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Sonia Sanoja: “En este momento no existen las condiciones mínimas para el crecimiento del bailarín”

“Uno tiene que luchar por lo que quiere, lo que desea”, afirma la artista | Foto William Dumont

“Uno tiene que luchar por lo que quiere, lo que desea”, afirma la artista | Foto William Dumont

La ganadora del Premio Nacional de Cultura Mención Danza en 1998 considera que, aunque no tengan oportunidades en el arte, los jóvenes manifiestan un gran deseo de aprender. Afirma que no ha dejado de ejercitar su cuerpo: “Es la casa donde habitamos”

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Sonia Sanoja tiene una mirada penetrante. Antes de contestar cada pregunta hace una pausa larga, pesada. No hay parpadeo en sus ojos, pozos que a ratos parecen distantes, tal vez tímidos. Se yergue y se recuesta del espaldar de la silla al hablar. Gira la cabeza y extiende los brazos, todo en ella es gesto.

La ganadora del Premio Nacional de Cultura Mención Danza en 1998 tenía más de dos décadas sin bailar. Ahora, a los 84 años de edad, quien le dio un rostro a la corriente contemporánea del movimiento decidió volver a la escena con Amor amargo, una pieza que suprime la palabra para hacer de un drama femenino puro cuerpo.

—¿Cómo se prepara en este momento de su vida para ejercer esa libertad del cuerpo?
—Yo nunca lo he dejado de trabajar. Tengo una rutina de ejercicios que hago todos los días, de lunes a domingo. Son movimientos que he ido ensamblando y me ayudan mucho a tener el cuerpo en su sitio durante el día, acondicionarlo para el resto de las actividades. Uno debe permanecer en contacto con su cuerpo. Muchas personas se olvidan de que es esencial, de que es la casa donde habitamos. Debemos tener una relación de armonía con él.

—¿En qué consiste su rutina?
—Me levanto temprano, como a las 5:15 am, para hacer mis ejercicios con tranquilidad. Después salgo a caminar, veo el día. Para mí eso es sumamente importante. ¿Que si escucho una música en particular? Todo depende. Pero lo fundamental para comenzar es estar en calma con uno mismo, eso te permite aceptar las situaciones difíciles que se te presentan a lo largo del día.

—Tantos años meditando sobre el cuerpo, ¿qué ha encontrado?
—Muchas cosas. Es lo que me hace vivir. Cuando he atravesado por situaciones complicadas, he acudido a la danza como un medio para recuperarme corporal y espiritualmente.

—¿Por qué escogió la danza como manera de vivir?
—En realidad ella me escogió a mí. Yo era una persona muy introvertida de niña y el movimiento fue mi forma de expresarme, de decir. Luego, poco a poco fui tomando conciencia de que la danza era algo muy importante para mí y decidí que le dedicaría todo.

—¿Qué era eso que quería decir?
—Es algo tan cambiante, porque uno nunca es el mismo siempre. Por ejemplo, una de las primeras coreografías que hice fue una que no tenía desplazamiento, era como una búsqueda del espacio. Al comienzo, había un trasfondo filosófico; pero luego fue cambiando y se transformó en algo más abstracto. Me pregunto cómo sería danzarla ahora; he pensado en hacerla, pero no he querido porque si después no puedo sería frustrante.

—¿Cómo recuerda sus inicios?
—Cuando comencé tuve la suerte de encontrarme con personas maravillosas. Yo estudiaba Filosofía en la Universidad Central de Venezuela y allí conocí a mi esposo, el poeta Alfredo Silva Estrada. También hice un grupo de amigos excelente: estaban Ida Gramcko y su hermana Elsa, Oswaldo Trejo, Elizabeth Schön; Alejandro Otero y Mercedes Pardo, Gego y Gerd Leufert. Yo era muy joven y hacía mis primeros pasos. Para ellos era algo nuevo tener a alguien que danzara poemas, no música.

—¿Qué diagnóstico hace de la danza contemporánea en el país?
—El movimiento está muy restringido porque es un arte que tiene muchos requisitos económicos, de infraestructura, etc. Para los jóvenes es bastante difícil desarrollarse y sin embargo vemos que muchos estudian danza. Eso me parece maravilloso.

—¿Cuáles son las principales carencias?
—Hay pocos espacios, pocas producciones porque económicamente no se recibe lo necesario. Y un bailarín requiere también para su formación física, aparte de lo técnico, una buena alimentación. Puede parecer algo superficial, pero no lo es. Actualmente hay bailarines que van a una clase sin haber desayunado porque no tienen comida. Eso es algo terrible que nunca debería ocurrir. Un cuerpo danzante necesita suficiente vigor para conservarse. En este momento no existen las condiciones mínimas para el crecimiento del bailarín. Es muy duro.

—Como profesora en Unearte, ¿cómo observa a sus aprendices?
—Con un gran entusiasmo, eso lo anima a uno. Pero el futuro es incierto. Muchos de los bailarines que se han graduado se han ido al exterior y han tenido mucho éxito. Aquí las compañías no tienen la estabilidad de otras épocas. No se puede vivir de la danza como en otros países, los bailarines tienen que dedicarse a matar tigres, dar clases y una serie de actividades que limitan su trabajo creador. Esperemos que la danza en Venezuela mejore; aunque no se ve mucho interés de parte de quienes dirigen el sector.

—¿Era diferente cuando comenzó?
—Tampoco había muchas oportunidades. En esa época la danza no era considerada una profesión para la mujer; era visto como algo bonito, pero no a lo que uno se podía dedicar. No estaba bien visto.

—¿Y cómo hizo?
—Uno tiene que luchar por lo que quiere, lo que desea. Trabajar por lo que uno quiere ser.