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Tomás Straka: "La oferta de Hugo Chávez fue barrer con todo para vivir como antes"

Tomás Straka nació en 1972 y es egresado del Instituto Pedagógico de Caracas | Omar Veliz

Tomás Straka nació en 1972 y es egresado del Instituto Pedagógico de Caracas | Omar Veliz

El escritor y catedrático fue nombrado individuo de número de la Academia Nacional de la Historia. Ocupará el sillón que pertenecía al fallecido Ildefonso Leal. Considera que la clase media está más politizada, lo que puede motivar a una participación más responsable en su vida ciudadana

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Más que emocionado, Tomás Straka está expectante ante la responsabilidad que tiene como individuo de número de la Academia Nacional de la Historia, institución a la que ingresó formalmente el jueves pasado para ocupar el sillón que le pertenecía a Ildefonso Leal, fallecido en junio del año pasado. 

Su incorporación la asume como un servicio público, asunto en el que centró su discurso en la sesión de ingreso. “Para algunas personas esto puede halagar la autoestima, pero para mí implica que una de las instituciones más calificadas de la República me ha convocado para que le sirva en un ámbito fundamental como es la memoria histórica. Es una especie de gran consejo de asesores con el que cuenta el Estado y la sociedad venezolana”, afirma el historiador, nacido en 1972, que en estos momentos el miembro más joven de este selecto grupo de académicos.

—¿Las personas suelen ver a la Academia Nacional de la Historia como un ente lejano que no influye directamente con su vida?

—Eso tal vez se deba a que en su relación con el ciudadano común hay un conjunto de instancias. La academia venezolana, como ocurre en todos lados en la tradición latina, es una corporación de altos estudios. Por eso todo lo que ocurre en su cotidianidad se vincula con el día a día del resto de las personas. La academia tiene que ver con la enseñanza de los discursos históricos, la asesoría que se pueda dar a organismos y a través de estas instancias debería haber una repercusión en lo que se imparta en las escuelas, la publicación de libros para que estudiantes, periodistas, politólogos, maestros y demás personas revisen la historia. Es como los laboratorios, que pueden ser vistos como lejanos, pero lo que ocurre adentro se ve cuando compran una medicina.

—¿Cómo veía a la academia cuando era estudiante y durante sus primeros años como historiador?

—Estaba bastante desprestigiada en los años ochenta, aunque yo fui estudiante en los noventa. El desprestigio no era del todo justo, cuando lo veo desde la perspectiva actual, pero tiene una explicación. Se mantuvo un poco al margen de lo que estaban haciendo las universidades. Formada por historiadores muy meritorios, pero no profesionales. Después, estando en la universidad, ocurren cosas importantes. Gracias a la política de publicaciones impulsada por Guillermo Morón y el departamento de investigaciones, el ente empieza a convertirse en una editorial fundamental. Publicar en la academia se convirtió en una instancia de consagración. Comenzó una reconciliación. También empezaron a incorporar a historiadores profesionales, de la vida universitaria, como Pedro Cunill Grau, Inés Quintero, Elías Pino Iturrieta e incluso a ese gran crítico de la academia como es Germán Carrera Damas. 

—¿Cuál será el aporte de usted a la institución?

—Puedo hablar en términos programáticos. La primera es seguir trabajando en lo que la academia ha estado empeñada: la participación en el gran debate sobre nuestra reconfiguración como país, la búsqueda de un destino mejor. El otro aspecto es que en ese debate hay que afianzar el papel de la educación. Tenemos que tender puentes hacia los maestros. Actualmente hay algunas diferencias con el Estado por ciertas circunstancias, lo que dificulta llegar a las escuelas. Así la gente empezará a ver a la academia como un servicio público que está al alcance de sus intereses y angustias. 

—Es inevitable que en estos momentos le pidan una lectura sobre el país.

—Venezuela, en términos estructurales, atraviesa una crisis de treinta años. El modelo de vida de los años treinta entró en crisis hace tres décadas y no hemos sido capaces de sustituirlo. Seguimos insistiendo, con sus diferencias, en una misma relación con el petróleo y el Estado. Es como andar con un carro que terminó su ciclo vital. Tendría que haber una reforma estructural, tipo Overhaulin, o llevarlo a la chivera. En esa incapacidad de encontrar otra forma de vida está el elemento del chavismo, que se presentó como la posibilidad de cambiarlo todo para no cambiar nada. La oferta de Hugo Chávez fue barrer con todo para vivir como antes, en torno a la renta. Fracasó estrepitosamente. Este paroxismo coincide con el final de una etapa que comenzó en 1999.

—¿Entonces la profundización de la crisis hará que el venezolano tome conciencia de la ciudadanía?

