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Sócrates Serrano: “Uno de mis mayores miedos es que la gente tenga una imagen frívola de mí como actor”

FOTO CORTESÍA SÓCRATES SERRANO

FOTO CORTESÍA SÓCRATES SERRANO

Luego de una pausa de 15 años, Sócrates Serrano regresó a la actuación. A Fabricio, el personaje que interpretó en Azul y no tan rosa, le debe mucho. Pero considera que el Raskolnikov de Crimen y castigo es, hasta ahora, su gran logro

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Sócrates Serrano tiene dos maneras de hablar: la habitual, usando las palabras. La otra, con su mirada. Desde esos ojos verdes que lo delatan puede manifestar alegría, indignación o nostalgia. Lo sabe. Y no intenta ocultarlo.

El Fabricio de la película Azul y no tan rosa y el Román Raskolnikov de la obra teatral Crimen y castigo, hasta ahora sus personajes más importantes, habitaron en la piel de un psicólogo de 44 años de edad, sensible y comprometido, que regresó a la actuación después de un receso de 15 años en los que se dedicó a trabajar en el mundo empresarial en el área de selección de personal. Hoy tiene una empresa de consultoría en Recursos Humanos con clientes en América Latina y África, a la par que se ha convertido en uno de los nombres más buscados por directores de teatro y cine.

Recuerda que abandonó la actuación luego de la muerte de su padre. Tuvo entonces que ocuparse de su casa, conseguir el dinero para que él, sus hermanas y su madre llevaran una vida tranquila. El entonces psicólogo que realmente quería estudiar Arte en la UCV, pero no logró el apoyo de sus padres, confiesa que fue un momento muy duro en su vida. “Ganar dinero siendo infeliz no era un plan”.

—¿Y cómo era el actor prestado al área empresarial?
Estaba allí por un tema de necesidad y situación de vida. Yo tuve mucho tiempo un conflicto muy grande: hago lo que me gusta o gano dinero. En aquel momento como actor, en el corto plazo, no iba a obtener los ingresos que necesitaba. Y yo tenía que contribuir en mi casa. Era lo más importante.

—¿Y qué decía el psicólogo ante ese conflicto?
Que tenía que tratar de balancear los dos mundos porque el tema económico era importante, pero también mi pasión.

—¿Sintió frustración?
Durante un tiempo sí, pero como comencé a realizar una especialización en psicodrama fue una manera muy interesante de conectar los dos mundos. Trabajé mucho tiempo en empresas con el diagnóstico de habilidades y competencias a través de técnicas socio-psicodramáticas; con simulaciones de casos críticos para evaluar liderazgo, sentido de urgencia y muchas otras cosas. Estuve siete años en Movilnet, donde desarrollé mi carrera en el área. Fui supervisor de selección de personal, capté mucha gente con estas técnicas de psicodrama y pulí una metodología. Confiaron mucho en mí, a pesar de que no era visto como algo sumamente formal. Pero me gané la credibilidad de la gente.

—¿Cómo hace para conciliar hoy las dos cosas?
—Te confieso que para mí, en estos momentos, es un gran tema porque me siento muy atraído por la actuación y cada vez menos por lo organizacional. Me cuesta mucho ir a la oficina, no porque no me guste mi trabajo como consultor, pero sentarme frente a un escritorio todo el día se me hace pesado porque he tenido una vida actoral muy interesante en los últimos tres años. Y cada vez surgen más y más proyectos.

—Entonces la oficina tendrá que esperar…
—No sé qué van a decir mis socias… Estoy en un proceso de transformación, creo que va a tener ajustes dramáticos porque no me quiero alejar, pero mi presencia en la oficina va a ser cada vez menor. Volví a actuar y me di cuenta de que las cosas pasan por algo. Hace unos años hice un entrenamiento con Jeneffa Soldatic, profesora australiana del Actor’s Studio de Nueva York que vino a dar un intensivo en Caracas. Al final conversamos mucho y me dijo: “No pienses, bajo ningún concepto, que todo el período que estuviste alejado de la actuación fue tiempo perdido. Te sirvió para hacer los personajes que llegarán a partir de ahora”. Y eso me llegó al alma. Y sí, yo hace 15 años no pudiera haber hecho el Raskolnikov que hago ahora. Esto es lo que me apasiona, definitivamente.

