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Simón Alberto Consalvi, recuerdo de un luchador incansable

Simón Alberto Consalvi / Archivo

Simón Alberto Consalvi / Archivo

Figura destacada de la vida nacional del siglo XX, el periodista, historiador y político falleció hace un año un día como hoy. Trabajó incansablemente por la libertad de Venezuela

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El 11 de marzo de 2013, hace hoy un año, falleció en su casa de la urbanización El Hatillo, en Caracas, el doctor Simón Alberto Consalvi, quien se desempeñaba como editor adjunto de este diario. La noticia conmocionó no solo a sus amigos y sus colaboradores, sino en general a toda la audiencia venezolana y a públicos intelectuales de capitales como Bogotá y Ciudad de México, donde las semanas subsiguientes se publicaron artículos en su recuerdo.

No era cualquiera el hombre que había fallecido. Oriundo de Santa Cruz de Mora, Mérida, Simón Alberto Consalvi nace el 7 de julio de 1927 para comenzar a andar la historia del siglo XX que despertaba. Se integra a la política muy pronto, en 1945, con el movimiento octubrista que derroca al general Isaías Medina Angarita. Entonces Consalvi cuenta apenas 18 años y participa en la toma de la prefectura civil del pueblo donde ha nacido.

De la mano de Rigoberto Henríquez Vera y Domingo Alberto Rangel, a partir de esa fecha se vincula estrechamente con el partido Acción Democrática, cuya militancia no abandonará hasta comienzos de la década de los años noventa. Muy joven todavía, en 1947, dirige Vanguardia, en San Cristóbal, uno de los periódicos más importantes del Occidente venezolano.

Ese mismo año llega a Caracas y se inscribe en la recién fundada Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela, de cuya primera promoción forma parte. Cree que se dedicará a la literatura, pero el golpe de Estado que derroca a Rómulo Gallegos lo condena definitivamente a la política. Es el comienzo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que le asestará dolorosos golpes personales, aunque él no hablaba demasiado sobre ellos.

Consalvi se va muy pronto a la clandestinidad. Durante el día es reportero del diario La Esfera y en las noches participa de los conciliábulos de la resistencia democrática contra el régimen militar. Es hombre de confianza de Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del ilegalizado Acción Democrática, y trabaja incesantemente. Entre otras cosas, es coautor de Venezuela bajo el signo del terror, el perseguido “Libro Negro” que denuncia los crímenes que la dictadura comete y que los periódicos no informan, dada la censura.

El 21 de octubre de 1952, Ruiz Pineda es asesinado en una calle de San Agustín del Sur por el gobierno de facto. Consalvi se entera de la noticia y, en sus palabras, se sumerge “en el espanto”. Han matado a su mentor, a su amigo. La pérdida del líder obliga al partido a reorganizarse. Alberto Carnevali, nuevo secretario general, lo nombra a él subsecretario. Tiene 25 años de edad.

La lucha continúa. El joven Simón Alberto está “enconchado”, es decir, escondido. Vive en una casa en los alrededores de Los Palos Grandes, una zona prácticamente rural. Se cuida, pero algo falla. Gustavo Mascareño, un tipo que se hace pasar por amigo, es en verdad colaborador de la dictadura y lo delata. En 1953, mientras la policía política asesina a Antonio Pinto Salinas –quien horas antes ha tratado de huir del país por carretera– Consalvi es apresado.

En Caracas lo torturan. Los esbirros de Pedro Estrada no tienen piedad ninguna contra los enemigos del gobierno. De la capital lo envían a la Nueva Cárcel de Ciudad Bolívar. Es considerado uno de los hombres más peligrosos del país y lo trasladan en avión, esposado su brazo a un brazo de Luis Miquilena, quien será uno de sus compañeros de celda y gran amigo.

Consalvi está tres años preso en la cárcel del Orinoco, “el río indiferente”, decía. Se le templa el carácter. A finales de 1956, es enviado al exilio. Vive casi dos años en La Habana y en el transcurso de ese período se vincula con el movimiento estudiantil revolucionario que lucha contra el sargento Fulgencio Batista. Se mantiene económicamente gracias a que escribe para la revista Bohemia y otras más. Cuando la situación en la isla le resulta demasiado peligrosa (matan a casi todos sus contactos), logra obtener una visa y se escapa a los Estados Unidos.

