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Novela de Fernando Martínez Móttola llegó a las librerías

Fernando Martínez Móttola piensa en La Mala Racha como "una ventana a la cual puedan asomarse personas en el presente o en el futuro, dentro o fuera de VenezuelFoto: Federico Prieto

Fernando Martínez Móttola piensa en La Mala Racha como "una ventana a la cual puedan asomarse personas en el presente o en el futuro, dentro o fuera de VenezuelFoto: Federico Prieto

El ingeniero que encabezó instituciones del Estado con altas responsabilidades en políticas públicas, entrega ahora con la misma pasión que asumió aquella década de 1990 una obra sensible al presente, donde el protagonista, su familia y su entorno parecen espejo fiel de un drama que está vivo en Venezuela

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La historia de La mala racha, novela que acaba de publicar Fernando Martínez Móttola, cuenta tan de cerca lo que siente una ancha franja de venezolanos en los últimos tiempos que, para quien la empieza, puede convertirse en equipaje de mano hasta terminarla: enseguida se intuyen allí respuestas y pistas que calmen tantas preguntas que laten y empujan hacia otro plan de vida, a ese duro camino de la inmigración.

Desde su primera página, esta nueva publicación editada por Fundavag Ediciones, la número 20, se detecta la disyuntiva, recargada de razones que palpitan entre tantas personas: irse o quedarse.

Aquí se cuenta, desde el corazón de un hombre honesto de alto rango profesional, la tirantez de alma que lacera a bastantes familias, y a gente de variadas edades, sembradas de ese conflicto doloroso; tal vez del mismo tamaño de las dudas y los temores de quedarse, arriesgándose cada vez más y sin certezas a corto plazo.

La narración se desliza, con un lenguaje ondulante entre la sencillez y la intimidad, describiendo esa doble cara de la moneda, como grito silencioso o asumido plenamente: ambas opciones, peligrosas y desgarradoras ocasionan cambios drásticos y revolcones de muchas vidas.

Esa confrontación interna de una u otra opción palpitante en Venezuela como nunca antes, la retrata Martínez Móttola de manera vívida, mediante una historia que mantiene la tensión, el sentimiento y el suspenso de los mejores cuentos.

Así se van recorriendo las casi 300 páginas de esta novela donde midiendo la vida, auscultando respuestas, buscando asideros y hasta consuelo, se permite el autor también adentrarse en la omnipresencia de un Estado devenido en juez y parte, que ha menoscabado la vida de unos ciudadanos, cuyos caminos va cerrando esa estrechez controladora, en los distintos ámbitos, hasta llegar a sembrar en estos personajes, temores y desconfianzas sin precedentes que les empujan a situaciones extremas.

Una ventana, pero no única

Fernando Martínez Móttola, destacado ingeniero que asumió fuertes responsabilidades en los gobiernos previos a este, ya largo, piensa en La Mala Racha como "una ventana a la cual puedan asomarse personas en el presente o en el futuro, dentro o fuera de Venezuela, a fin de observar la vida de un sector significativo, no único, de la sociedad venezolana de nuestros tiempos".

–La novela no pretende ser una historia política –precisa– sino, alternativamente, la historia de unos personajes, todos ciudadanos comunes y corrientes, dentro de un contexto político y social. Su pensamiento, sus preocupaciones, sus frustraciones, sus miedos, sus motivaciones y sus esperanzas, se manifiestan a través de la historia de esta ficción, alrededor de un dilema central, característico de nuestros tiempos: quedarse o irse del país.

Hablo –continúa– del reflejo de lo que piensa una parte de la sociedad venezolana y no toda, porque estoy consciente de que los hechos transcurridos, al menos durante las dos últimas dos décadas en Venezuela, no han sido percibidos desde la misma perspectiva por todos. Hemos vivido en un país dividido, apreciaciones contradictorias que no han logrado entenderse para lograr la convivencia necesaria. En algún momento la sociedad venezolana deberá reencontrarse, dentro de la diversidad, para poder salir del atolladero en que se encuentra".

Su final sorprendente nada rosa, rescata la fuerza de las raíces, de los móviles de vida valederos aún en medio del dolor, y recuerda cuán incompleta podría parecer a veces; pero que es en esos valores humanos universales aunque con altos costos, donde vale la pena vivir la vida. ¿Es exorcismo, esta obra? ¿Es terapia, testimonio? Tal vez todas estas y otros poderes del placer de la literatura venezolana, de cuadal crecido en estos últimos tiempos.