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Tarantino, el vengador de la historia

Django desencadenado | Foto: Achivo

Django desencadenado | Foto: Achivo

Probablemente inmaduro, quizás un cineasta que obliga al espectador a someterse a su ritmo, lo que nadie puede negar es el deleite intelectual de sus revanchas

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“El estilista de los glóbulos rojos” pudo haber sido otro título para este texto: basta ver cómo, en Django sin cadenas, la hemoglobina mancha con inigualable belleza unas motas de algodón o el pescuezo de un caballo blanco (en ese sentido, su filme más sutilmente violento). El mejor elogio para el cineasta Quentin Tarantino es que sus películas son inclasificables: un premio de Hollywood que se entregó hace un par de domingos, los Globos de Oro, divide sus categorías en “dramas” por un lado y “comedias o musicales” por el otro, y en cualquiera de las dos Django sin cadenas lucía igualmente ridícula, o mejor dicho, la película ridiculiza las categorías.

Ya entra en otra discusión si las películas de Tarantino son cinematográficamente redondas o si no hay cierto infantilismo en su afán por la venganza como tema central (en Bastardos sin gloria reconstruyó los hechos históricos para darle una patada al nazismo, y en Django sin cadenas hace lo propio con la esclavitud en Estados Unidos y las teorías de supremacía racial). No todos los espectadores pueden saborear la dilatación de sus diálogos. Pero Tarantino se divierte. Pionero de una generación de directores que se formó no en las escuelas de cine, sino alquilando películas en clubes de video (hoy otra especie en extinción), su marco de referencias abarca desde lo pictórico hasta una cantidad de filmes clásicos y mediocres que probablemente el resto de los mortales jamás podremos ver juntos.

Django sin cadenas, que recicla y licua el espagueti western (la cinta de vaqueros a la italiana, cuyo máximo exponente fue Sergio Leone) con las mansiones del sur de Estados Unidos como las que se ven en Lo que el viento se llevó, hace guiños a las grandes narrativas del romanticismo como El anillo del nibelungo y al mismo tiempo a crueles teorías seudocientíficas como la frenología, hoy desacreditada pero, lamentablemente, en algún momento una muy popular explicación de la conducta humana a través de rasgos externos como los bultos del cráneo.

Al esclavo Django (Jamie Foxx) lo libera un dentista alemán que en realidad es un cazador de recompensas por criminales, el doctor Schultz (Christoph Waltz, uno de los favoritos al Oscar de Actor de Reparto en un papel que es todo un manantial de reposada fruición para el espectador iniciado). Cumplida una primera etapa de limpieza del mal, la película emprende una segunda misión en Candyland (¿el Neverland de Michael Jackson o el Graceland de Elvis Presley?), la siniestra plantación en la que hay que rescatar a la mujer de Django, Broomhilda (Kerry Washington), culta esclava que habla alemán, de las garras de Calvin Candie (Leonardo Di Caprio), magnate amante de las peleas cuerpo a cuerpo entre luchadores negros.

En una de las escenas antológicas, Tarantino humilla a los encapuchados del Ku Klux Klan: una gozada, la revancha del intelecto. Toda la historia de Django sin cadenas es ficticia, pero lo aterrador es pensar que la casi intolerable crueldad racial de la película fue totalmente real y nunca ha sido completamente enterrada.

La princesa de la odisea

Kerry Washington (Broomhilda en Django sin cadenas) fue una de las sensaciones de la alfombra roja de los Globos de Oro. Fue esposa de Ray Charles en Ray y actúa en la serie de TV Scandal. “Quería que fuera la princesa rescatada de la torre de un malvado rey, como en una odisea mitológica: es un viaje romántico, más que de venganza”, ha dicho Tarantino.

Django sin cadenas

Título original: Django Unchained

Western. Estados Unidos, 2012

Director: Quentin Tarantino

2 horas y 45 minutos

Con Jamie Foxx, Leonardo Di Caprio y Christoph Waltz