La constancia y la disciplina, asegura, son las columnas que sostienen su trabajo y lo que le ha permitido asumir los personajes que ha interpretado hasta ahora. “Claro, entiendo que hay otras maneras, es cuando siento que se ha frivolizado mucho el trabajo del actor”.

—¿Por qué?
—Es una mezcla de cosas. Me parece que hay una gran cultura del fast food, de consumir y hacer todo rápido. Reconozco que hay muchos actores jóvenes disciplinados, conectados y muy comprometidos con hacer las cosas bien; pero también me encuentro con muchos que por hacer un par de cosas creen que pueden afrontar retos mayores y los asumen con poca disciplina, con mucha ligereza. Veo mucho esa diferencia. Afortunadamente, todavía encuentro gente joven que entiende esto desde la disciplina y la constancia.

Sócrates Serrano comenzó a formarse como actor desde muy pequeño, en el colegio, en el liceo. Pero fue en el grupo teatral de la Hermandad Gallega donde se dio cuenta de que estaba hecho para estar sobre las tablas. Realizó cursos de formación actoral en el Centro Latinoamericano de Investigación Teatral. Allí lo dirigió Juan Carlos Gené en La pluma del arcángel. Con Ada Nocetti y Ricardo Lombardi estuvo en una academia de actuación. Luego, pasó al taller de formación de creatividad teatral del Grupo Actoral 80, que dirigía Verónica Artigas. Esa experiencia se convirtió en un grupo que se llamó Arca 71 Teatro Studio, en el que permaneció  8 años. “Era una especie de laboratorio teatral al que le puse mucha pasión”, recuerda.

Corría la década de los años noventa. La mayoría de sus amigos se fueron del país y el grupo desapareció. “Me fui desvinculando de la actuación”, dice.

—¿Cómo se da el regreso?
—En una dinámica de selección de personal invité al actor William Goite para que desarrollara roles como actor. Ese día lo conocí. Y al final me invitó a participar en un casting para una película. Yo no había hecho cine ni televisión. Solo teatro. Me envió el guion y era para el personaje protagónico. Hice el casting, que al final ganó Ernesto Calzadilla. Pero me fue bien. Y Carlos Malavé, el director, me llamó para un papel menor, un locutor que aparecía dos minutos enPura mentira. Lo disfruté tanto, tanto, que decidí volver a actuar. Me sinceré conmigo y comencé a llamar a los amigos.

“Es difícil de explicar, pero es una sensación de plenitud la que experimento cuando estoy actuando”, reconoce. “Luego vino Las caras del diablo. Entré al gimnasio de actores con Matilda Corral, con quien había estudiado antes y eso me oxigenó mucho. Compartí con muchos chamos y me lo vacilé. Lo necesitaba. Comencé a conectarme con gente del medio. Basilio Álvarez me llamó para una obra infantil, hice Hamlet también con Skena. Luego vino el cine conÚltimo cuerpo, Todo por la taquilla y  Azul y no tan rosa.

—¿Azul y no tan rosa cambió su vida como actor?
—Totalmente. Nunca imaginé que Fabricio, el personaje que interpreté, ese médico maravilloso, entrañable, un príncipe azul que se convierte en mártir, tuviera tanto impacto en la gente, porque es un personaje pequeño en la historia. Pero para Miguel Ferrari, el director, era un personaje importante para el fondo de la trama. Fabricio caló mucho. Hombres y mujeres se sintieron identificados, así como personas que habían sido rechazadas por su orientación sexual. Hasta hace poco la gente me asociaba al doctor de Azul y no tan rosa. Lo cual me llena de orgullo. Y no me pesa. De hecho, me han vuelto a llamar para personajes de médicos. Pero también he sentido algunos prejuicios de parte de algunas personas por haber interpretado a un homosexual. Y entonces me río de semejante tontería. Lo que me ha sucedido después de Azul y no tan rosaha sido maravilloso.

—Ha hecho teatro, cine y televisión. ¿Dónde se siente más cómodo?
Mi hábitat natural siempre fue el teatro y desde que descubrí el cine soy un gran fanático. Si pudiera actuar mucho más en cine me encantaría. Son trabajos complementarios. Uno se crece mucho como actor en el cine, aunque el teatro es la escuela. Voy a protagonizar una película de Fernando Venturini que se llamará El show de Willy. Y Fernando me pidió que hiciera un personaje más cotidiano y menos teatral. Entonces me voy dando cuenta de las diferencias entre una cosa y otra. Con la televisión, lo confieso, tenía muchos prejuicios. Llegué a ella por Juan Zambrano y José Simón Escalona, que pensaron en mí para un personaje en Nacer contigo, que transmitió Televen, donde hice de papá de Lasso.

