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Woody Allen ahora le muestra su amor a Roma

Woody Allen | Foto: EFE

Woody Allen | Foto: EFE

El director de cine neoyorquino asegura que comenzó a filmar en Europa porque financistas de Inglaterra, España, Francia e Italia lo llamaron para apoyar económicamente sus películas

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Las películas de Woody Allen han recorrido el mundo entero, pero ahora es el mismo director el que quiere recorrer el mundo con el cine. Habiéndose hecho famoso por exportar el estilo de vida de Nueva York, en los últimos años el cineasta se empecinó en importar a Hollywood el resto del mundo. Ya había filmado cuatro películas en Inglaterra (Match Point, Scoop, Cassandra’s Dream y You Will Meet a Tall Dark Stranger) cuando viajó con sus cámaras a España (Vicky Cristina Barcelona), Francia (Medianoche en París) y más recientemente a Italia, donde rodó la película A Roma con amor.

Más allá de su controversial vida privada, la creatividad de sus largometrajes le permitió sumar más postulaciones al Oscar que cualquier otra persona en la categoría Mejor Guión Original. Y aunque ganó cuatro premios de la Academia, Woody Allen no es miembro de ella y sólo fue a la ceremonia de los Oscar una vez, para homenajear a Nueva York después del ataque terrorista a las Torres Gemelas.

—En un tiempo solía decir que nunca saldría de Nueva York para filmar una película y de pronto se le comenzó a ver en otros lugares del mundo. ¿Por qué decidió trabajar fuera de Estados Unidos con su estilo particular de cine?

—Fue una decisión estrictamente financiera. Match Point ni siquiera era una cinta divertida, pero me ofrecieron los dólares para rodarla en Inglaterra y por eso estuve feliz de hacerla en Londres. Después, empezaron a llamarme de otros países. Querían que hiciera una película en Barcelona y lo mismo pasó con París y Roma. La experiencia es interesante, porque el cambio de lugares también ayuda. Debo haber hecho cuarenta filmes en Nueva York y la necesidad de adaptarme a estos nuevos sitios exóticos le da cierta frescura a mis producciones. También tengo suerte porque las que hago fuera de Estados Unidos funcionan muy bien en la taquilla.

—¿En Nueva York hubiera seguido haciendo otro estilo de cine?

—Supongo que Match Point hubiera funcionado en Nueva York y originalmente la había escrito para filmarla ahí. Pero el hecho de no volver a rodar en Central Park o Broadway genera cierta frescura, como Roma con mi nueva película. El escenario y la sensibilidad extranjera contribuyen al cine, mucho más de lo que yo puedo contribuir. Es mucho más placentero para el espectador ver que una historia se desenvuelve en esa atmósfera. Y mientras siga funcionando y me sigan pagando, seguiré haciéndolo.

—¿El idioma no representa ninguna barrera? ¿Aquellas veces que dirigió a Penélope Cruz en español o italiano, entendía lo que ella decía o simplemente dejaba que ella expresara lo que quisiera en su propia lengua?

—Tengo mucha fe en los actores. Cuando improvisan le dan más vida a lo que yo puedo escribir en mi dormitorio, completamente solo, en Nueva York. Suenan mucho mejor. En Vicky Cristina Barcelona, Javier Bardem y Penélope Cruz improvisaban en español, cuando querían. Pero yo no hablo una sola palabra en castellano. Y al día de hoy, hay escenas de la película en las que no tengo la menor idea de lo que dicen. Nunca lo supe. Pero igual me doy cuenta de que tiene sentido por el lenguaje del cuerpo y las emociones que transmiten. Nunca necesité saber lo que decían, simplemente asumí que ellos sabían lo que estaban haciendo porque son profesionales.

—¿Y cómo decidió filmar una película en Italia?

—Yo venía hablando de hacer una película en Roma desde hace años, con la misma compañía que distribuye mis películas en Italia. Y cuando me confirmaron que podían conseguir el dinero necesario, acepté enseguida. Quería trabajar en Italia.

—¿Conocía bien Roma o fue recorriendo la ciudad con la cámara a cuestas?

—Era inevitable, porque yo no conocía muy bien la ciudad. Pero el director de arte consiguió lugares bastante interesantes. Obviamente tuve que filmar en el Coliseo, que debe haber aparecido en otras 50 películas, pero la verdad es que ni siquiera sabía dónde estábamos rodando.

—¿Si tuviera que premiar la mejor de sus cintas, cuál elegiría?

—Hacer una película es igual que cocinar un plato para un chef. Después de trabajar todo el día en la cocina, cortando y mezclando las salsas, ni se le ocurre comer. Y yo siempre sentí lo mismo con mis filmes. Trabajo durante un año en la escritura del guión, con los actores, en la edición, en la música y después no quiero volver a ver el filme de nuevo. Pero cada vez que empiezo un largometraje estoy convencido de que va a ser el más grande éxito del cine. Y después, cuando veo lo que hice, ruego para que no sea una vergüenza en mi carrera. Nunca me sentí satisfecho con ninguna de mis películas. Mi primera cinta la realicé en 1968 y desde aquel entonces nunca más la volví a ver.

—¿Pensó en jubilarse alguna vez?

—La jubilación es algo muy subjetivo. Conozco gente que se jubiló y es feliz. Viajan por todo el mundo, van a pescar, juegan con sus nietos y todo eso. No extrañan para nada el trabajo. Pero también hay otras personas como yo, a las que les gusta trabajar todo el tiempo. Simplemente me gusta. A lo mejor me da un ataque cardíaco y tengo que jubilarme, pero mientras siga saludable no lo haré. Quizás la gente de cine se vuelve inteligente y dejan de pagarme. Pero aun así, no creo que me retire.