En Nueva York se encuentra con Rómulo Betancourt y con Jaime Lusinchi, también desterrados. Es 1957 y se aproxima el final del régimen perezjimenista. Hombre afortunado, Consalvi es testigo de las reuniones que en la Gran Manzana reúnen a Betancourt con Rafael Caldera y Jóvito Villalba. Es la semilla de lo que serán el Pacto de Puntofijo y el Programa Mínimo Conjunto de Gobierno de 1958.

El 26 de enero de ese año, tres días después de la caída de la dictadura, regresa a Caracas. Hay mucho que hacer luego de una década de secuestro de las libertades públicas. En las mismas elecciones en que Betancourt gana la presidencia, Consalvi obtiene un escaño en el Congreso, pero lo abandona muy pronto porque el nuevo gobierno lo designa representante de la misión diplomática venezolana en Yugoslavia.

Tres años más tarde y luego de llevar a cabo una labor encomiable en la república balcánica, vuelve al país. Raúl Leoni le ha pedido que se encargue de la fundación y dirección de la Oficina Central de Información. Es 1965. Cumplida la tarea, en 1967 es nombrado presidente del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba), fundado por don Mariano Picón-Salas un lustro atrás.

La gestión de Consalvi al frente del Instituto es excepcional. A pesar de que el presupuesto del Inciba es ajustado, además de brindar apoyo a diversas manifestaciones y disciplinas artísticas en Caracas y en el interior del país, se fundan la revista Imagen y Monte Ávila Editores y se entrega el primer Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que obtiene Mario Vargas Llosa por La casa verde. Son tres momentos estelares que se suceden el uno al otro y que sitúan a Venezuela en un lugar privilegiado del paisaje editorial iberoamericano.

La gerencia del Inciba no es más que el comienzo de la destacada carrera que construirá Consalvi como hombre de Estado. En lo sucesivo será embajador de Venezuela ante la ONU y en Washington, ministro de Información, de la Secretaría de la Presidencia y de Relaciones Interiores. Será, además, ministro de Relaciones Exteriores en dos ocasiones. Hoy se le considera uno de los mejores cancilleres del siglo XX venezolano.

Periodista de raza, nunca dejó de escribir sobre los diversos procesos que atravesó el país durante la democracia. Historiador insomne, su obra es ingente y fue reconocida en diversas ocasiones. En 1997, la Academia Nacional de la Historia lo nombró Individuo de Número. Dentro de esta institución adelantó proyectos editoriales significativos, como también lo hizo en Libros El Nacional.

El 11 de marzo de 2013 murió uno de los hombres más importantes con que contaba Venezuela. Dejó un vacío considerable en las filas de la política, el periodismo y la cultura nacionales. Puesto que había luchado contra la dictadura, dado que había padecido sufrimientos indecibles, Consalvi sabía lo que afirmaba cuando decía que “la democracia es resultado de un gran esfuerzo social” y que no había nada peor que perderla.

Quizá por esto, durante los últimos meses de todos sus años, en situación inesperada para un hombre de habitual serenidad en el oficio de su propia vida, a ratos Consalvi se mostraba preso de un estado que podría calificarse de mortificación venezolana, y en sus declaraciones privadas dejaba caer frases lacerantes pero merecidas contra un destino que consideraba impropio para un país por cuya libertad había apostado toda su fuerza.

Pero no se amilanó nunca. A pesar de todo, Simón Alberto Consalvi creyó hasta el final en las posibilidades que tenía y que tiene el país para ser un mejor país. En ese sentido, nunca abandonó la convicción que lo había hecho luchar, corriendo todos los riesgos, contra el régimen militar de Marcos Pérez Jiménez.

Hoy hace un año perdimos a un ciudadano cabal, a un hombre bueno y valiente. La nación no lo olvida.