—¿Por qué tantos prejuicios?
—Porque la televisión y las telenovelas que se hacen ahora no son iguales a las que se hacían en los años ochenta y noventa. Pero fue muy bueno trabajar en el medio porque eran eso, solo prejuicios. A partir de entonces empecé a valorar a muchos compañeros que hacían televisión, cine y teatro. Ver ese mundo por dentro te da mucha fortaleza, pero también genera muchos vicios si solo te quedas haciendo televisión.

—¿Por qué?
—Porque frivoliza los personajes, no te permite construirlos con profundidad. La televisión es una máquina demoledora. Tienes que memorizar y listo. Tener claro tu personaje y punto. Yo no tenía el training de los actores de televisión. Pero ahora, en Virgen de la calle, fue diferente. Descubrí una serie de herramientas y habilidades al lado de compañeros que disfrutan el trabajo en televisión, que se han formado allí, pero que saben diferenciar entre estar en teatro y cine. EnVirgen de la calle me costó mucho el bendito acento  neutro; es difícil, quita naturalidad. Era la primera vez que lo hacía a pesar de que trabajé haciendo doblajes.

—¿Le gustaría asumir nuevos personajes en la pantalla chica?
Me gustaría seguir explorando en televisión. Me encantaría encontrarme con un personaje importante, que exija de mí como actor. No quiero ser el galán, la cara bonita. Quiero un personaje que sea tan  simbólico como lo fue Fabricio en Azul y no tan rosa en el cine.

—Pero hay que estar claros: lo buscarán también por su cara bonita.
Sí. Y es difícil ir contra eso. Entonces invito a los directores y productores de novelas a que me vayan a ver en teatro. Con Raskolnikov logré otro registro actoral. Me gustaría hacer algo así en televisión. No al protagonista. Quisiera un personaje antagónico, uno que pueda construir. Estoy en el momento de hacerlo.  Pero las posibilidades de hacer televisión ahora son muy limitadas y además los guiones, salvo ciertas cosas y con todo respeto a los escritores que son amigos y queridos, son historias muy simples, planas. Por allí puede venir algo. Ojalá se dé.

—¿El personaje de Román en Crimen y castigo es el que más ha construido?
Sí, por lo que me ha exigido en tan corto tiempo. Porque antes no tenía las nociones y el recorrido para entender las cosas. Eso hace todo más rico, pero más difícil. Román es el personaje que más me ha retado de mi carrera.

—¿En qué se han convertido los aplausos para Román y para Sócrates?
Es como cuando llegas a tu casa supercansado después de un día duro, tienes la espalda tensa y alguien te ofrece un masaje. Lo agradeces enormemente. Los aplausos son eso o han sido eso con este papel. El camino ha sido muy intenso. Meterme en el mundo de este personaje ha sido entrar en una verdad y realidad muy diferente a la mía. Lo he aprendido a entender, he llegado a sentir compasión por él y te voy a confesar que le he dado la razón. Y en la escena final siento una sensación de mucha injusticia. No puedo juzgarlo; si arrancaba el proceso de construcción del personaje así, perdía. Lo iba a interpretar desde la etiqueta del asesino que transgredió los límites. Si lo analizo como psicólogo, diría otras cosas de él. Pero meterme en su verdad y su mundo me da otra perspectiva de las cosas.

—¿Y cómo se siente dándole la razón? Porque se le aguan los ojos cuando lo confiesa.
—Es muy duro porque soy opuesto a él, soy muy respetuoso de los vínculos y las personas. Soy muy poco violento, busco mediar, establecer acuerdos, aunque tengo un carácter fregado cuando estoy de mal humor y molesto.

