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Ricardo Azuaga: Ha habido dinero, no una política de Estado para el cine

El docente universitario Ricardo Azuaga critica la nueva Ley de Cultura por su carácter decimonónico, cursi, ambiguo y centralizador / Omar Véliz

El docente universitario Ricardo Azuaga critica la nueva Ley de Cultura por su carácter decimonónico, cursi, ambiguo y centralizador / Omar Véliz

El docente universitario critica la nueva Ley de Cultura por su carácter decimonónico, cursi, ambiguo y centralizador: “Pareciera que ignora la Ley de Cinematografía aprobada en 2010”

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Con un pequeño televisor antiguo y un reproductor de DVD poco aptos para un aula de 40 alumnos, y con deficiencias graves de bibliotecas, textos actualizados, computadoras, conexión a Internet y comodidades generales para el profesorado, Ricardo Azuaga imparte con una mística socrática el conocimiento heredado de la tradición de maestros como Alfredo Roffé o Ambretta Marrosu. “Creo que no he hecho más nada en mi vida sino dar clases en la UCV”, admite el docente con más de dos décadas de trayectoria en el Departamento de Cine de la Escuela de Artes, aunque exagera. Además de enseñar a hacer crítica, también la ejerce. Y no solo hacia el séptimo arte.

—Una cineasta venezolana, Mariana Rondón, gana en San Sebastián, admite que cometió el pecado de mencionar a un ser superior en una entrevista y es flagelada por el aparato comunicacional del Estado. ¿Qué le parece el episodio?

—Cuando alguien se dice y se desdice tantas veces como Rondón, llega un momento en que uno no puede opinar más. Sobre el ataque gubernamental que sufrió, hay que decir una cosa muy importante: el gobierno no financia las películas venezolanas. Lo hace un fondo, Fonprocine, cuyos recursos provienen de la empresa privada y de los impuestos que pagamos los espectadores. Esa plata es de uno. En años anteriores a este régimen, los cineastas hacían cine revolucionario, o en contra del sistema, o criticando al gobierno. Nunca fueron acusados ni acosados, ni se les dijo que no se les iba a dar más dinero. Al contrario. Román Chalbaud hizo todo su cine con dinero del Estado.

—¿Generalizaría sobre el cine venezolano reciente?

—Ha habido una producción más o menos grande en los últimos años. Parece que este año ya no tanto. Pero efectivamente hay variedad temática. Lo que me preocupa, en general, es la calidad. No la calidad técnica. Los cineastas y el público tienden a confundir calidad técnica y artística. Me refiero a la calidad artística. No hablemos de la narración, que cumple el canon. Las propuestas conceptuales son muy pobres. Pocos cineastas venezolanos tienen un estilo que reconozcas como propio. Bien porque nos acomodamos a lo que pareciera ser conveniente o bien porque pareciera que no hay la suficiente cultura. Cultura en el término más amplio de la palabra. Para ser cineasta tienes que ser muy, muy culto. En Esclavo de Dios, de Joel Novoa, hay una propuesta no digamos política, sino ética. Alejandro Bellame también ha ofrecido una propuesta narrativa, estilística y conceptual.

—¿Leyó la Ley de la Cultura?

—Quedé asombrado por lo cursi del texto. Una retórica decimonónica cursilísima. Salvo los cuatro últimos artículos, ahí no hay legislación de ningún tipo. El resto son definiciones, ambigüedades, generalidades. Y una cantidad de cosas que quedan a discreción de los entes gubernamentales. El poder que se le da al gobierno es muy grande. Pareciera que la Ley de Cine aprobada anteriormente no existiera. Diría que es una ley chapucera.

—¿Valora la imparcialidad del CNAC?

—Una política de Estado como tal para el cine, o para la cultura, no existe. Se trató, antes de la presidencia de Chávez-Maduro, y tampoco funcionó mucho. Lo que ha habido es dinero. Eso da para hacer producciones. Da la impresión de una gran bonanza en el cine venezolano. Pero una política cinematográfica real no existe. Sí, yo creo que en el CNAC todavía hay cierta diversidad. No porque sea una institución modélica, sino porque heredó una normativa del Fondo de Fomento Cinematográfico, que fue un proyecto de la descentralización política y económica muy importante. Eso sí fue democrático y modélico para toda Latinoamérica, cuidado si el mundo entero. Con esa normativa es muy difícil que el gobierno, cualquiera que sea, pueda imponer su punto de vista. Pero eso también ha ido degenerando. Un ejemplo es lo que pasó con Esclavo de Dios: el CNAC impuso un corto pro-palestino muy malo a un filme que no era pro-judío.

—¿Se hace cine histórico bajo la lectura de una parcialidad política presente?

—Hay dos cineastas que son claras ilustraciones del fenómeno en Venezuela. De Román Chalbaud no podemos decir que sufrió presiones de los gobiernos del período anterior a Chávez para que realizara cierto tipo de películas. Hizo el cine que le dio la gana. Nunca se interesó por la historia. Pensaba en las clases sociales. Y fue un duro atacante del sistema. Cuando el partido que él apoya llega al poder, Chalbaud se interesa repentinamente por la historia. Eso es llamativo. El caso de Luis Alberto Lamata también es desconcertante. Porque Lamata hace una película, Jericó, en la que voltea completamente la historia oficial de la Conquista. Cuando uno ve Miranda regresa y Bolívar, el hombre de las dificultades, piensa que es otro cineasta.

—¿No le podemos conceder a un creador de izquierda la buena fe de que él considere que han llegado los buenos al poder?

—Somos muchos los venezolanos que, a lo largo de nuestras vidas, ya un poco largas, nunca hemos estado con ningún gobierno. Siempre hemos estado en contra. Nunca estuvimos a favor de Carlos Andrés Pérez, tampoco de Caldera, o Herrera, o Lusinchi. Nunca votamos por un ganador. Especulo que si mi candidato hubiera llegado al poder, igual lo hubiera criticado. Estoy esperando que gane un candidato para empezar a hablar mal de él. Esa es una labor del artista. Tiene que ser contestatario. Un pensador de izquierda aún más. La realidad nunca es bonita. En el momento que te alías al poder y te conviertes en el pensamiento hegemónico, dominante, ya no puedes cambiar nada. No te conviene que nada cambie. Cuando la utopía se vuelve ideología y poder, ya no es utopía. Todo cineasta está en su derecho de exponer la ideología que quiera. El problema es cuando eso se convierte en doctrina. El arte no puede ser adoctrinador ni aleccionador.

Espectador privilegiado

Está en contra del crítico de cine que se instala en una torre de marfil para predicar que él y sólo él, formado académicamente para ello, está capacitado para opinar sobre una película. “La posición que tenemos en el Departamento de Cine, los que hemos sido formados por Alfredo Roffé y Ambretta Marrosu, es la contraria: el crítico no es la autoridad, no es la voz de Dios que impone, no es el que orienta a un espectador menor de edad”, dice Ricardo Azuaga, un egresado de la Escuela de Artes de la UCV que empezó a impartir clases prácticamente con la toga puesta. “Marrosu dice que el crítico es básicamente un espectador. Un espectador privilegiado, porque puede exponer su opinión públicamente y firmarla. Con Internet y las redes sociales, ese privilegio cada vez se amplía y democratiza más. Hay estudiantes aquí haciendo crítica, y muy buena, en medios alternativos. Debería, eso sí, ser una persona culta, que sepa argumentar, que haya visto cine, pero que sepa también de otras cosas en la vida, no solo de películas”.