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Orlando Arocha: “La ópera nacional necesita un revolcón de nuevas estéticas”

“No hay concepto de temporada. Se ha perdido porque no sabemos qué va a pasar mañana. El venezolano es un ser de incertidumbres”. Orlando Arocha | Foto Henry Delgado

“No hay concepto de temporada. Se ha perdido porque no sabemos qué va a pasar mañana. El venezolano es un ser de incertidumbres”. Orlando Arocha | Foto Henry Delgado

El director del Teatro del Contrajuego lamenta que el Teatro Teresa Carreño se haya convertido en un espacio para la política del Gobierno: “Es terrible que de la noche a la mañana te digan que viene el Presidente de la República a hacer un discurso y detengan la programación” 

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En las artes, Orlando Arocha prefiere los discursos alternativos, las propuestas de ruptura. Diálogos que más que risa despierten reflexión. El creador no sólo dirige la compañía Teatro del Contrajuego –fundada hace más de 25 años– sino que también estuvo al frente durante una década del Ciclo de Ópera Breve que se realizaba en el Ateneo de Caracas. Recientemente presentó la ópera venezolana La mujer de espaldas de Federico Ruiz, basada en un cuento de José Balza, en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. El montaje representó su reencuentro con un espacio del que estuvo alejado varios años.


–¿Cuál es la situación de la ópera en el país?

–La ópera nacional necesita un revolcón de nuevas estéticas. En otras partes del mundo hace años que se dejaron de ciertas cosas y aquí todavía seguimos con estereotipos. Y no sólo necesita renovarse en cuanto a puesta en escena, sino también en repertorio. En otros lugares la ópera se ha casado más con el teatro; los directores de escena son gente que proviene del teatro, que ha vivido la renovación. Pero en Venezuela hay pocos directores de ópera. Y los que existen no tienen una formación ni en la ópera ni en el teatro. Es una cosa a veces extraña.

–¿A qué cree que se debe? ¿Cómo se justifica la escasez de montajes?

–Obedece a que el Gobierno piensa que la ópera es algo burgués, aristocrático, eurocéntrico. Esa es una visión muy estrecha. El arte es para todo público. Creo que vivimos en un país donde se puede andar por muchos caminos y no ser estrictos. Cuando en otras partes se abren los campos de las artes y se crean formas mestizas, aquí nosotros decimos que no. Es una visión tonta. Me pregunto: ¿por qué no darle al pueblo la oportunidad de oír un Mozart? Es maravilloso y nadie lo puede negar. Si tienes un teatro para eso, ¿por qué no utilizarlo?

–Allí debería actuar también el gremio de cantantes líricos. ¿Qué sucede con ellos?

–Es un gremio sumamente difícil. Ellos tienen que entender que deben imponerse más. En el país hay muchísimo talento y se podrían hacer grandes cosas. No hay voluntad de hacerlas porque no hay inteligencia para ponerse de acuerdo.

–¿Y cuál es la respuesta del público?

–La experiencia con La mujer de espaldas es que el público llenó la sala todos los días que se montó. Quiere decir que hay un interés. Y de todos modos tú despiertas el interés de la gente. El pueblo a lo mejor no sabe quién es Mozart, pero tú se lo llevas. Hay mecanismos, lo que no hay es un Estado o una institución que se proponga afianzar la ópera. En el arte hay que tener apertura total. Negar una expresión artística es una manera de censurar que muchas veces tiene una razón política y otras de ignorancia. La ignorancia es el gran censor. Todo aquello que no entiendes, que no comprendes, que da miedo porque se cree que va en contra, se censura. Las instituciones del Estado tienen que ser abiertas y permeables.

La mujer de espaldas significó su regreso al Teatro Teresa Carreño, espacio que se dijo estuvo cerrado para algunos artistas. ¿Cree que eso es así?

