidonas, pastelitos y mojitos que refrescan la garganta de los coristas.

“No olvides tomar tu té de jengibre antes de salir al escenario”, se lee en un cartelito frente a una jarra negra que contiene la supuesta pócima mágica que depura voces.

 

Colina aguarda su turno. No se deja fotografiar hasta se aplica base en el rostro y se pone lentes oscuros. “Yordano y yo nos conocemos desde niños. Él es más viejo que yo, ¡ojo!”, advierte quien minutos después interpretó “Querida” de Juan Gabriel junto con el homenajeado.

Colina extendió su brazo para ayudar a levantar a Yordano cuando se cayó en el escenario, pero jamás dejó de cantar. “Queridaaaa, por lo que quieras tú más ven”, y el público se hizo euforia pura.

 

Punto final.  La guardiana se relaja. Se permite sentarse a revisar su celular mientras el camerino principal está vacío. En el escenario replica una consigna: “Este gobierno va a caer” luego de que Yordano termina de cantar “Por estas calles”. Viene un falso final. Los Vasallos del Sol corren al escenario para despedirse al ritmo de “Otra cara bonita”.

Mientras aún suenan los acordes de la canción, Yordano entra a los bastidores y toma por sorpresa a todos. La guardiana deja una conversación telefónica a mitad de camino antes de retomar su compostura.

Dos escoltas acompañan al cantante hasta el camerino en el que recupera la privacidad. Allí lo espera el abrazo de su familia, su refugio. A puertas cerradas celebran escondidos en “Aquel lugar secreto”.