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Luisa Richter trazó su obra definitiva hacia la luz

“Soy una esclava de la pintura. Es como tener la esclavitud de un amante”, dijo Richter | FOTO MANUEL SARDÁ / ARCHIVO

“Soy una esclava de la pintura. Es como tener la esclavitud de un amante”, dijo Richter | FOTO MANUEL SARDÁ / ARCHIVO

La artista alemana que se adueñó del trópico desarrolló sin contradicción el arte figurativo y el abstracto

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En la última entrevista que dio a El Nacional, Luisa Richter recitó en su lengua original al poeta Rainer María Rilke, uno de sus favoritos: “Yo vivo mi vida en anillos crecientes/ que sobre todas las cosas se extienden./ Quizás el último no alcanzaré,/ pero sí lo intentaré./ A Dios le doy vueltas, Torre de tiempos,/ y así volteo milenios/ todavía sin saber si soy viento, halcón/ o acaso una enorme canción”.

Sensible y culta, creadora disciplinada e infatigable, maestra de muchos, la artista alemana que hizo del trópico su luz trazó su último signo. La pintora falleció ayer en la madrugada a los 87 años de edad. En sus últimos meses estuvo delicada de salud: sufría de una artritis aguda.

Artista que indagó con el collage, el gouache, el óleo, el dibujo y la obra gráfica, nació el 30 de junio en Besigheim, Alemania. Comenzó a pintar desde muy pequeña y a los 18 años de edad inició sus estudios en la Academia März de Stuttgart y luego en la Escuela Independiente de Arte. En 1948 comenzó a trabajar con uno de los impulsores del abstraccionismo en Europa, Willi Baumeister, a quien recordaba constantemente.

Llegó a Venezuela en 1955 por una elección que no fue suya y nunca más se marchó. A finales de ese año se había casado con el ingeniero Hans Joachim Richter, que escogió el país como refugio después de la Segunda Guerra Mundial. “Desde mi terraza veo la lejanía del valle de Caracas. Son rojos repentinos, al amanecer o al ocaso. De resto, azules, grises blancos. Sí, los colores de mis cuadros me los dieron ustedes”, solía decir.

Richter trajo en la maleta de su alma los recuerdos del horror, los bombardeos; pero nunca los reflejó en sus cuadros. “No me interesa la política en el arte. Es verdad que uno convive con ella, pero no podemos hablar tanto sobre eso”, afirmó en una entrevista.

Su primera exposición individual fue en 1959 en el Museo de Bellas Artes, bajo la curaduría de Miguel Arroyo. Le siguieron muchas tanto en Venezuela como en Alemania –a donde viajó constantemente–, Uruguay, Brasil e Italia.

Durante dos décadas fue artista exclusiva de la Galería Medicci. “Luisa es una de las figuras más descollantes del arte de los últimos siglos. Trajo al país el informalismo, una tendencia que casi no se conocía, y dejó una gran producción”, señala Tomás Kepets, director de la galería.

Premio Nacional de Artes Plásticas (1982) y de Dibujo y Grabado (1967), se inició en el arte “por una necesidad de composiciones, de colores y atmósferas”. En su estilo confrontó la vida con la pintura en un tono energético y conceptual; además desarrolló sin contradicción la abstracción y la figuración. En sus espacios prevalecía la maleabilidad de la forma.

“Brindó contemporaneidad y desde el comienzo fue una aventura para evidenciar un mundo que necesitaba cambio. Siempre tuvo un sentido libertario”, expresa el artista plástico Alberto Asprino.

Sentenció en una ocasión la creadora: “Hay que reflexionar y hacer. Nunca tuve capacidad para hacer otra cosa que no fuese pintar. Yo soy una esclava de la pintura. Es como tener la esclavitud de un amante”.