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Pablo Montoya: “Debe haber diálogo entre Estado y propiedad privada”

El autor cree que un gobierno que no conviva con la oposición puede caer fácilmente en el totalitarismo | FOTO HENRY DELGADO

El autor cree que un gobierno que no conviva con la oposición puede caer fácilmente en el totalitarismo | FOTO HENRY DELGADO

El escritor colombiano que recibirá el domingo el Premio de Novela Rómulo Gallegos está en contra de los extremismos. En Tríptico de la infamia trata el tema de las exacerbaciones religiosas y la Conquista de América

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Pablo Montoya camina las calles de Caracas por primera vez. El miércoles lo llevaron a la plaza Bolívar, la Biblioteca Nacional, al Panteón, a lo que llaman el casco histórico. “He tenido la oportunidad de ver varios edificios coloniales y republicanos. Siento que entré en el corazón de la ciudad”, dice el autor de Tríptico de la infamia, obra por la que ganó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos que recibirá el domingo.

El escritor recibe a los periodistas en la sala Arturo Uslar Pietri del Celarg. No se predispone, a pesar de tener un grabador adicional al del entrevistador en frente. Quieren tener registro de todo lo que el autor colombiano declara a la prensa.

—¿A simple vista podría pensarse que Tríptico de la infamia es una historia de buenos y malos, los conquistadores y los indígenas en América, así como los cristianos y los protestantes en Europa?
—Sobre la conquista de América y las guerras de religiones se ha escrito bastante. Es cierto que mi escrito es una crítica al catolicismo, aunque no pretende ser la novela de un protestante. Soy ateo. Me simpatiza un poco el budismo, pero es una forma de vida. Las religiones monoteístas son imposturas elaboradas por instituciones. Con respecto a la Conquista de América es una crítica a lo hecho por los españoles. Tampoco es que crea que la hecha por los protestantes fue mejor. Como escritor pienso que la Conquista fue un crimen, una tragedia humana. La novela va en esa dirección. Sí valoro el mestizaje que produjo ese crimen. También destaco que aún no estamos a salvo de los extremismos religiosos.

—¿Cuáles serían esos extremismos?
—Es evidente que el islámico, locos de la religión. Otro es el de los judíos en Israel. Las sectas regadas en toda América. Soy un defensor del individualismo y las religiones son gregarias. Hay que convivir con ellas de la mejor manera, pero son fuertes. Hay infamias como las ventas de armas, el sacrificio de animales para alimentarnos, el negocio de la farmacopea occidental, el narcotráfico, la mentira de que hay que prohibirlas para favorecer un negocio y una guerra.

—Recientemente afirmó que se ha mantenido al margen de discusiones políticas. No suele hablar de temas relacionados con ese tema.
—He mantenido una cierta autonomía que me permite hacer crítica fuerte a ese poder que es blanco, centralista, masculino, político, que juega mucho con la sociedad del espectáculo. Mi filiación política no ha tenido alguna manifestación pública salvo algunas cartas que firmo para apoyar causas, como la de intelectuales para apoyar al presidente Juan Manuel Santos en el proceso de paz.

—Muchos de los ganadores del Premio Rómulo Gallegos han tenido un discurso vinculado con lo político y social. ¿Cómo se define usted políticamente?
—Soy un hombre que simpatiza más con la izquierda que con la derecha. Eso no está exento de críticas. No soy un militante de un partido. Guardé cierta simpatía por el Polo Democrático, pero me desanimó su extravío y corrupción. Abomino completamente a la derecha colombiana. Más bien trato de guardar cierta simpatía por los grupos alternativos, los movimientos ecologistas. Apoyo las luchas de las minorías étnicas y sexuales.

—¿Cómo ve el proceso venezolano un vecino colombiano que simpatiza con la izquierda?
—No lo conozco muy bien. Me parece que es un país muy polarizado. Esas situaciones hay que vivirlas para comprenderlas. He seguido como todos los latinoamericanos el desarrollo del chavismo. He apreciado algunas propuestas, critico otras. Considero que los gobiernos deben convivir con la oposición de la mejor manera. Un gobierno que no lo haga puede caer fácilmente en el totalitarismo, pero no podría decir con claridad que pienso esto y esto sobre el país. Lo que uno lee en la prensa son miradas particulares. Algunos lo defienden, otros lo critican. Preferiría arrojar una opinión después de vivir y hablar con la gente. Apenas llevo dos días acá. Sí creo que debe haber un diálogo entre Estado y propiedad privada.

—¿Reivindica el arte como registro de la historia?
—Sí. No me gusta el panfleto, pero me parece que el arte se debate entre la búsqueda de la belleza y el encuentro del horror. Creo que lo he hecho en varios de mis libros. No digo que es la única fórmula válida.

—¿Qué opina entonces cuando el arte es complaciente?
—Me suscita mucha sospecha. Soy muy crítico con la literatura comercial, la del mercadeo, especialmente con la que se hace en Colombia. No estoy en ese rango. Una parte de los lectores latinoamericanos leen autoayuda, que leí mucho porque me enfermé. Quiere enseñar a ser feliz y la felicidad en la literatura hay que tratarla muy bien. La gran literatura es desgarradora, desolada, una apuesta por la reflexión frente a situaciones extremas de dolor. La manera en que la comercializan me parece aún más sospechosa.

—¿En qué arte está mejor registrada la historia latinoamericana?
—Hay momentos excelentes en varias. Soy un amante de las pequeñas formas menores de la música popular, del danzón, el bolero, la danza cubana, el pasillo, el joropo venezolano. Ahí está la esencia de la sensibilidad y los sentimientos de las sociedades. No creo que sean grandes las óperas de acá. Son fiascos. El cine tiene grandes testimonios de la dictadura en Argentina, la Revolución cubana. Aún en Colombia no tenemos un buen cine sobre la violencia en el país, a pesar de algunos aciertos. La literatura ha mostrado con mayor madurez, contundencia e impacto internacional todo lo que somos como colombianos.

—¿Cuáles escritores venezolanos han sido inolvidables para usted?
—El primero es Ramos Sucre, gran poeta modernista con una existencia trágica. Me gusta mucho Rómulo Gallegos, a quien leí en bachillerato. La poesía de Vicente Gerbasi y Eugenio Montejo. La obra narrativa de Arturo Uslar Pietri. Leí hace muchos años Rajatabla de Luis Britto García y cuentos de Salvador Garmendia y José Balza. Me dijeron que hay un gran poeta llamado Gustavo Pereira.

—¿No es un sacrilegio que un escritor colombiano diga que Gabriel García Marquez está sobrevalorado?
—(Risas) Desde hace muchos años era ubicuo. Solo se hablaba de él, lo que decía era siempre verdad en todos los terrenos. Hay gente que piensa que la gran literatura colombiana nació con él. Eso es imposible. Eso me parece absurdo. A él le decían “García Marketing”. Ese mundo me genera distancia, la admiración exacerbada. Hay que valorarlos desde una visión literaria y no tan espectacular. Ocultó la literatura de todo un país. Hay que cometer un parricidio simbólico. Él recreó espectacularmente un mundo rural. Cuando se acerca a la ciudad colombiana moderna es errático, no la comprende.

—¿Dónde comprará la casa con el dinero que recibirá por el premio?
—En las afueras de Medellín, que es donde vivo. Vamos a ver si la consigo.