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Ryan Gosling estrena un delirio de estética vintage en Cannes

El director y actor canadiense Ryan Gosling | EFE

El director y actor canadiense Ryan Gosling | EFE

Gosling se pone por primera vez detrás de la cámara con un filme arriesgado y de autor, que destila cierta conexión con la particular Mulholand Drive, de David Lynch

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El aplaudido actor británico Ryan Gosling se estrenó hoy como director en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes, con Lost River, que propone un delirio visual vintage sobre la deshumanización en medio del caos y el abandono.

Tras ganarse una sólida reputación como actor en Drive, de Nicolas Winding Refn; Half Nelson, de Ryan Fleck; o Blue Valentine, de Derek Cianfrance, Gosling se pone por primera vez detrás de la cámara con un filme arriesgado y de autor, que destila cierta conexión con la particular Mulholand Drive, de David Lynch.

En un pueblo que se muere, Billy (Christina Hendrix) intenta sacar adelante a su bebé y a su hijo adolescente (Lain de Caestecker), mientras todos los que han podido han abandonado ese lugar, en el que las casas arden y se derrumban sin que a nadie le importe. Un mundo donde perro come perro.

Alentada por un banquero (Ben Mendelsohn) y para salvar la hipoteca de su casa, Billy aceptará a ciegas un empleo en un inquietante club de variedades regentado por Cat (Eva Mendes) al que se entra por una puerta que emula las fauces de un monstruo y donde el público aplaude la sangre en el escenario.

“Todo el mundo busca una vida mejor. Quizá un día la encontremos", se escucha durante la película, que coproduce el propio Gosling (Londres, 1980). Mientras tanto, su hijo mayor roba cobre y repara el coche que un día le sacará de ese pozo de abandono carnavalesco mientras cuenta las horas con su amiga Rat (Saorise Ronan), otro personaje extraviado cuya mascota es una rata amaestrada. Recurrentemente intentarán esquivar a Bully (Matt Smith), un sádico que se pasea en un descapotable blanco con trono de terciopelo azul que conduce un secuaz con el rostro desfigurado.

Se trata de una inquietante película de una hora y tres cuartos con garra, una cinta compleja que no está llamada a seducir a audiencias generalistas. Gran parte de la atmósfera de la cinta emana de su cuidada y poderosa fotografía, que firma el belga Benoit Debie, el mismo que fabricó las imágenes de Spring Breakers, de Harmony Korine, y de Irréversible, de Gaspar Noé, que también se proyectó en el Festival de Cannes en 2002.