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Venezuela todavía espera por una postulación al Oscar

<i>Pelo malo</i> consiguió lo nunca alcanzado: un premio absoluto | Foto EFE

Pelo malo consiguió lo nunca alcanzado: un premio absoluto | Foto EFE

Todo premio tiene siempre un componente relativo: su obtención suma, pero su ausencia no resta

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En 1985 no había Twitter. En El Nacional todavía no se estilaba que los espectáculos, la cultura o el deporte aparecieran en la primera página, reservada para noticias sobre la baja del precio del petróleo o el desempleo durante el gobierno de Jaime Lusinchi. Sólo al tercer día después de la entrega de premios en Cannes, el miércoles 22 de m ayo, la opinión pública se concienció de la trascendencia de lo que había ocurrido: Oriana de la directora Fina Torres figuraba en el palmarés del festival de cine más famoso del mundo.

“Fue una sorpresa muy grata, cónchale, porque es la primera vez que lo conquista Venezuela. Pero el premio no lo conquisté yo, pues el cine ni siquiera es mi especialidad”, declaró una muy modesta protagonista de la película, Doris Wells, que afortunadamente permaneció en Caracas. El galardón era la Cámara de Oro, reservada para la mejor ópera prima (primer largometraje de un director) en cualquiera de las selecciones de Cannes. Oriana, entonces no descubierta ante los ojos de ningún espectador de su país de origen, había sido coproducida junto con Francia: el Ministerio de Fomento venezolano aportó 1,2 millones de bolívares de los de antes.

La Concha de Oro, el máximo premio del Festival de San Sebastián, en España, obtenida el fin de semana pasado por Pelo malo de Mariana Rondón (tampoco estrenada en cines), es probablemente la distinción más contundente que ha obtenido un filme venezolano en un certamen internacional.

Pero Cannes, que encabeza las citas de competitividad cinematográfica más importantes del mundo, ha dado otras buenas noticias. En 1951, el trabajo del director de fotografía argentino José María Beltrán en La balandra Isabel llegó esta tarde (un intento, que no prosperó, de convertir al cine venezolano en una industria similar a la mexicana) fue distinguido en la Riviera francesa. El documental Araya de Margot Benacerraf compartió el Premio Internacional de la Crítica en 1959 nada menos que con Hiroshima, mi amor de Alain Resnais, que aparece en no pocas listas de las mejores películas jamás filmadas.

El esquivo Oscar. Cannes tiene mucho de frívolo glamour pero, en general, un festival internacional se asocia a la materia gris: un jurado y público selectos que reconocen una cinta por su valor artístico, no por sus efectos especiales, el dinero que costó o las estrellas en su reparto. Un premio festivalero alimenta el alma, aunque no pocos directores de países en desarrollo preferirían, secretamente, una postulación a quizás el único galardón de cine que arrastra público a la taquilla (aunque en absoluto es una garantía de éxito comercial): el Oscar.

Desde 1978, con El pez que fuma de Román Chalbaud, Venezuela eleva precandidatas para la categoría Mejor Película en Lengua Extranjera del Oscar. En ninguna ocasión ha entrado entre las cinco nominadas de la ceremonia final, lo que puede ser señal de una cinematografía todavía en consolidación (con su respectivo aparato de lobby en Hollywood), pero también un recordatorio del carácter subjetivo, relativo y a veces azaroso de todo premio, incluso el más prestigioso.

La representante ante el Oscar en 2014 será Brecha en el silencio de los hermanos Luis y Andrés Rodríguez, que sumó 3 galardones en uno de los 14 certámenes considerados de clase “A”: El Cairo.

El drama futbolístico Hermano de Marcel Rasquin (Premio del Público en Moscú, en 2010), el realismo criminal de Sicario de José Ramón Novoa (Mejor Director y Actriz de Reparto, Gledys Ibarra, en Tokio, en 1995) y la comedia negra La boda de Thaelman Urgelles (dos galardones en Locarno, Suiza, en 1982) están entre las distinguidas en otras citas clase “A”. La distancia más larga fue la mejor de Latinoamérica este año en Montreal.

Nadie pone en duda que Jericó (1991) de Luis Alberto Lamata está entre las obras maestras nacionales de todos los tiempos. Y sin embargo, por poner un ejemplo, no aparece en la lista (aunque sí triunfó en La Habana). Tampoco El pez que fuma. ¿Les quita eso algo?

Aunque se trata de una distinción individual, el César (Oscar francés) de Actor Más Prometedor a Edgar Ramírez por Carlos, en 2011, debe incluirse en las páginas más gloriosas de una nación que, como ocurre con frecuencia en la periferia de las grandes mecas del entretenimiento y la cultura, suele aguardar el espejo deslumbrante del reconocimiento internacional antes de valorar lo que tiene en casa.


ElDato

Homicidio culposo (1983) y Macu (1987) son las películas venezolanas más taquilleras de la historia. Ninguna consiguió un gran premio internacional