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Piratas en la era del e-mail y las brechas brutales entre ricos y pobres

Foto Archivo

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Inspirada en hechos reales cuestionados por algunos de sus protagonistas, Capitán Phillips muestra, en medio de un suspenso trepidante, el contraste entre un marino mercante estadounidense y sus famélicos secuestradores somalíes 

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Uno tiene nombre y apellido: Richard Phillips. Los otros responden a bisílabos como Muse, Hufan, Bilal, Najee o Elmi, que solo hacia el final de la película pueden asociarse con rostros específicos. Uno tiene casa con jardín, familia, automóvil, conexión a Internet y planifica un futuro. Los otros mascan khat (hojas de efectos estimulantes) para sobrellevar un tránsito de calor, hambre, polvo y violencia.

A través de la historia de un marino mercante estadounidense y sus famélicos secuestradores (tan flacos como un ganador de maratón o una momia de faraón), unos piratas modernos de Somalia de escasa relación con el romanticismo de Jack Sparrow, la película Capitán Phillips muestra el contraste entre una nación desarrollada y algo que no es ya tercer mundo, sino quizás quinto. Una brecha tan brutal que por momentos hace pensar en dos subespecies diferentes de la misma raza humana.

Protagonizada por Tom Hanks e inspirada en acontecimientos reales ocurridos en abril de 2009, Capitán Phillips no es sin embargo un filme de denuncia social, como parece asomar por momentos, sino sobre todo uno de suspenso canónico de Hollywood y de exaltación de los valores estadounidenses, entre ellos los de su aparato militar, como queda claro ya bien adentrados los minutos.

Se habló antes de Jack Sparrow, el personaje de Piratas del Caribe, y la verdad es que un barco contemporáneo de carga tampoco guarda mayor vínculo con las aventuras decimonónicas de Russell Crowe en un filme como Capitán de mar y guerra (2003). A través de un e-mail, Richard Phillips (interpretado por Hanks) recibe un alerta sobre la amenaza de piratas, que no van en un velero de bandera negra con una calavera y dos tibias, sino provistos de fusiles en unas lanchitas aparentemente inofensivas frente a un buque de 17.000 toneladas.

Las negociaciones que siguen a continuación incluyen aspectos tan pragmáticos como el sindical: a la veintena de tripulantes de la embarcación con destino a Kenia no se les paga para defender la carga de asaltantes. Sin embargo, mar adentro siguen preservándose ciertos códigos no escritos, como aquello de que los marineros nunca dejan solo a su capitán, o viceversa.

Solo entre el más joven de los piratas, herido en uno de sus pies descalzos, y Phillips, parece despertarse un mínimo de la humanidad que a veces genera la convivencia forzada. “Tiene que haber algo más que pescar y secuestrar”, sondea en algún momento el capitán a uno de esos hombres embrutecidos, derivados en fieras de rapiña no demasiado diferentes a los que merodean por electrodomésticos en otros puntos del trópico. “Quizás en Estados Unidos”, recibe como respuesta.  

Siempre es necesario advertir que toda película es una recreación artística, incluso cuando imita acontecimientos tan recientes y documentados como los de Capitán Phillips. El director Paul Greengrass (el mismo de dos filmes de la saga Identidad desconocida y de Vuelo 93) tomó como fuente el libro autobiográfico del propio Richard Phillips, cuya profesionalidad y coraje han sido puestos en duda por algunos de sus tripulantes, entrevistados por el diario New York Post.  

Capitán Phillips

Suspenso. Estados Unidos, 2013

Director: Paul Greengrass

Reparto: Tom Hanks y Barkhad Abdi

Desde mañana en cines