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Sofía Ímber: “Vivir es difícil, pero yo no me quiero morir”

Diego Arroyo Gil y Sofía Ímber se conocieron gracias a Simón Alberto Consalvi | FOTO MANUEL SARDÁ

Diego Arroyo Gil y Sofía Ímber se conocieron gracias a Simón Alberto Consalvi | FOTO MANUEL SARDÁ

La infancia, los años en París con Guillermo Meneses, las habladurías, la despedida de Carlos Rangel y los temores de la vejez forman parte de lo relatado en La señora Ímber. Genio y figura

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Se acabó el silencio. Además de contar su vida, pasiones y temores, Sofía Ímber aclara los chismes que ha habido durante años. En los años setenta quiso publicar sus memorias. No fue la única vez, pero siempre desistió. Consideraba que era menester de un escritor.

Ahora, cuando tiene 92 años de edad, se edita el libro que habla de la mujer nacida en Besarabia (hoy Moldavia) en 1924 y que fue traída a un país que no solo hizo suyo, sino en el que también ayudó a construir sus cimientos culturales.

No solo es artífice del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, que hasta 2001 llevó su nombre, sino que también es la responsable de que la UCV posea la colección de obras de arte que la caracteriza. Incluso, el francés Víctor Vasarely le dedicó el mural Sophia de la Ciudad Universitaria.

En La señora Ímber. Genio y figura, el periodista Diego Arroyo Gil escribió el resultado de tres años de conversaciones con una de las figuras más controversiales del periodismo y las artes en Venezuela. Una persona a la que muchos consideran insensible e intimidante, pero que dice lloraría el mar entero si le diera cabida al llanto en su vida.

Y es que la vida no ha sido nada fácil para ella. La muerte la acechó al nacer y ahora la odia cada día, por su proximidad.

Perteneció a esa generación prominente surgida en la educación pública, la que se formó en liceos como el Fermín Toro y el Andrés Bello. “Nos tocó una época en la que todo estaba por hacerse y la aprovechamos”, cuenta en el libro, editado por Planeta.

En su casa el clima invita a quedarse y la proximidad al Ávila apacigua cualquier inquietud. Es implacable con la impuntualidad. Ha suspendido entrevistas con aquellos indolentes con el tiempo de los demás. Ella valora cada minuto y no acepta desperdiciar su vida.

No le fue difícil entrar en confianza con Arroyo Gil, a quien conoció gracias a un amigo en común: Simón Alberto Consalvi. En las páginas, el también editor habla del mito Sofía Ímber. Cuando escucha la idea, ella se sorprende. “¡Ay! Esas son cosas de Diego. No lo considero así. No soy absolutamente ningún mito”.

Obviamente, reconoce que su paso por el mundo tendrá una repercusión. “Supongo que de mis obras hay cosas duraderas y necesarias. Si alguien tiene el interés en saber de mí, espero que sepa que soy trabajadora”. Y es esa palabra, trabajo, la que menciona muchas veces en el libro. No es el mero acto necesario para sobrevivir, sino aquel indispensable para darle sentido a la existencia.

Es la 1:30 pm. Le duele la cabeza. A los pocos minutos el malestar disminuye. “Se me ha ido por el buen humor del trabajo”, dice en alusión a la entrevista por el libro que se presenta mañana, en la Galería Freites, a las 6:30 pm.

Fueron al menos dos reuniones por semana durante tres años, todas de más de dos horas. “No llegué a dormir acá”, indica el periodista. “Pero le faltaba poco”, acota ella.

En el libro, Ímber habla con emoción de sus años en París junto con Guillermo Meneses, quien fue enviado a la ciudad por la junta militar que sucedió al derrocado Rómulo Gallegos, un hecho muy cuestionado en su vida e interpretado como un apoyo a la dictadura. En La señora Ímber. Genio y figura la periodista responde a quienes los tacharon de fieles a Marcos Pérez Jiménez.

La estancia en Francia fue fructífera en lo intelectual. No fueron pocas las amistades que entonces surgieron. Incluso, estuvo en el medio de los celos que dice le tenía Pablo Neruda a Octavio Paz, a quien describe como buen bailarín. Pablo Picasso, Alejandro Otero, Antonia Palacios y Alfredo Chacón son nada más algunos de los personajes frecuentados en esa época.

“Los que menciono en el libro son los que han quedado. Hay otros a los que he ido separando, la vida los distanció, han muerto o son tan tontos que es como si se hubieran muerto. ¡Escríbelo! Así hablo yo, aunque sea duro”.

Por primera vez se publica la carta que Carlos Rangel, su segundo esposo, le dejó antes de suicidarse. “Nadie, antes de Diego, la había leído. No tiene nada en particular. La escribió muy bien en un momento difícil, pero no me provocó nunca enseñarla”.

Arroyo Gil menciona que incluirla fue una decisión que se tomó a última hora. “Queremos barrer todas las ridiculeces que se han inventado sobre lo ocurrido. A la gente le gusta la novela mala”, afirma el periodista. “Hay novelas buenas, la tuya es buena”, interrumpe Ímber como halago al libro.

La ex directora del MACC advierte que su siguiente frase puede sonar pretenciosa: “Vivir es muy difícil, pero no me quiero morir”. Asegura que aún tiene asuntos pendientes, pero que llevaría horas hablar de ellos. “A veces pienso que debo publicar los manuscritos de Carlos, que son muchos. He descubierto, además, que deberíamos hacer un segundo tomo de este libro con lo que no le he dicho a Diego”, dice entre risas, antes de ofrecer más café y recordar que los dulces puestos en la mesa no se pueden quedar ahí.