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María Rosa Alonso o la veneración bellista

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El exilio venezolano de la filóloga y escritora canaria María Rosa Alonso se prolongará durante catorce años. Desde 1954 y hasta 1968, hará del país tropical su hogar físico y mental. Desde el mismísimo arribo, se aboca a la compleja tarea de conocer al país en su historia, en su cultura y, subrayadamente, en su lengua y literatura.

Su biografía venezolana exhibe señas de impostergable recordación. La María Rosa que llega ha transitado las aulas de José Ortega y Gasset, Ángel Valbuena Pratt, José Gaos, Xabier Xubiri, Américo Castro y Agustín Millares Carlo. Con este último ha cosechado una amistad que superará su tiempo madrileño de formación y que se asentará en admiraciones durante el exilio venezolano que los dos comparten (Millares llegaría al país en 1959 y lo haría su hogar físico y espiritual hasta 1974). Doctorada en filología hispánica, deja a sus espaldas la fundación del Instituto de Estudios Canarios, en 1932. Apenas pisar el país, Pedro Grases, el bellista mayor, la enrola en las tareas de la Comisión Editora de las Obras Completas de Andrés Bello y un poco más adelante lo hará también con las de Rafael María Baralt. Estudiosa de los dos humanistas filólogos, dedica al primero trabajos sobre su situación precursora de la modernidad gramatical y al segundo sobre su poesía, sus orígenes familiares y su exilio madrileño (quizá un paralelo con la propia condición que vive la filóloga).

Cautivada por la lengua de Venezuela, hará en esta materia algunos de sus aportes más duraderos. Publicará, en 1965, Apuntes de ortografía (con explicaciones de léxico); y, en 1967, su investigación venezolana más reconocida, Sobre el español que se escribe en Venezuela. En este último, instalado como clásico en la bibliografía sobre nuestro idioma, revisa con sagaz agudeza y con finura interpretativa los fenómenos más relevantes de la escritura española en Venezuela. Puede decirse que se trata de un manual de ortografía del español criollo por parte de una observadora privilegiada y de una cultivadora erudita del tema. La presentación desarrolla comparaciones con otras hablas españolas y americanas con la intención de alcanzar el más alto nivel de comprensión del español venezolano. El léxico reluce intencionalmente. Su contribución es enorme por la densidad de reflexión y la limpieza de formulación. Infaltable, entra en conocimiento personal y conceptual con Ángel Rosenblat, el mayor conocedor moderno de nuestro español y para quien la doctora Alonso tiene también destacadas notas de reflexión.

Como saldo de su período venezolano, reunirá el grueso de sus acercamientos críticos y de sus análisis literarios en un libro que es hoy una joya de la bibliografía intelectual del exilio español en nuestro país. En Residente en Venezuela (1960), publicado en Mérida por la Universidad de los Andes, como el resto de sus trabajos mayores (enclave espiritual desde donde produce sus mejores páginas), Alonso reúne un conjunto de preciosos ensayos sobre Humboldt, Codazzi, Cecilio Acosta, Gil Fortoul, Alvarado, Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco, junto a temas de inmigración, visiones de la naturaleza, sonidos del idioma y problemas nacionales. Brillan por el afán de engrandecer y por la nobleza de agradecer.

Bello será la primera vocación venezolanista de la filóloga de Tacoronte (población del norte de Tenerife). Al momento mismo de su llegada escribe para la Revista Nacional de Cultura el que será su texto miliar para acercarse al pensamiento gramatical del humanista desde la consideración general de su obra y contribución. Está claro que María Rosa Alonso ha estudiado a Bello mucho antes de llegar al país y ello le permite formar parte de la nómina de brillantes bellistas que están floreciendo en la Venezuela de mediados del siglo XX.

