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La Venezuela democrática también fue Residencia en la tierra de Neruda

Pablo Neruda y Miguel Otero Silva conversaban frecuentemente sobre literatura. Algunos escritos del chileno que quedaron inéditos (cerca de siete libros) los trabajó en Caracas | Foto Oswaldo Tejada / Archivo

Pablo Neruda y Miguel Otero Silva conversaban frecuentemente sobre literatura. Algunos escritos del chileno que quedaron inéditos (cerca de siete libros) los trabajó en Caracas | Foto Oswaldo Tejada / Archivo

Convencido de que la literatura es del pueblo, recorrió el país que admiraba para ofrecer recitales

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Hernán Gamboa era un niño para el que la palabra recital no significaba nada, pero aun así su padre y Chelique Sarabia lo llevaron al Teatro Verdi de Barinas un domingo por la tarde. Unas cuantas personas estaban allí y sobre el escenario había una mesa, un libro, un vaso de agua y una silla. Los tres tendrían un privilegio que a muchos les gustaría haber gozado.

“Entró un señor, gordo él, se sentó y comenzó a leer poemas. Era Pablo Neruda. Después me enteré de que quien lo llevó por esos arrabales fue Miguel Otero Silva, que le hizo recorrer Guárico para que viera dónde escribió Casas muertas”, recuerda el cuatrista sobre el autor de Residencia en la tierra.

Abundan las historias acerca de recitales de Neruda, gratis e improvisados, realizados por todo el país. En 1959 estuvo en el Teatro Ribas de La Victoria con Luis Pastori. A finales de la década de los sesenta convirtió el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela en un “santuario”, según crónicas de la época. Caupolicán Ovalles decía que al poeta le gustaban los bares de Sabana Grande. Sus visitas al país eran frecuentes y, aunque muchas eran invitaciones particulares de MOS y María Teresa Castillo, era usual que se involucrara con iniciativas sociales, como en 1968, cuando le regaló un poema, “Las aves del Caribe”, a Alicia Pietri de Caldera. Le indicó que deseaba verlo incluido en una nueva edición de Páginas para imaginar, el primer libro de Ediciones Fundación del Niño, que era parte de un plan de lectura promovido por la entonces primera dama. La sencillez y el amor por las causas sociales eran parte de lo que Otero Silva llamó su sustancia universal.

“El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero que no se cree Dios”, dijo Neruda en su discurso de aceptación del Premio Nobel, en diciembre de 1971, ceremonia que MOS presenció y de la cual envió una crónica para El Nacional. El cariño del autor venezolano por el chileno era tal que Matilde Urrutia, la tercera esposa de Neruda, pasó en 1973 parte de su luto en Caracas, donde trabajó con el periodista en la recopilación de textos inéditos del poeta que la editorial española Seix Barral publicó cinco años después, Para nacer he nacido, y que complementa el relato de su vida que comenzó con Confieso que he vivido (1974).

Además de su amistad con el autor de Fiebre, las anécdotas revelan otros aspectos de Neruda: su convicción de que la literatura pertenece al pueblo y su amor por el país que descubrió el 23 de enero de 1959. “El reino de Venezuela brillaba a toda luz. El primer hombre que vi me regaló un relámpago. La segunda persona me persiguió con un arcoiris. Un tercero se me acercó con una garza de fuego, ibis escarlata o corocoro como en esas regiones lo denominan”, escribió, antes de concluir: “De una u otra manera, Venezuela era luz”.

El poeta murió dos semanas después de que los militares chilenos traicionaran y asesinaran al presidente Salvador Allende. Lo afectó tanto la noticia del golpe de Estado que nunca se recuperó y como sus médicos no pudieron atenderlo en su refugio de Isla Negra –uno estaba preso y el otro no se atrevía a salir–, Urrutia llamó a una ambulancia privada que llevó hasta una clínica en Santiago.

En el camino hacia la capital chilena unos soldados los abordaron en una alcabala y los revisaron con brusquedad, a pesar de que sabían de qué escritor se trataba. Neruda estaba consciente y lo sufrió todo con estoicismo, a pesar de que el retraso empeoraba su salud. Tenía cáncer de próstata, pero le habían dicho que era reumatismo –“Él aparentaba que lo creía”, dijo Otero Silva, que lo visitó en su país en julio de 1973, por sus 69 años de edad–. El venezolano, sin embargo, tenía otra hipótesis: decía que a Neruda no lo mató la enfermedad “sino el dolor de Chile”.

Falleció a las 10:30 pm del 23 de septiembre de 1973. Excepto su mujer, nadie lo acompañaba, pues la Junta Militar había impuesto un toque de queda. Más tarde, al autor más importante de Chile lo velaron en su domicilio en Santiago. No quedaba ni un libro en su casa porque la habían allanado y saqueado. Cuando el 26 de septiembre llegó hasta el cementerio su cortejo fúnebre, flanqueado por dos camionetas militares, un millar de personas salieron a su encuentro. Para despedirlo, entonaron el himno de la Internacional Comunista.

Los periódicos reportaron ese día que “no hubo incidentes”. Se entiende: apenas había muerto un poeta.