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Pérez Zúñiga: “La belleza es lo que anula y mejor reconcilia a los contrarios”

Una obsesión que Pérez Zúñiga comparte con su personaje es la necesidad de crear una obra de arte perfecta | Foto Williams Marrero

Una obsesión que Pérez Zúñiga comparte con su personaje es la necesidad de crear una obra de arte perfecta | Foto Williams Marrero

El autor español escribe sobre el músico que en 1713 soñó que el diablo le dictaba una melodía

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En La fuga del maestro Tartini, Ernesto Pérez Zúñiga estructura una biografía ficticia del compositor y violinista italiano Giuseppe Tartini, quien pasó a la historia porque en 1713 soñó que el diablo le dictaba una melodía y al despertarse la convirtió en la partitura de El trino del diablo. De esta manera, el autor nacido en Madrid en 1971 y criado en Granada vuelve sobre el antiguo mito fáustico, en el cual la promesa de Mefistófeles no es el conocimiento, como en la célebre obra de Goethe, sino lograr la belleza a través de la música.

“Siempre me ha interesado el motivo de Fausto porque se refiere al ansia de conocerlo todo. En el caso de Tartini, se trata de una ambición por crear la obra de arte más bella del mundo y esto es interesante para mí, desde el punto de vista literario, porque quisiera lograr lo mismo con la escritura”, indica Pérez Zúñiga, para quien la angustia del escritor es un tema recurrente. La obra se presentará hoy en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.

Como su novela anterior, El juego del mono, este libro muestra la ambivalencia de encontrar la parte más diáfana unida a la oscura del ser humano. “Me interesa lo consciente, lo inconsciente y, por supuesto, los sueños, desde el punto de vista de la psicología del personaje y también desde sus acciones para mirar cómo el bien y el mal andan juntos en todo lo que hacemos y cómo se armonizan, pues la belleza es lo que anula y mejor reconcilia a los contrarios”, señala el escritor que se vio subyugado por el personaje de Tartini desde que escuchó su música y descubrió que sus dotes de espadachín lo habían ayudado a desarrollar la movilidad necesaria en las manos para tocar el violín como un virtuoso.


Estar en personaje. El protagonista de la novela que ganó el Premio de Narrativa Torrente Ballester en España está más cerca de un héroe romántico que de un músico del barroco. Esto lo agradecerá el lector porque el libro está lleno de duelos con espadas, huidas intempestivas y líos de faldas que recuerdan a los mejores clásicos de aventura.

“Tuve una fusión total con el personaje conforme iba descubriendo su biografía como a los piquitos de una montaña. Debajo de esa cadena montañosa de realidades todo es invención mía. El Tartini real fue un adelantado a su tiempo, un pre-romántico en la música y un rebelde en su vida, porque siempre estuvo huyendo: de sus padres, de su mujer e, incluso, de su éxito. Allí agregué yo mi propio romanticismo, en especial esa indagación en la necesidad de crear algo realmente hermoso sobre el conocimiento de mundo”, dice el autor, que mientras escribía la novela llegó a imaginarse a sí mismo como al músico –“incluso llevando en la cara su gran nariz”, bromea–, lo que, asegura, fue una buena estrategia para escribir en primera persona y hacer real las memorias de un viejo del siglo XVIII.

A la voz que escribe la biografía se le suma otra que mira los hechos con la perspectiva del presente. Así se crea un desdoblamiento que hace alusión a la definición musical de la palabra “fuga”, al referirse a una composición que gira sobre un tema y su contrapunto, repetidos con artificio por diferentes tonos. “Ese doble sentido es la parte fáustica del autor”, confiesa Pérez Zúñiga. “Allí ese narrador es un diablo sui generis que está enamorado de la música de Tartini y le ayuda a cumplir su propósito en la vida, uno que él mismo desconoce”.

El también autor de poemarios como Cuadernos del hábito oscuro y Calles para un pez luna revela que uno de sus objetivos era anular el concepto de tiempo en la novela, también el de narración tradicional e incluso la muerte, que solo ocurre a través de la consecución de una obra de arte. “Durante su búsqueda de la belleza, Tartini va perdiendo toda su identidad y termina siendo solamente música o sonido y esa belleza cruza el tiempo y lo anula, lo vence”, concluye el escritor que quizá quisiera terminar sus días convertido en un libro.