—¿Qué le molesta?
—La gente lenta. Para mí es un aprendizaje de vida entender que hay otros ritmos diferentes a los míos. Y también me molesta mucho el irrespeto. Este personaje es muy diferente a mí en ese sentido. De hecho, Juan Souki, el director, me dijo: “No puedes ser tan gentleman para interpretar a Raskolnikov”. Y le respondí: “No te preocupes. Lo haré”. Porque la mayoría de los directores de cine, por ejemplo, juzgan mucho a primera vista. Una directora me dijo que yo era muy bonito y guapo en cámara para interpretar a un matón. Recuerdo sus palabras: “No vas a poder con ese personaje”.

—¿Ser guapo, entonces, a veces le juega en contra?
—A ver, tengo conciencia de que soy un tipo con un fenotipo distinto al común de la gente. Tengo familia croata y española, así que mis hermanas y yo somos el resultado de esa mezcla. Sé que físicamente llamo la atención y lo he aprendido a usar. Pero me molesta que los directores sean tan visuales, que se queden solo con lo que dice la cámara. Son muy pocos los directores que miran más allá y logran ver la capacidad y versatilidad del actor para dar su propuesta de personaje. Me encantó que Juan Souki haya confiado en mí a pesar de parecerle un gentleman. Hay directores que me han llamado porque les parezco atractivo y está bien. Pero se dan cuenta de lo que puedo hacer más allá de tener una cara bonita. Uno de mis mayores miedos es que la gente tenga una imagen frívola de mí como actor. Que por lucir atractivo solo pueda hacer cierto tipo de personajes.

—¿Cree que puede hacer cualquier tipo de personajes ahora?
No sería  tan pretencioso ni egocéntrico para decir que puedo hacer de todo, pero estoy dispuesto a intentarlo. Siento que estoy en un momento interesantísimo como actor.

—¿Román Raskolnikov le ha alimentado mucho el ego?
Hay que tener mucho cuidado con personajes como Román. Yo por naturaleza no soy egocéntrico; aunque sí lo soy, pero creo que he aprendido a manejar mi ego.  Porque si los actores no tuviéramos un ego bien desarrollado no pudiéramos hacer lo que hacemos. Pero, al mismo tiempo, hay que saberlo administrar. En mi caso, eso viene de crianza. Mi papá siempre decía: “No te olvides de dónde viviste, no te olvides de esta casa”. Esa casa era un anexo en una vieja quinta de La Florida, un garaje que mi papá convirtió en hogar. Una casa de locos en la que éramos muy felices.

—¿Qué vendrá después de Román?
—Quiero hacer personajes que impliquen un reto como este o mayor que este. Por lo pronto, hay dos cosas concretas. Inicié los ensayos de una tragicomedia muy inteligente, De mutuo desacuerdo. También voy a coproducirla junto con Miguel Ferrari. Haré pareja con Ana María Simon.  Voy a probar qué significa producir. Es la primera vez que lo haré y me da un poco de susto. Pero también es una manera de estar vinculado con la actuación desde el área de los negocios. Trata sobre una pareja que está divorciándose, pero que tiene verse para lidiar con un hijo que se está convirtiendo en un monstruo producto de la situación. Es de un español que se llama Fernando J. López, que ha escrito varias novelas, es docente y tiene mucha información del mundo adolescente.  Y en cine preparamos El show de Willy, un texto muy arriesgado de Fernando Venturini. Un renegado del mundo de la televisión que siempre ha querido producir y conducir un show, pero cuyas propuestas no son aceptadas. Allí trabajaré con Daniela Alvarado, Amílcar Rivero, Laureano Olivares y Sheila Monterola. Es una comedia negra dura. Una crítica a lo que somos como sociedad. Sé que el texto puede generar reacciones encontradas. Willy es alocado, versátil. Imita a otros personajes de la televisión latinoamericana. Me tiene bien asustado, por cierto. Pero de hecho, me seleccionaron en el casting por las caracterizaciones que hice. 

—¿Cuándo no está trabajando, qué hace?
—Veo mucho teatro. Eso es importantísimo para mí. Yo critico mucho a mis amigos teatreros que no van a ver a otros compañeros por una cuestión de ego. O gente del medio que ve buenos trabajos y no los comenta por egoísmo. Eso no puede ser. También veo mucho cine y me gustaría ver más televisión, pero no tengo tanto tiempo. Aunque para construir un personaje veo muchas referencias en televisión.

—¿Descansará en algún momento?
—Debería. Buscaré escaparme en diciembre un rato. Aunque tengo dos sensaciones en este momento: descansar, pero no parar.