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Miguel Bonnefoy: “Estoy en Venezuela como escritor,  no como hombre político”

El autor, hijo de un chileno y una venezolana, fue profesor en la Alianza Francesa y trabajó en Fundarte | Foto: Ambassade de France

El autor, hijo de un chileno y una venezolana, fue profesor en la Alianza Francesa y trabajó en Fundarte | Foto: Ambassade de France

Fue uno de los invitados de la Filuc. Monte Ávila publicará la traducción de su novela El viaje de Octavio, una historia que asegura rinde homenaje a las tradiciones venezolanas

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Miguel Bonnefoy caminaba los pasillos de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo con prisa. Eran varios los compromisos que tenía el fin de semana. Las personas se le acercaban para saludarlo y a todas les respondía con amabilidad. Sabían que era uno de los invitados internacionales que vino a hablar de su novela El viaje de Octavio, cuya traducción publicará Monte Ávila en Venezuela.

En el país, sus cuentos han sido publicados en el libro Naufragios, editado por Fundarte. Se ha dicho mucho sobre su origen y él prefiere aclarar. “Mi padre es un escritor chileno torturado por la dictadura de Augusto Pinochet que llegó a Francia exiliado en los setenta. Mi madre es una maracucha que llegó como agregada cultural de la Embajada de Venezuela. Yo nací en París en 1986”, dice sobre Pierre Michel Bonnefoy y María Antonieta Borjas Rodríguez.

En Francia estuvo hasta los 6 años de edad, cuando la familia se mudó a Venezuela. Tenía 12 años cuando se fueron a Lisboa y 16 cuando regresaron. “En Francia estudié Letras Modernas en La Sorbona. Cursé dos master, uno de ellos en Literatura Comprometida. Recuerdo que cuando presenté mi tesis me fui a celebrar con unos amigos a un café. Nos pusimos a hablar durante dos horas de la posición de la coma en la obra de Proust. Me di cuenta de lo alejado que estábamos de la realidad, que vivíamos en una burbuja de literatos e intelectuales. Decidí regresar a Venezuela en 2010. Trabajé como profesor de la Alianza Francesa y en Fundarte, específicamente en los teatros Nacional y Municipal”.

En la Alianza Francesa vio una convocatoria a un concurso de cuentos en París y participó con “Icare”, con el que ganó en 2013 el Premio al Joven Escritor de Lengua Francesa. “Me invitaron a esa ciudad. Entonces se me acercó una señora de la editorial Rivages, que me dijo que le había gustado mi texto, pero que ella publicaba novelas. Me preguntó si tenía alguna y le mentí. Le dije que solo me hacía falta trabajar algunas torpezas. Pedí unos meses y me los dio. Decidí no regresar, encerrarme en la Biblioteca Nacional de Francia y escribir El viaje de Octavio”.


—¿Y en esa novela se refleja esa búsqueda que emprendió al regresar a Venezuela una vez graduado?
—En parte. En el instante en el que me di cuenta de que vivía el cliché de joven parisiense que podía pasar dos horas hablando de Proust, pensé que si quería escribir sobre el hombre y la condición humana tenía que conocerlo. Y uno no hace eso en las catedrales de la universidad. Tenía que volver a Venezuela para estar cerca de una tierra que está en mi corazón y comprender esas dualidades.

—¿Qué hombre descubrió?
—Creo que aún no sé nada y esa es mi fuerza. Sin embargo, intento traducir lo que he podido ver. Más allá de entender la condición humana, que nunca entenderé del todo y de la que en el crepúsculo de la vida uno puede tener un par de nociones, lo que quise hacer fue rendir homenaje a un país que tiene mala prensa en el extranjero por razones que prefiero no tocar. Mi intención fue mostrar que no solo es playas, mujeres, petróleo, Hugo Chávez, sino que también estaba “El limonero del señor” de Andrés Eloy Blanco, una poesía profunda. Dar a conocer las iglesias, el ron Santa Teresa, el perfume del mango, de los ríos. Mostrar más allá de las catedrales ideológicas que trata de mostrar la prensa sobre Venezuela.

—¿Hablamos entonces de crónicas o de una novela tradicional?
—La segunda. Está en el esquema de la novela tradicional francesa, pero también mítica. Es un viaje calcado de la mitología griega o latina: un personaje providencial que es recibido por una comunidad, al que le enseñan algo. Entonces comienza una contradicción e inicia un viaje, en el que hay un dragón y un diluvio. En el momento cumbre del héroe está el retorno a su pueblo. No es una estructura que yo inventé, solo que en ella pongo las tradiciones venezolanas.

—Ha hablado de sus influencias de escritores como Alejo Carpentier y Arístides Rojas. ¿Busca ser un escritor para el público latinoamericano con esta traducción o ser netamente francés?
—No sé. Estoy en el alba de mi pluma. Este viaje a Valencia es el primero como escritor. No puedo decir que me siento más venezolano o más francés. Estoy convencido de que los mestizajes son el camino más positivo para la humanidad. Por eso me presento como franco-venezolano.

—¿Cómo define literatura comprometida en los tiempos actuales?
—Es una consecuencia, no una causa. Nace porque hay una herida social y aparecen los escritores que la muestran para que los políticos puedan conseguir el remedio y curarla. Sin embargo, es muy difícil verla hoy.

—Monte Ávila presentará la traducción de El viaje de Octavio posiblemente en un acto en el Teatro Teresa Carreño, el 4 de noviembre. Obviamente, muchos lo ubicarán en una de las catedrales ideológicas que mencionó.
—Por supuesto. Van a decir que le doy la mano a los chavistas o a los opositores. Estoy en Venezuela como escritor, no como hombre político. Estoy acá para recolectar las bonitas flores, no la mala hierba. Luego, si nos sentamos con un ron, podemos hablar de política como lo haría cualquiera.