–Yo estuve fuera del Teresa Carreño 15 años. No sé por qué. Creo que razones políticas. Pero yo mis opiniones no las escondo, no voy a dejar de decir lo que pienso por montar una ópera. Para ser un artista íntegro primero tienes que ser una persona íntegra. No me van a doblegar el pensamiento. ¿Por qué abrieron las puertas ahora? No tengo la respuesta, serán las personas que están ahora allá que entendieron que necesitan de nosotros.

–¿Cómo fue el reencuentro?

–Conseguí un poco deteriorada la mística. Creo que el teatro tiene muchos problemas internos y desde hace mucho tiempo, no voy a decir que es sólo ahora. Sin embargo, uno se consigue con esa gente que tiene las mismas ganas y necesidad de hacer su trabajo bien y me sentí bien recibido. No dejé de dar mis opiniones y me respetaron, por lo tanto ellos merecen mi respeto.

–¿De qué problemas habla?

–El problema fundamental es que el Teatro Teresa Carreño se ha convertido en un espacio para la política del Gobierno y se ha irrespetado la programación, la planificación. Es terrible que de la noche a la mañana te digan que viene el Presidente de la República a hacer un discurso y detengan la programación. Es muy triste que el teatro no tenga la programación ni el nivel de antes. A los que están actualmente en la directiva les toca recuperar eso, independientemente de su pensamiento político. Y ese nivel ya nosotros lo criticábamos, pero hoy en día lo echamos de menos. Antes por lo menos había algo qué criticar.

La mujer de espaldas se presentó sólo un fin de semana. Parece que en el teatro se ha perdido la idea de temporada…

–No hay concepto de temporada. Se ha perdido en general porque en el país no sabemos qué va a pasar mañana. El venezolano es un ser de incertidumbres. A lo mejor no pasa nada y lo más seguro es que la cosa se mantenga en su estatismo, que es peor, pero la incertidumbre la hemos asumido no como una angustia, sino como una manera de ser. Sencillamente planificamos para el día siguiente. No puedes decirle a un artista que va a cantar en La traviata dentro de seis meses porque a lo mejor no será cierto. Entonces el cantante no se prepara sino cuando ve que a las dos semanas le toca, y es ya un poco tarde para ensayar mejor. Y eso ocurre con todo. La planificación en Venezuela no es un acto de gerencia, sino de fe.

–Si hablamos de ciclos, ¿en qué estación se encuentran el teatro y la ópera?

–El teatro siento que está terminando un ciclo, que se acabó una forma de pensar el teatro. Por un lado está el teatro comercial, que se expande, y por otro el del Gobierno, que es ideológico. En el medio estamos nosotros y otros grupos que hacemos cosas alternativas, mantenemos esa llama olímpica de esta carrera interminable. Cuando pase la oleada, son los grupos que sobrevivirán, que van a continuar haciéndose preguntas, que es lo fundamental. Porque de eso se trata: las artes son el médico del alma, que dice aquello que no puede la ciencia, ni la política ni la religión. La ópera creo que tiene que renacer. Pero veo que hay más gente en el teatro potenciando la escena. Creo que las cabezas de la ópera tienen que ponerse a pensar en cómo hacer para que resucite esa ave de entre sus cenizas.



Apertura

Entre la escasez de espacios y un circuito teatral en el oeste de Caracas restaurado por el Gobierno, Orlando Arocha y un grupo de creadores se lanzaron a la tarea de dirigir una sala: la Caja de Fósforos, en Bello Monte. “Es mucho trabajo porque hacemos de todo, desde la limpieza del lugar hasta el montaje. Y es más complicado porque no somos una sala comercial. Pero es satisfactorio porque es lo que queremos hacer. Y más si la gente nos acompaña. El público venezolano a veces es perezoso, le gustan las cosas demasiado fáciles. Aquí no es que se lo pongamos difícil, pero es importante que haga su tarea de espectador: terminar de cuadrar la obra en su cabeza”.