El artículo en cuestión lleva por título “Bello, precursor” y va a programar un seguimiento del astro desde su condición de adelantado. Queriendo o no sumarse a esta tendencia crítica, lo cierto es que formará parte de un nutrido conjunto de analistas bellistas que van a evaluar la doctrina lingüística del caraqueño como preconcepción de principios, escuelas y autores más modernos o que van a ser poderosamente significativos para la modernidad lingüística (el correr de las investigaciones sobre el Bello lingüista intentarán, como contraparte, entender sus vínculos con la lingüística de su tiempo y, principalmente, determinar la fuentes anteriores de las que se nutre y las posteriores con las que contribuye). La investigación prospectiva en torno al Bello gramático será evaluada primero por Amado Alonso y, más tarde, por sus discípulas argentinas Ana María Barrenechea y Mabel Manacorda de Rossetti y por su discípulo venezolano Ángel Rosenblat. Las unas y el otro destacarán como logro indiscutible el adelanto en la concepción del gramático en relación a las teorías más modernas de la lingüística (estructuralismo, funcionalismo, filosofía de la gramática) y a la obra de alguno de los nombres clave para entenderla: Ferdinand de Saussure, André Martinet, Otto Jespersen, Lucien Tesnière y Noam Chomsky, entre otros. Declarado o no, María Rosa Alonso va a congeniar con gran parte de estas presentaciones del gramático precursor que Bello indiscutiblemente llegó a ser.

Quiere, sin embargo, que reparemos en el concepto que Bello tenía de la lengua y de cómo su visión al respecto le ofrecía rasgos de modernidad que pasaban por superar las ideas de muchos de sus contemporáneos. Así, frente a la concepción positivista que anidaba en los comparatistas decimonónicos de segunda generación, concepción que los llevaba a definir la lengua como organismo vivo y a hacerla responder a un naturalismo exagerado (aquí serán célebres las caracterizaciones del filólogo alemán August Schleicher, que pintará de darwinismo toda su doctrina), Bello postula una explicación social y arbitraria de la lengua y la define como sistema artificial de signos, en una formulación que no hubiera molestado al mismísimo autor del Curso de lingüística general. En este marco de referencias históricas, María Rosa Alonso va a enmarcar principios tan determinantes para Bello y para toda la lingüística general e hispánica de su tiempo como lo fueron el discernimiento entre la gramática general y la gramática particular, entre la gramática normativa y la gramática descriptiva, entre la gramática lógica y la gramática de uso; señas de su filosofía de la gramática, que elabora con trazos muy nuevos y duraderos y que se desarrolla teniendo a la antinomia como eje de estructuración.

Oigamos a María Rosa Alonso sobre estos tópicos y calibremos la justeza y justicia de sus apreciaciones: “Apuntaba en este tiempo la idea del positivismo entre los comparatistas al suponer que las lenguas eran organismos biológicos; Bello viene a sustentar la creencia de que una lengua es «un sistema artificial de signos»; algo, pues, que el hombre hace y que tiene, por tanto, sus principios independientes de los de las demás. Una cosa es –dice– la Gramática general y otra la de cada idioma; la Gramática general es una creación artificial, conforme a unos principios lógicos, pero no idiomáticos, y la Gramática de un idioma dado es el estudio de esa realidad idiomática dada; lo que él reprocha a la Gramática de la Academia es que se parezca demasiado a la latina, siendo así que el genio idiomático de ambas es distinto; frente al problema que una Gramática normativa exige, su postura es la defensa del hablar común de las gentes cultas”.

Ganada por el estudio de las raíces del pensamiento gramatical de Bello y por la búsqueda de indicios relacionales entre sus ideas y las de autores cúspide de la lingüística de su tiempo y, siguiendo en ello a Amado Alonso, la filóloga canaria destacará en Bello la definición humboldtiana a partir del contraste entre ergon y energeia. Para Wilhelm von Humboldt la lengua es una fuerza cambiante y no un estado quieto, no un acto resuelto sino una energía transformadora, y ello determina su capacidad categorial y su impronta interior de sus formas (el maestro navarro ha dedicado uno de sus más hermosos escritos a esta materia, en relación con el español hablado en América y, en cierta forma, su homenaje al filósofo y lingüista alemán: «Americanismo en la forma interior del lenguaje», que incluiría en su libro Estudios lingüísticos. Temas hispanoamericanos, en 1976). En un empeño por encontrar paralelismos entre Bello y los valores previos a su tiempo o contemporáneos con el humanista americano (segunda tendencia hermenéutica de la investigación bellista moderna en materia gramatical y que recorrerán, entre otros, el propio Amado Alonso y con él, Juan David García Bacca, Emma Gregores, Arturo Ardao, Alicia Yllera, Barry L. Velleman y Josefa Dorta Luis), María Rosa Alonso suscribirá la tesis alonsina sobre el humboldtianismo de Bello (haciéndose eco también de la hipótesis en relación a la transferencia de estas ideas por la vía de Alejandro de Humboldt, al que Bello conoció en Caracas en 1800): “El lenguaje para Bello era una creación, una energía, una energía, no un ergon; ahora bien, ese fue el descubrimiento extraordinario de Guillermo de Humboldt. ¿Llegó a descubrirlo por su cuenta Bello, o, como se pregunta Amado Alonso, advertido por Anderson Imbert, sería a través de las conversaciones tenidas por el joven venezolano, con Alejandro, el gran viajero de las tierras equinocciales, que pudo haberle hablado de las teorías de su hermano Guillermo?”.

