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Samantha Castillo reivindica la individualidad

Samantha Castillo | Foto Leonardo Noguera

Samantha Castillo | Foto Leonardo Noguera

La actriz protagoniza Pelo malo, filme en el que interpreta a Marta, una mujer que teme que su hijo sea “diferente”. El personaje le ha valido reconocimientos internacionales

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Sentada entre el corneteo que enmudece el resto de los sonidos, Samantha Castillo habla de Marta. De cómo le duele Marta, de cómo la buscó sin miedo. Se recoge el cabello; lo suelta. Lo amarra de nuevo y se acomoda unos rizos rebeldes. De cuando en cuando sus ojos inmensos se aguan. Tal vez una risa nerviosa. Vuelve a Marta y a su relación con su hijo Junior, que quiere ser como una estrella pop y alisarse el Pelo malo.

La actriz de teatro llegó al casting del filme dirigido por Mariana Rondón y producido por Marité Ugas –que se estrenará en el país el 16 de mayo– por un encuentro fortuito en Unearte. Había visto Postales de Leningrado y El chico que miente y deseaba  trabajar con la dupla de realizadoras. Acumulaba audiciones sin resultado y una participación en Libertador Morales. Pero esta vez fue distinta.

“Después de la primera audición me llamaron al mes y me informaron que estaba preseleccionada, pero que tenía que adelgazar, dejarme las cejas sin sacar, no pintarme el cabello, no llevar sol. Hice una segunda prueba e insistieron en que rebajara más. Dije: ‘Bueno, ¡estoy lista para el Miss Venezuela!’. Fui a la última audición y ahí Mariana me dio la noticia. Lloré. Grité”. Su entrega le ha valido reconocimientos como el Premio a la Mejor Actriz del Festival de Montreal más reciente.

–Más allá de la alegría, ¿qué significan los galardones?

–Es emocionante saber que tu trabajo le importa a otros, que le dan un valor. Es gente que ha visto a miles de actores y en esta oportunidad me da el honor a mí. Lo que puedo decir es ‘¡Gracias, Señor!’ y seguir pa’ lante.

–¿Cómo construyó el personaje?

–Fue una búsqueda creativa. Mariana proponía improvisaciones. Los impulsos de los personajes emergían de una manera muy orgánica. Fue un proceso centrado en lo más puro de las sensaciones. De nuestros lugares de luz, de oscuridad. La existencia de Marta y de Junior depende de sus relaciones más íntimas, de sus frustraciones. Ellos están en un contexto que se los traga. Luchan por defender sus deseos.

–¿Qué siente Marta?

–Es una mujer con muchas limitaciones que tiene un objetivo claro: proteger a sus hijos, tener un trabajo para mantenerlos y sobrevivir en un contexto hostil. Cuenta con pocas herramientas y se agarra de lo que puede. Es muy básico, pero allí es donde está la complejidad del personaje.

–La película maneja elementos como el prejuicio hacia la homosexualidad…

–No creo que Marta sea homofóbica. Tiene miedo de que su hijo sufra, de que padezca en una sociedad donde no está bien visto romper con las reglas de la procreación. En esta historia hay temas que subyacen y es importante trabajarlos en un momento en el que la individualidad se pierde. Hay que reivindicarla.

–La individualidad se niega cuando las opiniones son atacadas, como le sucedió a la directora.

–Mariana es una adulta responsable, inteligente, un valor de este país. Ella tiene el derecho de decir lo que piensa. Yo creo en esta película. Creo que es necesaria porque no manipula. Muchas veces tenemos miedo de decir lo que sentimos y pensamos por no encajar, por ser acusado de pertenecer a un bando u otro. Creo que es fundamental que te encuentres con esta historia y te resuene en la intimidad.


El teatro

Samantha Castillo comenzó a hacer teatro a los 18 años de edad, cuando salió del liceo. En ese momento vivía en Los Teques y allí empezó un taller. Se fue a Caracas y estudió en la Escuela Juana Sujo, atendió a un programa de formación de la Compañía Nacional de Teatro y a talleres del Grupo Actoral 80, con el que participó en Acto cultural, El matrimonio de Bette y Boo y Cinco mujeres con el mismo vestido. Interpretó a Yoli en Jazmines en el Lídice de Karin Valecillos, producida por Tumbarrancho Teatro. Actualmente trabaja en un personaje de Los navegaos, pieza de Isaac Chocrón que dirigirá Michel Hausmann y se reestrenará en febrero. “De adolescente tratas de encontrarte a ti mismo, de buscar el camino que debes seguir respondiendo a la voz de tu conciencia. Siempre tuve inclinaciones hacia las humanidades y quería ser actriz. Creo que hallé el espacio en el que me siento cómoda conmigo misma”, dice.