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Rosana: No escribo por oficio pero sí por deseo

La cantante española Rosana

La cantante española Rosana

La cantautora canaria, responsable de hits como “Si tú no estás aquí”, ofrecerá un par de shows en el Centro Cultural BOD-Corp Banca para promocionar el álbum ¡Buenos días, mundo!

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Rosana Arbelo es una de esas artistas que habría salido en la primera vuelta de cualquier reality cazatalentos. Su arte está en una capa más profunda que la espectacularidad o el frenesí efímero. Sin embargo, la mujer que nació en Lanzarotes, Canarias, hace 48 años, tiene en su hoja de vida el acierto de haber cautivado al mercado español desde su debut.

Es una cantautora de melodías entrañables, que pasan por la balada y coquetean con el reggae, el pop y el rock. Ha estado en contacto con Latinoamérica desde Lunas rotas (1996). Esta vez cruzó el océano usando como excusa su noveno álbum, ¡Buenos días, mundo!

Inicialmente presentaría un solo show mañana en el Centro Cultural BOD-Corp Banca, pero la función se agotó, por lo que se dispuso una nueva cita, que será esta noche en la misma locación y a la misma hora. A través del teléfono, explicó que mostrará temas de su trabajo más reciente y ofrecerá una suerte de resumen de su material. Al final, dejará que el público diga lo que quiere escuchar.

—¿Qué memorias guarda de sus visitas a Venezuela?

—Me siento afortunada por venir a este bonito lado del mundo y compartir canciones con un montón de gente. No me quejo ni un poquito. Sí recuerdo que actué a guitarra y voz y también con la banda. Hace tiempo que nos debíamos un concierto y muchos abrazos. Siempre ha sido muy entrañable el recibimiento. Venezuela es considerada la octava isla del sitio del que soy.

—Precisamente Pedro Guerra, que es de Tenerife, decía que existen muchas similitudes entre Canarias y Venezuela...

—Una vez escuché una cosa muy bonita: que Canarias es una especie de barco que no se sabe si va o viene. Tenemos una mezcla y creo que en algún momento Canarias estuvo aquí y algún tsunami nos llevó hasta allá, o viceversa (risas). Creo que tenemos mucho que ver.

—¿Cómo se dio esa evolución de ser una especie de trovadora a lucir más como artista pop?

Uno necesita tiempo para aprender a exponer lo que quiere. Cuando hice Lunas rotas había estado mucho tiempo componiendo, pero nunca había cantado para la gente. Ese disco fue muy bonito porque me abrió las puertas de cero a cien. Fue todo muy rápido. Más que un cambio, diría que fue un avance natural, una necesidad de ir encontrándome cada vez más con lo que realmente quería hacer. Lo que me pasó con mi debut no le pasa a todo el mundo en el primer álbum. Generalmente el artista ya tiene muchas experiencias, pero yo era una novata con las exigencias de alguien que tiene cierto recorrido.

Lunas rotas la llevó de ser una persona que escribía canciones a ser una de la que se espera que produzca muchas buenas canciones...

—Sí, fue algo bastante loco. A partir de ahí surge una exigencia que se acaba convirtiendo en algo natural. Es curioso. Cuando sacas un disco que a la gente le gusta mucho, después quiere más. Me pasa a mí misma como público. Al final tendemos a normalizar las cosas. La verdad es que ese álbum fue algo muy especial. Sin embargo, me quedo más con el momento que estoy viviendo ahora. No es que sepa mucho, pero he aprendido algo.

—¿Qué sensaciones experimenta cuando el público se apropia de los temas?

—Para mí una canción no está terminada hasta que no la comparto. No se me ocurre algo mejor que escribir obras para que dejen de ser mías y empiecen a ser de los demás. Vuelcas la verdad de lo que sientes y piensas y eso se convierte en un asunto compartido. Si las canciones no se comparten, no merecen la pena.

—¿Cómo describiría el proceso creativo que llevó a ¡Buenos días, mundo!?

—Yo no sé escribir por oficio pero sí por deseo. No sé modelar lo que luego va a ser una canción. Cuando compongo uso poco la cabeza y mucho el deseo de expresar lo que siento. Paro todo lo demás. No estoy de gira de conciertos ni promocional. Sino 24 horas sangrando en un papel en blanco. Una vez que termino, cuando siento que no tengo nada más que contar, me planteo empezar a grabar y me siento con los compañeros y la familia a decidir el repertorio. Se encara así, pero el proceso de componer es absolutamente libre y anárquico. No sabría hacerlo de otra manera.