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Lucía Pizzani: No se puede hacer curaduría o dar un premio basado en el género

La obra de Lucía Pizzani parte de la noticia del suicidio femenino recogida en la prensa y establece puentes con temas como la depresión posnatal o el acoso | Manuel Sardá

La obra de Lucía Pizzani parte de la noticia del suicidio femenino recogida en la prensa y establece puentes con temas como la depresión posnatal o el acoso | Manuel Sardá

La ganadora del Premio Mendoza piensa que se debe apoyar más a la mujer artista. Al investigar las biografías de Ana Mendieta y Francesa Woodman, comenzó a interesarse por el tema del suicidio femenino, que refleja en una obra de arte que exhibe actualmente en la Sala Mendoza

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Hace más de una década que Lucía Pizzani hizo sus maletas para mudarse primero a Nueva York, y luego a Londres. Fue precisamente viviendo en el exterior que cayó en cuenta de lo sexistas que pueden ser algunos cumplidos socialmente aceptados en Latinoamérica. “Allá a nadie se le ocurriría decirle a una mujer: ‘Usted es una buena artista y además es guapa’. A fin de cuentas nadie le dice a un hombre: ‘Felicidades por la exposición y, por cierto, ¡qué bien luce usted!’. Está fuera de lugar”, asegura la creadora, que hace un mes ganó el Premio Eugenio Mendoza con una obra que reflexiona sobre el suicidio femenino en sociedades tan dispares como la canadiense, la británica, la dominicana y la venezolana. La feminidad ha sido la constante que ha guiado la obra que desarrolla en el campo de las artes visuales.

—¿Por qué aborda la obra de arte desde la perspectiva de género?

—Al principio de mi trabajo artístico con mi propio cuerpo, lo femenino estaba siempre presente. Para mí era algo obvio: soy mujer y hago obras autorreferenciales. Sin embargo, me sorprendía que la gente me preguntara si mi trabajo era feminista. En ese punto prefería decir que era sencillamente femenino. A partir de la exposición Vessel, que presenté en la galería Fernando Zubillaga (Caracas, 2008) y de la maestría en Bellas Artes que cursé en el Chelsea College of Arts, en Londres, ese discurso evolucionó. Comencé a investigar más sobre la mujer, a buscar referencias de artistas como Ana Mendieta y Francesca Woodman. Ellas también trabajaron con el cuerpo en los años setenta. Fue así como me fui metiendo cada vez más a profundidad a un tema de género que fue surgiendo a través de investigaciones históricas. Luego presenté la muestra Orchis, en la que trabajé con el tema de las sufragistas. Pienso que el cuerpo y lo femenino siempre estuvo allí.

—¿Cómo se ve reflejado ese proceso en la obra De la Ofelia del Sena y otras desconocidas, premiada por el jurado?

—Tanto Mendieta como Woodman tuvieron muertes muy trágicas, cayeron desde las ventanas de sus casas en Manhattan. Ellas reflejaron lo difícil que es surgir siendo mujer, incluso en el campo del arte. En su obra se expresaba también de alguna manera ese estado de angustia, el cuerpo fragmentado, una especie de agresividad y el tema de la muerte. En el caso de Woodman, ella se suicidó; en el de Mendieta, se cree que su esposo la pudo haber empujado. El tema lo enlazo con la pieza, que reúne las historias de cuatro mujeres que cometieron suicidio en cuatro lugares distintos.

—¿Con qué expectativas envió la obra al Premio Mendoza, un galardón que había dejado de ser convocado en los últimos ocho años?

—Para mí fue una gran alegría poder participar en la convocatoria junto con varios creadores a los que admiro mucho. Es un premio muy importante que han ganado Javier Téllez y Magdalena Fernández. Además, la Sala Mendoza ofrece a los ganadores la posibilidad de hacer residencias en el exterior. Antes enviaban a la gente a formarse en el Reino Unido, ahora lo hacen en España y eso les da proyección a los artistas en el exterior. Es un galardón con gran peso, me alegró mucho que lo retomaran y ser parte de este grupo fuerte, bueno y representativo de lo que se está haciendo hoy en día, en el que estaban Suwon Lee, Juan Pablo Garza, Iván Candeo y Starsky Brines. Mi meta realmente era tener una obra que estuviera a la altura del premio y al nivel de los participantes.

—Había varios hombres en el grupo. Si se revisa la historia de premios y salones en general la presencia masculina es predominante.

—Hoy en día hay grupos importantes como Guerrilla Girls, las mujeres que se ponen las máscaras de simios para criticar la discriminación sexual en el mundo del arte. Algunas de las piezas que ellas han creado comparan, por ejemplo, la cantidad de obras que hay en los museos de artistas masculinos con las que han sido hechas por mujeres, o los precios que alcanzan ambos sexos en subastas. Sí hay una diferencia. Claro, no algo es exclusivo del mundo del arte. Pasa en Hollywood y en las empresas, a nivel corporativo. Hace pocos días Peter Doyle batió un recórd al vender una obra en 12 millones de dólares, un precio altísimo para un artista vivo, y yo dudo que eso se le dé a una artista mujer. En el mercado del arte siempre se habla de Picasso, de Dalí. Incluso en la misma Universidad Central de Venezuela, aquí en Caracas, que es tan querida por todos, hay pocas obras de mujeres. Carlos Raúl Villanueva convocó mayormente a hombres. Así se da uno cuenta de que incluso en el escenario modernista las mujeres tenían el camino duro. Fueron personas como Mercedes Pardo y Gego las que nos abrieron el camino.

—A veces se cuestiona que la inclusión de mujeres en ciertos proyectos sólo obedece al temor que sienten los promotores de ser etiquetados de machistas.

—Pienso que lo importante es la calidad de la obra. No puedes hacer una curaduría o dar un premio basado en el género. Estoy totalmente en contra de eso. Tampoco debes hacerlo para llenar cuotas. La equidad consiste a mi criterio en apoyar las carreras de las mujeres para que puedan ir evolucionando y lleguen a los niveles que tienen los hombres. No es que no tengamos la misma calidad que ellos, sino que muchas veces no se nos dan las mismas oportunidades. Hay que recordar que todo artista necesita del proceso creativo, de exhibir, recibir la respuesta del público, lo que se aprende de cada proyecto, de cada exposición. Con el tiempo uno se da cuenta cómo la obra va avanzando. Entones hacen falta todos esos elementos y oportunidades para que progresemos y tengamos una buena obra, que se nos tome en cuenta a todos por igual.

El suicidio es un tema universal

La obra de Lucía Pizzani parte de la noticia del suicidio femenino recogida en la prensa y establece puentes con temas como la depresión posnatal o el acoso. Por esa razón la artista considera que su creación, si bien es universal, puede enmarcarse también en el contexto venezolano (uno de los casos con los que trabaja es la muerte de una joven en Mérida, que se lanzó por un viaducto luego de salir de la cárcel). “Adrián Pujol, uno de los jurados, luego de dar el veredicto dijo que sentía que en la pieza estaba reflejado el dolor del país. Estoy de acuerdo. De alguna manera yo siento que estamos en un país deprimido, que sufre por la incertidumbre, por el futuro incierto, por la situación política y social, que vive con la inseguridad y el miedo. Hubo espectadores que vieron los videos que muestro en los que los cuerpos caen al agua y sintieron esas emociones. A mí, en última instancia, me interesa rescatar del olvido las historias de estas damas, sus vidas y su dolor”.