Para María Rosa Alonso, Bello se sustentará en la «energía creadora» de la lengua para salirle al paso a las tesis sobre la fragmentación lingüística del español a semejanza de lo ocurrido con el latín. Esa fuerza no se traducirá de otra manera que no sea la que proviene de la propia unidad de la lengua. Escribirá su gramática movido por un idealismo de notable potencia –un idealismo real–, amparado en la verdad de la lengua y en las posibilidades de cohesión idiomática que ella hace posible. La filóloga canaria nos dirá, sobre el particular: “Cuando Bello parece –con los positivistas– aceptar la posibilidad de que al español le pudiera ocurrir lo que al latín, sale a la defensa de la unidad idiomática, frente a unas posibles lenguas pequeñas, locales, de escasas posibilidades literarias y culturales, que restarían universalidad a esa lengua que es energía creadora: para eso escribe su Gramática; y casi pensaba a este respecto como los modernos idealistas del lenguaje”.

La impronta de Bello seguirá siendo permanente para la filóloga canaria en sus trabajos posteriores sobre lenguaje. Es el caso de la varia referencialidad que encontramos en su libro Sobre el español que se escribe en Venezuela, texto pionero en la disciplina lingüística de la «escritura», hoy tan en boga. Publicado en la ciudad de Mérida y por la ilustre Universidad de los Andes, en donde María Rosa Alonso cumplió una prolongada y memorable tarea docente y de investigación, este libro fundaría para la lingüística venezolana la exploración escrituraria, que en la idea de esta autora será, además de pormenor descriptivo, una manera de retratar la acción social de la lengua en esta faceta de su actividad. Un par de años antes, había publicado bajo el mismo auspicio editorial sus Apuntes de ortografía (con explicaciones de léxico) para uso de principiantes, y, el año anterior, sus Apuntes sobre la conjugación española, que, si bien pensados como textos auxiliares para las actividades docentes, dejarían claras evidencias sobre las preocupaciones de estudios de la lengua por parte de esta autora, siempre centradas en la materia escrita del español venezolano y en la gramática española general. El conocimiento acumulado sobre una lingüística diferencial y una lexicografía de contrastes (similitudes y diferencias entre el español general, el español de Canarias y el español de Venezuela marcarían la pauta de las investigaciones).

Al acercarnos al tratado Sobre el español que se escribe en Venezuela muy pronto nos introduce en las ideas de Bello y gracias a ellas se inicia el desarrollo de algunas temáticas de exploración: Bello y la fragmentación del latín vulgar, Bello y el tratamiento de los indigenismos en su obra de poeta (aquí produce una infrecuente relación entre el humanista y el novelista Rómulo Gallegos, figuras distanciadas en el tiempo y en el gesto que María Rosa Alonso hermana en la lengua de Venezuela, permanentemente atravesada por la contribución indigenista), Bello y la materia latinista en el español venezolano escrito.

Cierra María Rosa Alonso su interpretación de Bello al insistir en el carácter de adelantado que tuvo su gestión de ciencia gramatical y de noble humanismo literario: “Tuvo Bello atisbos geniales, sustentó y defendió teorías que suponían un avance extraordinario para su tiempo; no puedo aquí referirme sino a las más relevantes en el orden de la proximidad a lo que es mi profesión filológica y literaria. Estos atisbos marcan sus aciertos de precursor: a) en las teorías de la rima y del romance; b) en las teorías gramaticales y c) en su interpretación de la naturaleza americana”.  

Al momento de cumplirse el bicentenario del humanista, Alonso modula, en uno de los textos publicados en La ciudad y sus habitantes (1989), su veneración bellista al calificarlo como la “cabeza filológica más ilustre de habla castellana en su tiempo”, cerrando así su longeva relación con el gramático caraqueño.