—La ha tomado, como lo han dicho Luis Vicente León y otros investigadores de lo sociológico, la psicología política y social. El hombre nuevo está apareciendo, pero no de la manera que se imaginó Jorge Giordani o el Che Guevara. El hombre nuevo tiene varios rostros. El malandro violento de hoy se diferencia de aquel de los años ochenta, que tenía algunos valores y una especie de sentido del honor. El de ahora es un psicópata parecido al personaje de Nacido para matar. Pero hay otro que ha nacido en la acera de enfrente, que cuando compara la experiencia democrática y sus valores –que en mayor o menor medida tiene– y lo que ven de un mundo cada vez más globalizado con los resultados de esa unión hombre-Estado, ha resultado ser una persona con un sentido de ciudadanía y responsabilidad mayor al que había antes. Veremos qué tan lejos llegó esa conciencia cuando le toque dirigir el país.

—¿Y cómo puede repercutir en este momento?

—En el presente ocurre. El mapa político del país es otro. Claro, el desprestigio de Maduro no se debe fundamentalmente a una diferencia de valores. En esencia tiene su causa en la penuria económica, el hambre. Hay estudios que indican que hemos bajado en promedio en el último año entre ocho y diez kilos. En un país de obesos eso no está mal, pero si seguimos así seremos un país de desnutridos. Pareceremos anoréxicos sin serlo. Tampoco se puede negar que un sector muy amplio de la sociedad tiene una posición crítica o francamente opositora al régimen actual.Que al momento de visualizar qué quiere como alternativa, ve una sociedad con mayores libertades, más abierta al emprendimiento, a la ciudadanía.

—En una entrevista pasada comentó que en los años ochenta y noventa la clase media no supo tomar las riendas de la sociedad. En este momento ese sector ha mermado. Sus condiciones de vida han cambiado. ¿Aún es la clase media la que tiene que tomar ese control?

—En una sociedad democrática ninguna clase debe imponerse de forma definitiva sobre otras. La Venezuela que visualizo es una en la que estén representados todos los ciudadanos de la forma más proporcional y armónica posible. La política consiste en poner de acuerdo a la mayor cantidad de personas. Por supuesto, los sectores profesionales en la democracia tienen un papel importante y lo seguirán teniendo. Se ve en los liderazgos del chavismo y la oposición. Los representantes en la Asamblea Nacional, los funcionarios de elección popular vienen fundamentalmente de ahí. Claro, esta clase media, entendida más o menos como los que están en la mitad, no es la misma de la década de los ochenta. Hay dos características básicas que la diferencian. La de ahora está más politizada, la anterior consideraba que los beneficios que tenía era una merced de cielo que se merecían porque sí, sin dar nada a cambio o defenderlos. Había mucho de niño mimado. La segunda es que esta, por ser más pobre, tiene una mayor conciencia de lo económico, hay mayor emprendimiento. Cualquiera que tiene un negocio busca la forma de montar una sucursal en otro país.

—¿Una consecuencia entonces de la polarización?

—¡Por supuesto! Recuerda que nadie puede escapar de la política. No hay seres humanos apolíticos. Te llega, quieras o no. Si metes la cabeza en la tierra como el avestruz, los demás van a tomar una decisión por ti, incluso en las sociedades donde se respeta la individualidad. Además, a la clase media venezolana le ha tocado la politización de la forma más dura: su modelo de vida se vino abajo. Hay que dar una respuesta y no puede ser solo individual. Hay respuestas que pueden ser individuales como emigrar, pero cuando lo han hecho 2 millones de personas más o menos de la misma edad y del mismo nivel socioeconómico te das cuenta que es un problema de carácter social. Responder al problema de la delincuencia con alcabalas, muros o cercas electrificadas, en vez de dar un debate social o una respuesta política, genera que el delincuente se arme más. Si cierras el negocio a las 4:00 de la tarde, te robará antes de esa hora. Si no sales de tu casa, se va a meter en ella. Cuando las respuestas dejan de ser individuales comienza a ser una respuesta política.

Profesor e historiador 

Tomás Straka es egresado del Instituto Pedagógico de Caracas como profesor de Ciencias Sociales. Se graduó en 1996. En el año 2000 finalizó un magíster en Historia en la Universidad Central de Venezuela y en 2010 un doctorado en la Universidad Católica Andrés Bello, donde actualmente es director de las maestrías de historia. En esa institución educativa también forma parte del Instituto de Investigaciones Históricas. Ha sido además profesor en la Universidad Metropolitana, Universidad Simón Bolívar y del Instituto Pedagógico de Caracas. También ha colaborado con el Papel Literario que publica El Nacional. Entre los libros publicados por Straka están La república fragmentada. Claves para entender a Venezuela (Editorial Alfa, 2015), La épica del desencanto. Bolivarianismo, historiografía y política en Venezuela (Editorial Alfa, 2009), Julián Castro (Libros El Nacional, 2007) y Venezuela 1861-1936: la era de los gendarmes (Fundación Rómulo Betancourt, 2013).