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Sebastián Marroquín: "Que con mi generación termine todo vestigio de violencia”

Sebastián Marroquín | Cortesía Sebastián Marroquín y Claudio Esses

Sebastián Marroquín | Cortesía Sebastián Marroquín y Claudio Esses

El hijo del narcotraficante colombiano relata vivencias familiares y momentos difíciles, que lo obligaron incluso a cambiarse el nombre para emprender una nueva vida

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“La verdad es que la famosa espada del Libertador Simón Bolívar resultó pesada, sin filo, no cortaba los arbustos como yo quería”, escribe Sebastián Marroquín en Pablo Escobar, mi padre sobre uno de los regalos que recibió del capo cuando apenas tenía 8 años de edad.

Fue robada por la guerrilla del M-19, que se la regaló al narcotraficante. Cinco años después tuvo que ser devuelta por los insurgentes como gesto de buena voluntad durante la desmovilización de los irregulares.

Para Marroquín atrás quedaron esos años de opulencia. Su niñez la vivió en medio de fiestas extravagantes y rodeada de excentricidades como tener un zoológico en casa, un lujo que se podía dar Escobar gracias a un negocio que desarrolló sin muchos contratiempos hasta que comenzaron los enfrentamientos con otros grupos y el Estado.

Le gustaría volver a tener una moto, vehículo que le obsequió su papá cuando aún era un niño. Nada lujosa. Solo una. Ese es uno de sus deseos más mundanos. El principal tiene más trascendencia: “Espero que cuando llegue el momento de partir se haya consolidado un legado de paz para mi hijo y mi familia. Que con mi generación termine todo vestigio de violencia”, indica el autor del libro que se encuentra a la venta en Venezuela.

Fue bautizado como Juan Pablo Escobar, pero decidió cambiarse de nombre para comenzar una nueva vida. “Soy Sebas en mis círculos íntimos”, afirma.

Cuando se le pregunta si siente temor de represalias de los que fueron enemigos de su padre responde: “Sucederá lo que tenga que suceder”. 

Lo peor ya pasó. Las cuentas con los cabecillas de los grupos de narcotraficantes están saldadas. “Aprendimos a tranquilizarnos. Nos libramos de aquellos momentos en los que la muerte rondaba”, señala.

A algunos de ellos se los ha encontrado en la calle y no ha desaprovechado la oportunidad para pedir perdón. “Ellos también lo han hecho por el daño que causaron. Los guerreros se cansan de pelear y hay que darle espacio a la paz”.

Uno de los momentos más difíciles de su vida fue cuando apenas siendo un adolescente tuvo que viajar a Cali para reunirse con los capos que se enfrentaron con su padre. Quería convencerlos de que no buscaría venganza ni tomaría las riendas del negocio que hizo poderoso a quien durante años mantuvo en zozobra a un país.

“Tuve que visitar lo que podía ser mi propia muerte. Las posibilidades de sobrevivir eran si acaso de 1%. Eso me definió. Estaba dispuesto a morir porque no quería huir más de los delitos y pecados de mi padre. Desde entonces, tomé la decisión de aprovechar cada minuto. Hace poco cumplí 38 años. Siempre digo que llevo 22 años extras”, dice en referencia al tiempo que ha pasado desde aquella tensa reunión.

Tiene una misión, contar tantas veces como sea posible lo ocurrido para que nadie se vea incentivado a seguir los pasos de Pablo Escobar. Se dedica a dar conferencias. Es arquitecto, pero la gente lo contrata poco por su ascendencia.

Su misión también requiere de cambios en políticas. Espera que llegue el momento en el que los líderes replanteen sus estrategias contra el narcotráfico. “Hasta ahora lo único que han hecho es generar la aparición de personajes como mi padre. El negocio no ha retrocedido ni un solo milímetro. El mundo conoce las políticas que no son acertadas. El actual propone enfrentar un problema de salud pública por la vía de la fuerza, la violencia y la muerte”.


Traición familiar. Cuando en 1993 murió Escobar, la esposa del capo tuvo que negociar con los jefes de la mafia. Ellos querían cobrar por los daños que causó la guerra entre carteles y recuperar el dinero invertido en acabar con la vida del narcotraficante. Fueron momentos tensos, que empeoraron al descubrir la traición de su familia paterna, pendientes del dinero que su papá había dejado. “Es lo más revelador, cómo vendieron a mi padre de esa forma tan descarada. Ese es el dato que nadie conocía y que no se iba a saber si no lo revelaba. No tengo rencores por eso”, indica.

Otro momento difícil fue cuando se reunió con los hijos del candidato a la Presidencia Luis Carlos Galán y el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, ambos asesinados por orden del mafioso. “No es fácil mirar a los ojos a las víctimas de tu padre. Sin embargo, recibí de ellos una enorme generosidad en su capacidad de reconocerme como individuo”.

Si bien su padre es visto como un símbolo del terror de una época, Marroquín asegura que solo recibió amor de su parte. Destaca su astucia, así haya sido utilizada para llevar a cabo un negocio ilegal. “También rescato su solidaridad con los más pobres y olvidados del Estado colombiano”. Sin embargo, no está de acuerdo con el mito que hay alrededor de su figura.