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Mary Poppins fue la hija bastarda de dos intransigentes

Aunque Poppins llegó a la gran pantalla, las diferencias de criterio entre Disney y Travers nunca se resolvieron por completo | Foto Archivo

Aunque Poppins llegó a la gran pantalla, las diferencias de criterio entre Disney y Travers nunca se resolvieron por completo | Foto Archivo

Emma Thompson y Tom Hanks recrean el choque entre concepciones opuestas del entretenimiento infantil

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Lo que pasó por sus manos, Walt Disney lo regurgitó hasta convertirlo en algo con frecuencia irreconocible, sometido a las reglas de su dictadura blanda. En 2004, Descubriendo el país de Nunca Jamás, con Johnny Depp, trató de explorar, más allá del personaje vestido para siempre con el trajecito verde de Disney, el origen de las fantasías del verdadero creador de Peter Pan, el escocés J. M. Barrie.

El sueño de Walt probablemente no es del todo fiel a los hechos históricos reales detrás del génesis de la película Mary Poppins (1964), lo que sería imposible (después de todo también el de 2013 es un filme en parte producido por los estudios Disney), aunque ilustra las tensiones creativas que con frecuencia se ocultan bajo ciertos íconos de la cultura popular.

P. L. Travers, extremadamente áspera escritora australiana y autora original de la nana inglesa que cuida a los niños de un banquero avaro (interpretada por Emma Thompson), sostiene una noción dual de la naturaleza humana y lo que se entiende por literatura infantil. El universo de los niños no es totalmente puro e inocente: en él cohabita también la oscuridad y la tristeza. Su talante se opone diametralmente al encantador y azucarado Walt Disney (Tom Hanks), creador del imperio del entretenimiento familiar que lleva hoy su nombre y ha fagocitado a marcas de la fortaleza de La guerra de las galaxias, Pixar o Marvel (y de cuyas granjas han brotado futuros “monstricos” como Britney Spears y Miley Cyrus).

El sueño de Walt es la historia de una negociación. Y de por qué Mary Poppins, a pesar de todo, trasciende como un producto atípico de Disney.

¿Sabía usted que la más famosa palabra de Poppins, “supercalifragilisticoespialidoso”, jamás fue escrita por Travers, y que para la escritora resultaba inconcebible una adaptación musical con bailes, canciones y colores brillantes? Aunque personajes como Ralph, el chofer de la limosina de la autora en California (Paul Giamatti), son ficticios, El sueño de Walt dispone de una base documental que puede revisar cualquier escéptico: las cintas magnetofónicas que ordenó grabar Travers con todas sus exigencias sobre la película, muchas obviadas por los creadores de Mary Poppins. En el fondo, es una revisión a dos maneras de ver la vida a uno y otro lado del Atlántico.

Para los espectadores detallistas, queda el deleite de las pequeñas pistas, por ejemplo las referencias a A. A. Milne, el creador inglés de Winnie the Pooh y las otras “víctimas”, según Travers, asfixiadas entre los peluches y globitos de Disneylandia. O la tos no precisamente sana de Disney, que anticipa un desenlace fatal a la vuelta de la esquina. El sueño de Walt quedó casi como novia de pueblo en las postulaciones del Oscar, lo que no quiere decir, en absoluto, que no sea un filme muy bien actuado (incluido un Colin Farell sorprendente en calidez) y entretenido. A pesar de la distancia que hay que guardar siempre ante las versiones de Hollywood y de los revolcones que seguro debe estar dando Travers, donde quiera que reposen sus restos.


El sueño de Walt (Saving Mr. Banks)
Comedia y drama. Estados Unidos, 2013
Director: John Lee Hancock
Reparto: Emma Thompson, Tom Hanks, Paul Giamatti
2 horas
Circuitos Cinex y Cines Unidos